La muerte de la indignación
La ausencia de indignación ante la inmoralidad es una grave enfermedad social. La indignación ante el mal es una reacción noble que procede de la salud moral. Es cierto que existen falsas indignaciones, pero la que importa y vale es la indignación genuina que brota de la repugnancia al abuso y la injusticia. Ésta es un mecanismo de supervivencia indispensable.
Los izquierdistas se ufanan en invocar al Che Guevara, quien decía que los revolucionarios debían sentir en sus propias caras la bofetada dada a cualquiera, en cualquier parte del mundo. En realidad, sólo los cínicos, o los frívolos, no se duelen ni se indignan ante la injusticia. Sólo saltan coléricos cuando se les toca a ellos o a sus cómplices.
Uno de los problemas más inquietantes de Nicaragua es la falta de indignación ciudadana ante el delito, y, en particular, ante las faltas de sus líderes. En Costa Rica tres ex presidentes fueron acusados en los tribunales por actos de corrupción y sus respectivos partidos los expulsaron. En Nicaragua dos ex presidentes han sido acusados de crímenes más serios y hoy continúan siendo los actores políticos más relevantes del escenario nacional.
Es difícil argumentar que las reacciones en Nicaragua han sido tolerantes por la carencia de credibilidad de las acusaciones. ¿Quién puede negar que muchos dirigentes de la revolución sandinista se enriquecieron, a raíz de la piñata, con bienes confiscados por el Estado? Por otra parte la denuncia interpuesta contra Daniel Ortega por su hija adoptiva, quien tiene reputación de ser una persona honesta y equilibrada, tenía suficientes visos de legitimidad como para ameritar al menos una investigación seria.
Tampoco pueden descartarse como antojadizas las acusaciones contra Arnoldo Alemán. Que salieron millones de las arcas del Estado hacia cuentas o compañías en las que Alemán o sus allegados tenían parte es algo irrebatible. Lo han confirmado Panamá y Estados Unidos. Que el modesto pequeño-empresario de 1989 se haya convertido luego en el magnate que hizo su fiesta de compromiso en el carísimo hotel Biltmore, de Miami, es difícil de explicar sin tremendos lucros en el servicio público o sin las tarjetas de crédito del Estado. El problema no es falta de evidencias. Vaya el lector a la hacienda El Chile y observe cuántos vehículos circulan esa vía que costó cinco millones de dólares y que no tiene justificación social alguna, excepto servir a la familia Alemán.
Acusaciones como las formuladas contra Ortega y Alemán hubiesen destruido la carrera de casi cualquier líder político de Occidente. Todas las legislaciones, inclusive la nuestra, consideran gravísimo aprovecharse del poder para abusar de las personas, así como utilizar la investidura concedida por un electorado ansioso de mejorar, para torcer en beneficio personal millones de dólares. Y peor en un país en el cual los pobres boquean por escuelas, medicinas y caminos. ¿No es éste un crimen que merece castigos mucho más duros que los propinados a campesinos que penan años de cárcel por robarse una vaca? Sin embargo en Nicaragua estos líderes no solamente controlan importantes cuotas de poder, sino que gozan de la magnanimidad, cuando no de los abrazos, de muchos ciudadanos.
Es cierto que parte del problema radica en un sistema que permite a los partidos funcionar sin democracia interna, por lo que minorías muy pequeñas anulan la competencia interna y subordinan a sus dictados grandes maquinarias políticas. Pero otra parte del problema es la ausencia de capacidad de indignación, o la indiferencia al delito que sufrimos en Nicaragua. Esto produce privilegios extraordinarios para reos influyentes, como la insólita figura jurídica de “país por cárcel” otorgada a Jerez, así como la abierta coquetería política con Alemán. Ortega ha dicho que éste le robó al pueblo. Deducimos que lo cree. Sin embargo lo vimos sin ninguna repugnancia posar feliz y firmar manifiestos con quien él mismo llamó delincuente, mientras un coro complaciente de políticos y dignatarios, de quienes se esperaría una defensa cerrada del bien común y la decencia, los abrazaban, les sonreían, o hablaban de amnistía.
Es la multitud cómplice que a través de los siglos clama ante Pilatos: ¡Suelten a Barrabás! Y crucifiquen la justicia, la honestidad y al mismo pueblo.

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