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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE FEBRERO DE 2005
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Laura

Foto  

Escultura de Aparicio Arthola.

 

Melvin Sotelo
(Sociólogo)

Estaba tomando un baño cuando vino a mi recuerdo la imagen de Laura. Mi mente se trasladó a Bélgica, lugar de nuestro primer encuentro. Sí, fue una tarde de invierno hace doce años. Para entonces vivía en Lovaina la Nueva. Eché una mirada a través de la ventana, la tarde estaba gris, hacía unos cinco grados bajo cero y caía una pequeña llovizna, con la cual las casas y los alrededores se adornaban de nieve. Unos niños jugaban tirándose pelotas de nieve que se estrellaban en sus cuerpecitos. El espectáculo que tenía ante mi vista me invitaba a salir.

Tomé el bus con dirección a Wavre. Me dediqué a visitar las tiendas del lugar, de pronto, en una de ellas, mi vista se posó sobre alguien con quien compartiría muchos momentos. Atraído por su presencia, decidí preguntarle a una de las personas de la tienda si sabía algo de ella. De inmediato se dispuso a presentármela. Por la forma en que interactuaban me di cuenta que había mucha familiaridad entre ellos. En cierta medida, yo guardaba un cierto mutismo, me sentía más cómodo observar lo que estaba frente a mí. Sin duda, era difícil saber de qué país era, a ratos creía que podía ser de oriente como americana o una combinación de ambos. Era muy culta, su francés era impecable, pero eso no fue lo que más me impresionó sino, más bien, el momento en que se dirigió hacia mí en un perfecto español. Después me di cuenta que hablaba muchos idiomas más. Esa noche nos regresamos juntos a Lovaina.

Éste fue el inicio de una gran amistad que perduraría por un buen tiempo. Ella llegó a ser parte de la familia, pasó muchas horas con mis hijas, les enseñó muchos juegos con los cuales se divertían. Me gustaba su bagaje cultural, al igual que su inteligencia, estoy seguro que su IQ era altísimo; sin embargo, no era ostentosa, su humildad florecía y, sobre todo, su solidaridad: Mi familia se regresó a Nicaragua y yo tuve que quedarme 6 meses más en Bruselas. Fueron incontables los días y las noches que pasamos juntos y, no está de más decirlo, sus aportes para la elaboración de mi tesis de maestría fueron oportunos, tenía formas muy sutiles de hacerme ver dónde había errores y me daba sugerencias de cómo mejorar el trabajo. Su compañía me hizo las cosas más fáciles, incluyendo mi soledad y la lejanía de mis hijas. De hecho, se volvió mi amiga y confidente.

Llegó el momento de mi regreso, mis hijas se habían encariñado de Laura. En una conversación telefónica me pidieron que la invitara a visitar nuestro país. Cuál fue mi sorpresa que de ella salió pedirme que la llevara a Nicaragua. No sabía qué hacer, me parecía que podía correr peligro en mi país, que tendría problemas de adaptación: es caliente, hay mucho polvo, zancudos, sobre todo problemas de seguridad ciudadana por lo cual sentía miedo que pudieran secuestrarla o hacerle daño. Recuerdo que en los ochenta, aunque fue un acontecimiento aislado, hubo una joven de Dinamarca asesinada en las calles de Managua, la delincuencia se había incrementado en los noventa. Por lo tanto, el peligro era mayor. Su insistencia fue tal que accedí a traerla conmigo.

Nicaragua le resultó un país acogedor; adaptarse no le fue difícil. Mis hijas se divertían mucho con ella. Recuerdo que mi ex esposa y ella solían salir mucho juntas, a veces la llevaba a su trabajo. A diferencia de Bélgica, pasaba más tiempo con ellas que conmigo.

Mi preocupación de que algo le pudiera pasar continuaba. Era muy atractiva; aunque sencilla, su presencia era imponente. Desgraciadamente ese momento llegó cuatro meses más tarde. Un día por la noche, luego de visitar a mi madre fui a buscar a mi ex esposa que se encontraba con unas amigas en un restaurante ubicado en El Dorado, llamado Coincidencia. Pensé que tal vez era mejor que viniera conmigo, pero al final se quedó en el vehículo.

Entré a buscar a mi ex esposa, sus amigas me insistieron que tomara una cerveza con ellas. Se notaban muy alegres y tuve la sensación que estaba de aguafiestas si les decía que no. Accedí pensando que todo iba a resultar bien. El tiempo pasó rápido, cuando me di cuenta había transcurrido media hora. Salimos del restaurante, dirigí mi mirada al jeep, algo grave había pasado: la puerta del Montero estaba semiabierta. Pregunté a una gente de los alrededores si habían visto algo y me dijeron que nada. Estaba alarmado, se habían llevado a Laura.

A lo inmediato fui a la estación de Policía para interponer la denuncia, recuerdo que me asignaron a un oficial para seguir la investigación el caso. Junto con él, recorrimos algunos lugares por espacio de dos semanas, pero no encontramos nada. La Policía dio el caso por cerrado. Sí recuerdo a Laura mi computadora, la cual siempre estuvo a nuestro lado en todo momento.  
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Gota de agua


El contador


Laura