El contador
El jardín que rodea mi casa es pequeño. Zacate verde, secciones hirvientes de flores, flores acariciadas por el rocío de la mañanita que reflejan los rayos del sol, variedad de todos los árboles frutales del mundo, con racimos de pájaros colgantes del alba, y por encima de todo esto tan simple y precioso, un inmenso cielo azul nítido sobre el vidrio de los estanques.
Semanalmente corto el zacate, las plantas florales mensualmente y los árboles frutales los podo a finales de otoño, cuando están durmiendo. El resto del tiempo lo dedico a meditar mucho para crear una tranquilidad bucólica.
Para la estructura armónica de la vejez que debe ser preciosa, excluida del barroco metafórico de las arrugas de la inutilidad y del nefasto recordar, que es una trampa para morir.
Este es un cuentecillo que a pesar de todos mis quehaceres, persisto en crear como meciéndome en un oleaje de altamar.
Así invento el ensueño del futuro y formo la creencia de un algo que jamás existió, ni vivo, ni muerto. 
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