Golpes en la mesa
Un pequeño buen paso por la salud de la Tierra
Alberto L. Alemán Aguirre
La entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, el más ambicioso tratado internacional en temas del medio ambiente, es un acontecimiento positivo para celebrar en Centroamérica. Somos una región vulnerable eternamente amenazada por desastres naturales que nos han traído muerte y destrucción.
Lo más paradójico, desde nuestro punto de vista, es que las acciones principales que deben tomarse para detener y revertir el peligroso cambio climático, dependen de los países industrializados, distantes geográficamente. Pero también en la casa común centroamericana y caribeña, no hay poco que hacer sino mucho.
El tratado, firmado por 141 países desde 1997, pretende reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y otros gases contaminantes que producen o refuerzan el efecto invernadero en un 5 por ciento hasta 2012, con respecto a los niveles de 1990.
El fortalecimiento de ese efecto por la contaminación industrial de los últimos dos siglos, ha llevado a la subida de la temperatura promedio de la Tierra, al deshielo de áreas polares y al aumento de los niveles de los océanos.
Científicos mundiales han sonado el campanazo de alerta; de seguir los niveles de polución al ritmo actual, a finales de este siglo la temperatura promedio del planeta podría haber subido entre 1.4 a 5.8 grados, afirman.
Las consecuencias suenan apocalípticas: Un aumento de la temperatura acarreará el deshielo de glaciares y por ende el aumento de las aguas del mar con la consiguiente inundación de islas y zonas costeras, la desaparición de zonas agrícolas fértiles y de especies de la fauna y la flora, además del surgimiento de nuevas enfermedades de consecuencias imprevisibles para la supervivencia humana.
Para el año 2050, hasta unas 150 millones de personas habrían sido desplazadas por las razones citadas.
Los expertos también predicen que el calentamiento global puede traer huracanes más fuertes y peores inundaciones. La perspectiva de que tal cosa suceda, es de verdad aterradora en una Centroamérica con una fresca memoria del huracán Mitch y constantemente asolada por graves inundaciones.
La vigencia del tratado comienza con serios tropiezos. Estados Unidos, el mayor emisor mundial, se ha negado a someterse a este tratado. Cita poderosas razones económicas como pérdidas económicas sensibles para sus corporaciones y el desempleo de millones. Pero las consecuencias nos arrollarán a todos. Regiones tropicales como la nuestra, estarán en primera fila.
También grandes contaminadores como India, China y Brasil, están fuera del tratado, porque las obligaciones de reducciones de emisiones de gases no les incumbe. Para 2020, se estima que China será el principal emisor de gases nocivos para la atmósfera. Sin embargo, la comunidad internacional debe procurar que estos Estados se sumen a los esfuerzos por el control de la amenaza.
Loable es la postura de la Unión Europea, la cual debe reducir en un 8% sus emisiones industriales nocivas y apuesta por el desarrollo de tecnologías limpias que no dañen el medio ambiente.
Difícilmente, Nicaragua o el resto de Centroamérica podrá forzar a cualquier potencia industrial a someterse. Pero al menos, en el campo diplomático en foros multilaterales, se podrá siempre insistir en el respeto a las disposiciones de la convención.
En casa hay mucho por hacer. Detener y evitar la destrucción de los bosques, los incendios forestales, combatir la erosión del suelo, elaborar y aplicar planes del manejo de cuencas y recursos hídricos, parar la contaminación de espacios naturales aún no echados a perder, como el Lago Cocibolca. Superar la alta vulnerabilidad a los desastres. “El cambio climático es un problema de desarrollo” en América Latina, declaró el PNUD.
Desafortunadamente, el tema de la vigencia del protocolo generó, en general, poca atención en los medios nicaragüenses, enfermos de un localismo provinciano que no ve más allá de sus narices y envueltos en una agria polémica sobre la nota roja y la política. Recordemos que educar es una de las más importantes tareas de los medios de comunicación. Pero ¿cómo podremos educar a la sociedad si nosotros mismos no nos damos cuenta de la gravedad de las amenazas mundiales?

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