El Quijote un libro moderno
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 | Las relaciones entre la ficción y la vida, tema recurrente de la literatura clásica y moderna, se manifiestan en la novela de Cervantes de una manera que anticipa las grandes aventuras literarias del siglo XX, en las que la explotación de los maleficios de la forma narrativa –el lenguaje, el tiempo, los personajes, los puntos de vista y la función del narrador– tentará a los mejores novelistas |
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Mario Vargas Llosa
La modernidad del Quijote está en el espíritu rebelde, justiciero, que lleva al personaje a asumir, como su responsabilidad personal, cambiar el mundo para mejor, aun cuando, tratando de ponerla en práctica, se equivoque, se estrelle contra obstáculos insalvables y sea golpeado, vejado y convertido en objeto de irrisión. Pero también es una novela de actualidad porque Cervantes, para la gesta quijotesca, revolucionó las formas narrativas de su tiempo y sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna. Aunque no lo sepan, los novelistas contemporáneos que juegan con la forma, distorsionan el tiempo, barajan y enredan los puntos de vista y experimentan con el lenguaje, son todos deudores de Cervantes.
Esta revolución formal que significó el Quijote ha sido estudiada y analizada desde todos los puntos de vista posibles, y, sin embargo, como ocurre con las obras maestras paradigmáticas, nunca se agota, porque al igual que el Hamlet, o La divina comedia, o La ilíada y La odisea, ella evoluciona con el paso del tiempo y se recrea a sí misma en función de las estéticas y los valores que cada cultura privilegia, revelando que es una verdadera caverna de Alí Baba, cuyos tesoros nunca se extinguen.
Tal vez el aspecto más innovador de la forma narrativa en el Quijote sea la manera como Cervantes encaró el problema del narrador, el problema básico que debe resolver todo aquel que se dispone a escribir una novela: ¿quién va a contar la historia?
La respuesta que Cervantes dio a esta pregunta inauguró una sutileza y complejidad en el género, que todavía sigue enriqueciendo a los novelistas modernos y fue, para su época, lo que para la nuestra fueron el Ulises, de Joyce, En busca del tiempo perdido, de Proust, o, en el ámbito de la literatura Hispanoamericana, Cien años de soledad, de García Márquez o Rayuela, de Cortázar.
¿Quién cuenta la historia de don Quijote y Sancho Panza? Dos narradores: el misterioso Cide Hamete Benengeli, a quien nunca leemos directamente, pues su manuscrito original está en árabe, y un narrador anónimo, que habla a veces en primera persona pero más frecuentemente desde la tercera de los narradores omniscientes, quien, supuestamente, traduce al español y, al mismo tiempo, adapta, edita y a veces comenta el manuscrito de aquél. Ésta es una estructura de caja china: la historia que los lectores leemos está contenida dentro de otra, anterior y más amplia, que sólo podemos adivinar. La existencia de estos dos narradores introduce en la historia una ambigüedad y un elemento de incertidumbre sobre aquélla “otra” historia, la de Cide Hamete Benengeli, algo que impregna a las aventuras de don Quijote y Sancho Panza de un sutil relativismo, de un aura de subjetividad que contribuye de manera decisiva a darle autonomía y una personalidad original.
Pero estos dos narradores, y su delicada dialéctica, no son los únicos que cuentan en esta novela de cuentistas y relatores compulsivos: muchos personajes los sustituyen, como hemos visto, refiriendo sus propios percances o los ajenos en episodios que son otras tantas cajas chinas más pequeñas contenidas en ese vasto universo de ficción lleno de ficciones particulares que es Don Quijote de la Mancha.
LOS TIEMPOS DEL “QUIJOTE”
Como el narrador, el tiempo es también en toda novela un artificio, una invención, algo fabricado en función de las necesidades de la anécdota y nunca una mera reproducción o reflejo del tiempo “real”.
En el Quijote hay varios tiempos que, entreverados con maestría, inyectan a la novela ese aire de mundo independiente, ese rasgo de autosuficiencia, que es determinante para dotarla de poder de persuasión. Hay, de un lado, el tiempo en el que mueven los personajes de la historia, y que abarca, más o menos, un poco más de medio año, pues los tres viajes del Quijote duran, el primero, tres días, el segundo un par de meses y el tercero unos cuatro meses. A este período hay que sumar dos intervalos entre viaje y viaje ( el segundo, de un mes) que el Quijote pasa en su aldea, y los días finales, hasta su muerte. En total, unos siete u ocho meses.
Ahora bien, en la novela ocurren episodios que, por su naturaleza, alargan considerablemente el tiempo narrativo, hacia el pasado y hacia el futuro. Muchos de los sucesos que conocemos a lo largo de la historia han sucedido ya, antes de que empiece, y nos enteramos de ellos por testimonios de testigos o protagonistas, y a muchos de ellos los vemos concluir en lo que sería el “presente” de la novela.
Pero el hecho más notable y sorprendente del tiempo narrativo es que muchos personajes de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, como es el caso de los duques, han leído la primera. Así nos enteramos de que existe otra realidad, otros tiempos, ajenos al novelesco, al de la ficción, en los que el Quijote y Sancho Panza existen como personajes de un libro, en lectores que están, algunos dentro, y otros, “fuera” de la historia, como es el caso de nosotros, los lectores de la actualidad. Esta pequeña estratagema, en la que hay que ver algo mucho más audaz que un simple juego de ilusionismo literario, tiene consecuencias trascendentales para la estructura novelesca. Por una parte, expande y multiplica el tiempo de la ficción, la que queda –otra vez una caja china– encerrada dentro de un universo más amplio en que don Quijote, Sancho y demás personajes ya han vivido y sido convertidos en héroes de un libro y llegado al corazón y a la memoria de los lectores de esa “otra” realidad, que no es exactamente aquella que estamos leyendo, y que contiene a ésta, así como en las cajas chinas la más grande contiene a otra más pequeña, y ésta a otra, en un proceso que, en teoría, podría ser infinito.
Éste es un juego divertido y a la vez inquietante, que, a la vez que permite enriquecer la historia con episodios como los que fraguan los duques ( conocedores por el libro que han leído de las manías y obsesiones de don Quijote), tiene la virtud de ilustrar de manera muy gráfica y amena, las complejas relaciones entre la ficción y la vida; sobre la vida, animándola, cambiándola, añadiéndole color, aventura, emociones, risa, pasiones y sorpresas.
Además de éstas y otras muchas razones, la perennidad del Quijote se debe, asimismo, a la elegancia y potencia de su estilo, en el que la lengua española alcanzó uno de sus más altos vértices. Habría que hablar, tal vez, no de uno, sino de los varios estilos en que está escrita la novela. Hay dos que se distinguen nítidamente y que, como la materia novelesca, corresponden a los dos términos o caras de la realidad por las que transcurre la historia: el “real” y el ficticio. En los cuentos e historias intercalados, el lenguaje es mucho más engolado y retórico que en la historia central en la que el Quijote, Sancho, el cura, el barbero y demás aldeanos hablan de una manera más natural y sencilla. En tanto que en las historias añadidas el narrador utiliza un lenguaje más afectado –más literario– con lo que consigue un efecto distanciador e irrealizante. Estas diferencias se dan, también, en las frases que salen de las bocas de los personajes, según la condición social, grado de educación y oficio del hablante. Incluso, entre los personajes del sector más popular, las diferencias son notorias según hable un aldeano de vida elemental que se expresa con gran transparencia, o lo haga un galeote, un rufiancillo de ciudad, que se vale de la germanía, como los galeotes cuya jerga delincuencial resulta a ratos totalmente incomprensible para don Quijote. Este no tiene una sola manera de expresarse. Como don Quijote, según el narrador, sólo “izquierdeaba” (exageraba o desvariaba) con los temas caballerescos; al tocar otros asuntos, habla con precisión y objetividad, buen juicio y sensatez, en tanto que, cuando aparecen aquellos en su boca, ésta torna a ser un surtidor de tópicos literarios rebuscamientos eruditos, referencias literarias y fantásticos delirios. No menos variable es el lenguaje de Sancho Panza, quien, ya lo hemos visto, cambia de manera de hablar a lo largo de la historia, desde ese lenguaje sabroso, rebosante de vida, cuajado de refranes y dichos que expresan todo el acervo de la sabiduría popular, al retorcido y engalanado del final, que ha adquirido por la vecindad de su amo, y que es como una risueña parodia de la parodia que es en sí misma la lengua del Quijote. A Cervantes debería corresponder por eso, más que a Sansón Carrasco, el apodo del Caballero de los Espejos, porque Don Quijote de la Mancha es un verdadero laberinto de espejos donde todo –los personajes, la forma artística, la anécdota, los estilos-- se desdobla y multiplica en imágenes que expresan en toda su infinita sutileza y diversidad, la vida humana. 
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