Lecciones del Beta
Afortunadamente el huracán Beta no causó en Nicaragua el desastre que se esperaba. A pesar de que hubo muchos nicaragüenses perjudicados, sobre todo en el lugar donde el huracán chocó en tierra firme, inmensamente peor hubiera sido el daño en el caso de haber impactado, como se temía, en Puerto Cabezas/Bilwi, cuya fragilidad estructural no hubiera podido resistir la poderosa fuerza del ciclón.
De manera que la atención a los damnificados y la reparación de los destrozos materiales que causó el huracán Beta serán mucho menos costoso y están al alcance del Gobierno de Nicaragua, inclusive sin necesidad de mucha ayuda externa.
Pero, ¿habría tenido capacidad el Sinapred, la Defensa Civil del Ejército y las comisiones de emergencia, de hacer frente al gran desastre que hubiera significado el impacto del huracán Beta en el área de Puerto Cabezas/Bilwi? Esto no se puede saber, pero más allá de la duda razonable es justo reconocer que no sólo las autoridades del Sinapred y Defensa Civil del Ejército, sino todo el Gobierno Central y los gobiernos locales, se movilizaron desde antes que el Beta llegara al territorio nacional y tomaron las providencias indispensables para proteger las vidas de los nicaragüenses que corrían el riesgo de ser más afectados por la tempestad.
O sea que ocurrió todo lo contrario que cuando el huracán Mitch —en 1998— causó una gran mortandad y cuantiosa destrucción material. En efecto, aunque el poderío de ambos huracanes no admite comparación —pues el Mitch fue de categoría 5 y el Beta apenas llegó a categoría 2—, sin embargo hubo una gran diferencia en las actitudes gubernamentales. Ciertamente, cuando el Mitch azotó a Nicaragua el Gobierno de entonces demostró una irresponsable pasividad, mientras que ahora con el tiempo suficiente se movilizaron las distintas instituciones gubernamentales —salvo uno que otro funcionario que por la razón que fuera escabulló el bulto— y al mismo Presidente se le vio junto al jefe del Ejército dando instrucciones, animando a la gente, cumpliendo su deber de dirigentes de la nación.
Por otro lado, las acciones preventivas ante el huracán Beta permitieron demostrar que no sólo un régimen totalitario puede organizar una buena defensa civil y movilizar a la población en situaciones de desastre natural. Sin dudas que esta tarea es fácil en un país totalitario, donde todo está militarizado; hay una organización forzada permanente, total y vertical de la población; la gente carece de libertad de movimientos y la sociedad se moviliza disciplinadamente, como un sólo ejército, a la orden de mando de sus superiores. Pero con el huracán Beta se demostró que también en una sociedad democrática donde la gente tiene libre albedrío es posible enfrentar eficazmente las situaciones de desastre.
En todo caso, es preferible la dificultad de movilizar a la gente que vive en libertad en vez de vivir permanentemente sometidos a la voluntad despótica de un partido absolutista, de una dirección nacional o buró político integrado por individuos desalmados y de un caudillo absolutista y despiadado que es dueño de vida, hacienda, gobierno y Estado.
El presidente Enrique Bolaños, al recibir en el aeropuerto de Managua a los funcionarios que regresaban de Puerto Cabezas/Bilwi después que terminó allí el pico de la emergencia, el domingo recién pasado, reconoció y agradeció a los medios de comunicación social por su destacada labor en beneficio de la población y de apoyo a los esfuerzos de las instituciones por la prevención del desastre y la evacuación de la gente de los lugares que estaban más amenazados por el huracán.
Esa labor no la pueden hacer los medios de comunicación en un Estado totalitario que todo lo somete a control y censura. Cabe recordar al respecto que durante el régimen sandinista la censura recaía “sobre todos los temas: políticos, económicos, sociales y culturales. Las catástrofes de la naturaleza, las plagas, las bajas de la producción, los maremotos y los poemas sufren igual tratamiento, como si con ello se remediaran los males o se ocultara su existencia”, como lo escribió nuestro Director, ingeniero Jaime Chamorro Cardenal, en su libro que por la rígida censura de entonces tuvo que ser publicado en Costa Rica, en 1987: Entre dos dictaduras.
Esto es algo que no se debe olvidar jamás ni permitir que se vuelva a imponer en Nicaragua.

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