JUEVES 3 DE NOVIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 23982 / ACTUALIZADA 06:40 pm





EL HUMOR DE



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Diversidad e identidad

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Guillermo Rothschuh Villanueva
Guiller@ns.uca.edu.ni

Cada zona o región de Nicaragua posee
una apreciable y bien reconocida diversidad cultural.
La Prensa. Editorial lunes 31 de octubre, 2005


El Fondo de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencias y la Cultura (UNESCO) ratificó en París un tratado internacional para proteger la diversidad cultural. Ésta es la culminación de una etapa crucial que se inició desde mediados de la década de los ochenta en la Ronda del GATT en Uruguay. Un tratado justo y necesario para mantener y expandir la riqueza cultural de los pueblos, en una época en la que todos los países propician la diversidad cultural como parte sustancial de los Derechos Humanos. Se trata de un reconocimiento explícito al derecho de ser diferentes.

Durante los últimos años se había abierto un debate sobre el tema. Europa, igual que la inmensa mayoría de los países del mundo, sostiene la tesis de que los bienes culturales no deben ser tratados como simples mercancías. La convención para la Protección de la Diversidad de Contenidos Culturales y Expresiones Artísticas ratifica estos principios. La disputa surgió debido a que Estados Unidos mantiene una posición tesis inversa. Los norteamericanos consideran los bienes culturales como cualquier mercancía. Esta actitud produjo una interesante polémica entre Régis Debray y Mario Vargas Llosa. El primero razonando que los bienes culturales no pueden rebajarse a la condición de mercancía. Vargas Llosa disintiendo afirmó lo contrario. Sus apreciaciones aparecen en el libro Desafíos de la libertad.

Francia mantuvo y ha defendido siempre la cláusula de la excepción cultural. Ha reivindicado el principio de que los bienes culturales (servicios audiovisuales e informativos, el cine, la televisión y la música) no pueden ser homologados y tratados como una mercancía cualquiera. La verdad es que por su naturaleza los bienes culturales y su incidencia en la configuración de las identidades no pueden asimilarse a una fábrica de zapatos o a una industria automovilística.

No es lo mismo una radioemisora que una empresa textilera, tampoco una estación de televisión es igual a un supermercado Wal Mart. Tesis que he mantenido desde que se suscitó el encontronazo. Los bienes culturales están ligados con la visión del mundo, con las ideas y son determinantes en la conformación de las identidades culturales de los pueblos.

Los únicos países opuestos a la firma de la Convención fueron Estados Unidos e Israel. Ratificaron que los bienes culturales son una mercancía más. Una posición distinta sostuvieron 191 naciones. Nicaragua inexplicablemente se abstuvo. Estados Unidos piensa que este tema debería discutirse en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y no en la UNESCO. Eso reiteró su delegado Richard Martín. Países como Japón, India Brasil y México aprobaron el tratado.

La posición de las 191 naciones se compadece con las apreciaciones de uno de los investigadores latinoamericanos de mayor prestigio y experto en los temas de relación entre cultura y comunicación. Para Jesús Martín Barbero, “el mundo atraviesa hoy una peculiar situación cultural: una creciente conciencia del valor de la diferencia, del pluralismo y de la diversidad en el plano de las civilizaciones y las cultura étnicas, de las culturas locales y de género, que enfrentan a un poderoso movimiento de uniformación de los imaginarios cotidianos en los modos del vestir y los gustos musicales... en las narrativas con mayor público en el cine, la televisión y el videojuego”.

La Convención sobre la Protección de la Diversidad de los Contenidos Culturales y las Expresiones Artísticas es una defensa por mantener y propiciar la diferencia. Como sostiene Fernando Savater, el derecho a ser distintos constituye el eje rector de los derechos humanos contemporáneos. Tzvetan Todorov, huyendo del stalinismo que imponía en Bulgaria, el autoritarismo y la uniformidad, apunta convencido en Nosotros y los otros, que de lo que se trata es de defender el derecho del otro, “del que no forma parte de nuestro núcleo primario, a ser diferente”. Una expresión lúcida que enarbola las banderas de las diferencias y la diversidad cuando la uniformación de la cultura acecha y es propulsada como única alternativa a la que deben plegarse los pueblos.

Como los que aprobaron en París esta Convención el 20 de octubre del 2005, yo tampoco lo creo así. ¡La cultura nunca ha sido y nunca será una simple mercancía! Es algo más. Es de lo que estamos hechos y la que nos proporciona nuestra propia identidad como pueblos y como personas. Por eso mismo hay que alentar el multiculturalismo y el diálogo entre las diversas culturas. ¡Lo que debe evitarse a todo trance es que nos impongan una sola visión del mundo por muy edulcorada que esté!

El autor es Decano de la Facultad de Comunicaciónde la UCA.
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