Intercambiables
Enrique Jaramillo Levi
Se detiene vacilante. Mira a todas partes. Da unos pasos arrastrando una pierna. Se deja caer pesadamente sobre el pavimento. Su cuerpo se va encogiendo hasta formar una masa compacta. Por un instante parece tiritar. Un instante larguísimo, interminable, y sin embargo sólo un instante. Poco después cesa todo movimiento.
Desde mi lecho de inválido contemplo la escena. Absoluta es la inmovilidad de su ser, fundido con la acera. Quietud que, anticipándose a la mía, se eterniza mientras inexorable cae la noche. Ahora veo su figura perfilada apenas por un lejano haz de luz que proviene del farol de la esquina. Si le quedara un hálito de vida, si entreabriera un momento los ojos y mirara hacia acá, tal vez vería también un bulto, acaso, una irreconciliable silueta. Oscura masa dibujada sobre la superficie de las sábanas por la tenue claridad de una lámpara.
Siempre natural en sus efectos, la noche borra diferencias, para siempre nos iguala. Porque nada impide que sea yo mismo ese desconocido que inerte yace allá afuera mientras desde aquí, solitario también y agonizante, él me observa morir. 
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