De las cenizas nuevos murales
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 | Los pintores Ricardo Morales y Mauricio Mejía crean de las raspaduras de los viejos murales borrados por Arnoldo Alemán, el díptico El sueño supremo de Bolívar, en pequeños formatos de pintura de caballete |
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El sueño supremo de Bolívar. Residuos, cenizas o desechos matéricos de lo que fue el famoso y polémico mural 2005 Ricardo Morales y Mauricio Mejía. |
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Arnulfo Agüero
El arte nunca muere, aunque muchos en la historia han pretendido ponerle fin, condenando, censurando, borrándolo, o poniéndole un stop de “cambio posmoderno”. Basta dar una mirada al pasado del arte mural de los ochenta, y el reciente Proyecto Participativo de Arte Público, Murales de Octubre, que reunió a más de 15 artistas pintores, muralistas, grafiteros, y curadores, para darnos cuenta que éste no tiene fin, sino constantes principios en la dinámica insospechada de su evolución creativa.
Hoy los restos, residuos, cenizas o desechos matéricos de lo que fue el famoso y polémico mural El sueño supremo de Bolívar (borrado en los años noventa por la mano del ostracismo liberal, y que recientemente su espacio fue “reborrado, raspado o intervenido”, por nuevos artistas nacionales e internacionales al pintar murales de intervención rápida), ha vuelto a ser noticia, cuando los pintores Ricardo Morales y Mauricio Mejía, apropiándose de los desechos del mural raspado, lo han convertido en un dístico de pintura, convirtiendo así esta “action paiting” en un hecho artístico sin precedente histórico: El mural El sueño supremo de Bolívar, naciendo en un díctico atípico de pintura de caballete; por supuesto que con sus variantes expresivas, técnicas y ejecutadas por dos pintores disímiles.
Según el arquitecto y pintor Mauricio Mejía, la curadora de los Murales de Octubre, Alicia Zamora no estaba de acuerdo con la idea, de plasmar una “acción sobre otra acción artística”, pero el muralista guatemalteco José Osorio, entre otros de los participantes extranjeros acogieron la propuesta, por lo que decidieron hacer lo suyo, pero desde la visión del formato pequeño. En este caso plasmaron su acción pictórica en dos cuadros de 82x46 centímetros, con el que han rendido homenaje a la memoria y los artistas de la brigada chilena, y en lo personal a Víctor Canifrú, su coordinador.
El cuadro pintado sobre madera, que Mejía pintó, lo tituló: Composición con cenizas murales / Oda a Canifrú con huellas. Según Mejía, la idea le nació cuando fue a ver los nuevos murales que estaban haciendo y pensó que se estaban borrando las huellas, en vez de traerla y restituirla, es decir volver a pintar el mural. Por lo que su obra, de carácter simbólico, tiene la forma simple de un reloj de arena, el que se da vuelta, explicando que todo puede ser cambiado y que nada está escrito. Esta acción pictórica de caballete se montó sobre la reciente acción de los Murales de Octubre, sin reintervenirlos en sus espacios, ya que la pintura tiene los suyos, afirma.
Por su parte, el maestro y muralista Ricardo Morales, dijo que esta sobre-acción de pintar constituye un homenaje a Víctor Canifrú, a los muralistas de los años ochenta, y a los nuevos jóvenes que formaron parte del proyecto Murales de Octubre. Y de alguna manera mandar el mensaje que la historia continúa con sus variantes plásticas.
“Nosotros —Mauricio y Ricardo—, recogimos los desechos de lo que se raspó de lo que fue el mural de Víctor, y dimos una interpretación conjunta en un dístico no tradicional, que mantuvo el trabajo individual, pero que se hermanó técnicamente en el material de los residuos fragmentados e ideas de lo que fue el arte de la revolución”.
La obra de Ricardo, con fondo en tonos planos de rojo y negro, donde alude la significación del arte político de los años ochenta, lleva el texto “El sueño supremo de Bolívar”. Dejando patentado simbólicamente su huella expresa, tanto en el título y texturación aplicada de los desechos. “Éste es un canto al pincel latinoamericano”, subraya Morales, al comentar su misma obra. Asimismo añadió que este homenaje también se extiende in memoriam a los pintores fallecidos Alejandro Canales, Boanerges Cerrato y la primitivista Hilda Vogl.
Murales de los ochenta incólumes
¿Pero qué de los murales de los ochenta?: basta dar una rápida mirada al libro documental Los murales de la Nicaragua revolucionaria 1979-1992, de David Kunzle, para darnos cuenta de los réditos que cargaron la historia mural del ochenta. Su diálogo con el arte social y político es palpable en su narración histórica antiimperialista y anticolonialista. Registrándose cerca de unas trescientas manifestaciones públicas, bien en muros, paredes pequeñas, en mantas gigantes, vallas de carreteras o carteles publicitarios de intervención rápida. Muchos de ellos, murales trabajados con técnica al fresco, mosaicos, relieves, esgrafiados, graffitis, y otros con diseños de dibujos propagandísticos, muchos de ellos anónimos. Ahí sobresalían las efigies de los mártires y héroes, como monseñor Oscar Arnulfo Romero, Sandino, José Benito Escobar, Carlos Fonseca, la Gata Munguía, e incluso la efigie del Ché Guevara, pasó a ser materia de este arte político revolucionario. Entre otros de los temas que se retomaron bajo esta nueva lupa, aludían a levantar la producción, a la alfabetización o rendir pleitesía a la mujer, heroína de la revolución y el trabajo no formal. El pintor del barrio San Judas, Alejandro Canales (q.e.p.d.), fue el que rindió el mejor homenaje plástico a la mujer nicaragüense. Leonel Cerrato y su hermano Boanerges (q.e.p.d.) al pueblo campesino y trabajador. Pero antes de los ochenta, César Caracas, Leoncio Sáenz y Róger Pérez de la Rocha, hicieron lo suyo cargando sus propuestas de matices de rescate precolombino, por igual el maestro Rodrigo Peñalba y Fernando Saravia, habían incursionado en el mural religioso, algunos en relieve.
Con esta plataforma político/cultural e histórica, vieron tierra fértil muchos otros artistas internacionales que ingresaron a nuestro país, solo o en brigadas como las italianas, chicanas, o la panameña como la Felicia Santizo. Así desfilaron figuras de la talla del mexicano Arnold Belkin, el que pintó en el Palacio Nacional de la Cultura, su obra El Prometeo; mi amigo el salvadoreño Camilo Minero (recién fallecido), que pintó el parque Las Madres, sus obras de críticas sociales; el colombiano Daniel Pulido, que trabajó en la Escuela de Arte Público Monumental David Alfaro Siqueiros, ENAPUM-DAS, junto a los fundadores de este proyecto: Sergio Michilini, Maurizio Governatori y Gian Carlos Splendiani. Estos italianos con algunos nicas hicieron el magnífico mural, que goza de un diseño dinámico, que está en la Iglesia Santa María de los Ángeles, del barrio Riguero, el que ilustra de manera crítica la historia de Nicaragua. En este proyecto se iniciaron los hoy conocidos muralistas Federico Matus y Reinaldo Hernández, quienes en los años de los noventa y comienzo del 2000, exploraron el mural decorativo, ecologista, historicista y social. 
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