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Los candidatos millonarios

De cuatro de los cinco candidatos presidenciales se ha podido conocer el monto de sus fortunas. Al respecto LA PRENSA informó el lunes de esta semana que el candidato de la Alianza Liberal Nicaragüense, Eduardo Montealegre, reconoció poseer C$86,823,828.54, que representan casi cinco millones de dólares. Por su parte, del candidato del PLC, José Rizo, se informó que su fortuna está valorada en “aproximadamente C$20,000,000” (más de un millón cien mil dólares). Y de Daniel Ortega, candidato del FSLN, la información es que el año 2002 reportó a la Contraloría General de la República, dinero y bienes por valor de “un poco más de C$3,000,000 (tres millones de córdobas), equivalentes a unos 170 mil dólares.

En lo que se refiere al candidato presidencial de Alternativa por el Cambio, Edén Pastora Gómez, éste declaró a Ética y Transparencia que tiene bienes por un valor arriba de los 300 mil dólares; en tanto que del MRS, Edmundo Jarquín, se sabe que hoy jueves 3 de agosto dará a conocer en conferencia de prensa el monto de sus bienes y dinero.

No es posible saber si todos los candidatos dicen la verdad o mienten en lo que se refiere a sus fortunas. Por múltiples razones en Nicaragua no se acostumbra que las personas acaudaladas revelen el monto de sus riquezas, mucho menos si son políticas. Y tampoco hay medios de comunicación especializados en investigar las fortunas de los ricos, como lo hacen en Estados Unidos las revistas Fortune y Forbes. Sin embargo, en el caso del candidato del FSLN, Daniel Ortega, es imposible creer que sus bienes sean por un valor de prácticamente la mitad de los que tiene su antiguo camarada de armas, Edén Pastora Gómez.

En todo caso, lo más importante es saber si lo que conviene como gobernante a la gente y al país, es una persona pobre o un individuo rico. Al respecto cabe señalar que aunque las contradicciones entre pobres y ricos han existido siempre —es decir, desde que se creó o formó la sociedad humana—, nunca como ahora la riqueza y la pobreza fueron factores tan determinantes en la política y particularmente en las campañas electorales. Por ejemplo, en Perú, donde Alan García acaba de iniciar su segundo período presidencial, la razón principal de que a Lourdes Flores —sin lugar a dudas la mejor de todos los candidatos—, la eliminaran en la primera ronda de la competencia, fue que le impusieron el mote de “candidata de los ricos”.

Presentarse habitualmente como “candidatos de los pobres”, les ha resultado exitoso a los políticos de izquierda y populistas, por lo menos en casos como el de Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. Sin embargo eso no le sirvió a Ollanta Humala, en Perú, probablemente porque también Alan García se postuló como el candidato de los peruanos pobres y porque, a diferencia del extremista Humala, no amenazó con imponer un régimen autoritario.

En el sistema republicano y democrático de gobierno, la riqueza o pobreza no determina —al menos teóricamente— que una persona pueda o no pueda ser Presidente de la República. Todas las personas son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos y deberes. Además, se supone que el poder público se debe ejercer en función de los intereses de toda la población, de los pobres y de los ricos, y no a favor de una sola clase, ya sea de los pudientes como es el caso de los sistemas plutocráticos, o de los pobres y los proletarios como supuestamente ocurre en los regímenes populistas y comunistas.

La verdad es que una persona pobre o de posición económica modesta puede gobernar con honestidad, o aprovechar el poder para salir de la pobreza y convertirse en nuevo rico, como ha ocurrido frecuentemente en la historia de Nicaragua inclusive o sobre todo con los políticos revolucionarios. De igual manera, un adinerado puede gobernar con honradez y compasión —pues no necesita el poder para hacerse rico, porque ya lo es— y aprovechar el poder para ayudarle a la gente a mejorar situación material y cultural, o puede servirse del gobierno para incrementar su fortuna.

En todo caso, los ciudadanos no deberían dejarse engañar por prédicas demagógicas y falsas promesas. En Nicaragua se sabe muy bien quién es quién en la política y en las ofertas electorales. Y el que tropiece otra vez en la misma piedra es porque quiere tropezar.

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