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Don quijote y el güegüense. óleo sobre tela, 1995. Yomi Amador. (LA PRENSA/Cortesía)
DON QUIJOTE Y EL GÜEGÜENSE: ¿UN PARALELO IMPOSIBLE?
Jorge Eduardo Arellano

En los años 40 del siglo pasado, Apolonio Palazio relacionó el Güegüense (protagonista de un espectáculo popular y representativo de la cultura mestiza en una provincia del imperio español a finales, aproximadamente, del siglo XVII) con don Quijote. O sea, con el personaje de contenido y proyección universales, creado por Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) en su imperecedera novela El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615, primera y segunda partes).

Adelantándose por lo menos veinte años al ensayo de Pablo Antonio Cuadra sobre los rasgos prototípicos del nicaragüense, Palazio sostuvo que “el sublime, fachento, fantasioso y locuaz” personaje de nuestra anónima pieza colonial seguía viviendo “en el alma de nuestro pueblo”. Y agregaba: “Por eso nos improvisamos todo y es raro el nicaragüense que en el ostracismo no hable de las grandezas que dejó en su tierra, de sus grandes cargamentos de oro, plata y piedras preciosas. Somos inmensamente ricos, hasta donde alcance nuestra imaginación”, decía en su artículo El Güegüense, inserto en Estampas Nicaragüenses (Managua, Tipografía Atenas, 1948, pp. 51-53).

“Fantasía charlatana y enloquecedora” denominó Palazio a ese elemento —que asumía como característica identitaria del “nica”— plasmada en el bailete dialogado El Güegüense para establecer: “Entre nosotros hay una tendencia hacia las características de este sujeto alegre, decidor, farsante. Si España tuvo sus siglos de Caballería Andante, nosotros podemos decir que hemos vivido, épocas tras épocas, de puro güegüensismo o de plena güegüensia. Es en virtud de ese vicio racial —que preside hasta los actos más serios de nuestra vida— que todo entre nosotros se reduce a las más estupendas farsas (…)”. ¿No es el caso de la doblez política y de las promesas electorales, entre otras muchas, que se arrastran secularmente?

Palazio especifica: “Hijos de una misma raza, don Quijote y el Güegüense son hermanos. La locura del primero, manifestada en tendencias nobles y generosas, tuvo cura cuando ya don Quijote iba a morir, cuando volvió a ser Alonso Quijano el Bueno. La del segundo, va siempre en crescendo, sin promedios, creando tesoros, a pesar de que no tiene ni cama en que caer muerto y, por las noches, sin renunciar a su inveterada donosura, hasta se consigue meterse sin ser visto en su palacio, una destartalada buhardilla, donde abunda toda escasez”.

Explicado por el suscrito como la expresión íntima de un anhelo colectivo y el desmedido recurso de la imaginación para sublimar la lucha por la supervivencia, el carácter fantasioso del Güegüense oculta “un gran dolor, solo dolor” —cito a Salomón de la Selva—; un profundo dolor social que remite a una protesta satírica, tema sobre el cual ya se ha escrito mucho. Pero se ha negado el paralelismo entre la novela cervantina y el vestigio folclórico trascendido a nuestros días de la farsa mesoamericana, escrita en “españáhuat”, dialecto con más español que nahuate: el residuo del proto-nahua que se hablaba en el territorio de Nicaragua tres siglos antes de la llegada de los conquistadores. Nadie se ha atrevido a semejante pretensión, guardando las distancias, entre nuestra farseta danzaria, mímica y parlante —recuperada de la tradición oral por lingüistas del siglo XIX y redescubierta y difundida por letrados nicaragüenses apenas hace seis décadas— con la monumental obra de Cervantes, “gloria del ingenio español y precioso depósito de la propiedad y energía del idioma castellano”. Pero ésta, evidentemente, ha significado más, muchísimo más que ese lugar común.

De ahí que, retomando la comparación que inició Palazio, trazaré a continuación un paralelismo posible entre don Quijote y el Güegüense como personajes, no sin tomar en cuenta —en principio— la españolidad de don Quijote y la nicaraguanidad del Güegüense, la conciencia de la libertad que en ambos opera esencialmente, la risaterapia que producen y el americanismo que también los vincula. En efecto, Cervantes —que había respirado aires transatlánticos en Sevilla— intentó trasladarse, sin lograrlo, como empleado de Su Majestad a Soconusco (Costa Atlántica de México), Cartagena de Indias (hoy Colombia) y La Paz (Bolivia). Al mismo tiempo, sin la previa existencia del continente americano y las hazañas de los españoles durante el proceso de la conquista (los lejanos ecos “quijotescos” de Colón, Cortés, Pizarro, Las Casas, Orellana, Ercilla, cantor del indomable pueblo araucano; y el heroísmo frontal e indeclinable de los aztecas), Don Quijote no hubiera existido. Pero establezcamos las coincidencias y diferencias entre ambos personajes, la relación entre Rocinante y los machos del Güegüense, y de La Mancha y La Manquesa; las familias y los bienes de ambos; la escritura impresa de la obra de Cervantes y la oralidad de El Güegüense, aparte de la voluntad propia común y de la parodia como principio creador.

Coincidencias y diferencias

En primer lugar, ambos son viejos (algo más de 50 años) y achacosos. Don Quijote se autoproclama “El Caballero de la Triste Figura”, mientras el Güegüense se presenta como “un pobre viejo lleno de dolores y calamidades” (parlamento 34). [En adelante, me limitaré a citar el número arábigo y, en el caso de la novela maestra, la primera o segunda parte correspondiente con los números romanos I y II, más el del capítulo donde aparece la cita]. Ambos —y esto es más importante— abogan por la imaginación.

En diferentes ámbitos históricos comparten la nostalgia de una antigüedad áurea. Don Quijote sueña con una Edad de Oro que, como toda sociedad utópica, debe existir, justamente porque sus principios y valores no existen o se hallan degradados en el presente. Por su parte, el “Güegüense” evoca “el hilo azul” (297) que Carlos Mántica ha interpretado —indagando el significado de la palabra náhuatl que corresponde al color azul en español— como el tiempo en que era libre, no esclavo. ¡“El indio añorando a gritos sus años de libertad, en presencia del opresor español”!, puntualiza el maestro güegüensiano.

Ambos, igualmente, padecen las presiones de una sociedad cerrada y jerárquica. Pero sus objetivos son muy distintos. Don Quijote emprende aventuras para realizar el Bien sobre la tierra: defender a los débiles, socorrer a los necesitados, castigar a los malvados, reparar injusticias. Y el Güegüense se concreta a pactar con la autoridad, a través del matrimonio de su hijo único con la hija del Gobernador; ambiciona ascender socialmente, beneficiando a su familia. Es un comerciante o buhonero (mestizo o indio principal) interesado en un trato ventajoso. Y lo consigue. En cambio, don Quijote fracasa. Sus aventuras demuestran que la utopía no puede realizarse.

Mas don Quijote es un hidalgo “de los de lanza en astilleros” (I, cap. 1). Es decir, de los que tenía en su casa una lancera o percha con lanzas de sus antepasados para enaltecer su abolengo. Por tanto, disponía —para iniciar su locura caballeresca— de anticuadas armas defensivas (por ejemplo, la rodela, “escudo redondo que cubre el pecho” y la adarga, “otro género de escudo”, endeble como el primero) y de dos armas ofensivas: lanza y espada, que a veces empuñaba con las dos manos y la descargaba con furia (I, cap. IX). Pero ambas, rústicas, no resultaban eficaces.

El Güegüense carece de abolengo y de antepasados. En ninguno de los parlamentos de la obra hay referencia a ellos. Sin embargo, seguro e igualitario, contesta la acometida irónica del Alguacil Mayor: “¡Vean, qué hombre de bien!”, con esta digna autoproclamación: “¡Soy un hombre de bien!” (259-260). Tampoco posee armas para agredir o defenderse, sólo una —supuestamente como mercancía— en mal estado o inservible. “Dice […] que tiene un rifle de oro y es sólo un palo porque el cañón se lo quitaron” (145) —constata don Ambrosio.

Rocinante y los machos; La Mancha y La Manquesa

El hidalgo toma como montura un viejo rocín de su propiedad, al que bautiza como “Rocinante”, nombre que le suena “alto, sonoro y significativo”. Remedo de corcel de caballero medieval, es menguado y escuálido. El Güegüense, al parecer, no cabalga. Va a pie por los caminos con sus fardos que cargan cuatro machos de su propiedad (274-279): los llamados “viejo” o “puntero” (el que encabeza la recua y conoce el camino), “mohino”, según Álvarez Lejarza “el mulo, hijo del caballo semental y de la burra”; el “guajaqueño” (adquirido de Oaxaca, México) y el “moto” (el que se queda sin madre durante la lactancia). Por su trajinar, los machos “están raspados desde la cruz hasta el rabo por hacer tantas diligencias” (260). El vocablo macho —ejemplar equino de cualquier bestia, especialmente de la mula— tiene múltiples acepciones en Centroamérica; pero aquí se restringe al animal equino, fuente, resistente y de larga vida. Pero el Güegüense, debido los desgastes de sus machos, se mofa de ellos procazmente (262-265 y 285-289). Don Quijote, por el contrario, mantiene una amistad indisoluble con Rocinante: no sólo complementaria sino excelsa.

Asimismo, en ambas obras se aluden a instituciones determinantes de las circunstancias históricas en que surgieron. Una de ellas es la Santa Hermandad: tribunal con jurisdicción propia que perseguía y castigaba delitos cometidos fuera de poblados; en otras palabras, era una especie de corte y policías rurales. En El Ingenioso Hidalgo […] se designa a sus miembros o cuadrilleros (I, cap. XLV) como “gente soez y mal nacida”. Así los llama, indignado, don Quijote quien inmediatamente los reta: “Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad”. A ella —según Francisco Rico— pertenecían generalmente a los venteros (propietarios de las ventas). Y en El Güegüense (112, 117) sólo se alude a “los alcaldes ordinarios de la Santa Hermandad”, empleados a quienes nombraban cada año.

Don Quijote pertenece a un extenso territorio físico-real, donde la ficción cervantina se desarrolla: la Mancha (escenario con paisajes y personajes, villas, aldeas y “lugares intermedios de reposo” (las ventas), un ambiente desértico y habitat disperso) tratada casi como un personaje más. El Güegüense actúa en la plaza de un poblado que se ubica en una pequeña meseta: la Manquesa, hoy conocida como la de Los Pueblos, localizados en los actuales departamentos de Carazo (Diriamba, Jinotepe, San Marcos), Masaya (Masatepe, Masaya, Niquinohomo, Catarina, San Juan de los Platos) y Granada (Diriá y Diriomo). En este sentido, don Quijote y el Güegüense no son concebidos sin La Mancha y La Manquesa, respectivamente, como territorios. La Manquesa comprendía otros pueblos indígenas como Nindirí y Managua, los únicos nombrados en la obra con “los campos de los Diriomos”.

Pero si don Quijote emprende tres salidas (o viajes a la parte oriental de España: La Mancha, Aragón y Cataluña), en las cuales Cervantes narra pormenorizadamente las aventuras o desventuras de su héroe, el Güegüense —dada su estructura teatral— no es muy explícito en la experiencia con su pequeña tienda trashumante “por la carrera de México” (147).

La familia y los bienes de ambos

Informa, eso sí, del origen de “un hijo” que acoge y protege, pero que no ha engendrado (146): “Ve que afrenta de muchacho, hablador, boca floja (y dirigiéndose a Forsico). Reviéntale, hijo, la cabeza, que como no es hijo mío, me desacredita”. Empujando a su hermanastro, Forsico obedece: “¡Quítate de aquí, mala casta!” (y justificando a su padre, agrega): “No se espante, Señor Gobernador Tastuanes, en oír este hablador, pues cuando yo anduve con mi padre por la carrera de México y volvimos, ya estaba mi madre en cinta de otro y por eso salió tan mala casta…” (147). Lo interesante es que perdona la infidelidad.

Como se ve, el Güegüense es casado —o por lo menos “ayuntado”— y cornudo; Don Quijote, soltero y casto. Por un tiempo éste pretendió en vano a una moza labradora “de muy bien parecer”: Aldonza Lorenzo, natural del pueblecillo manchego del Toboso. Y es a ella a quien escoge como su dama, según lo requiere el ritual del caballero. Mas, al ser su nombre de vulgaridad intolerable, decide darle otro, musical: “Dulcinea del Toboso”. El nombre de la esposa del Güegüense, acaso por su infidelidad, es omitido por el desconocido autor.

Anteriormente, el hidalgo manchego había decidido llamarse “don Quijote de La Mancha”, anteponiendo la partícula “don”, que en aquel tiempo sólo podían usar personas de cierta categoría (el propio autor no tenía derecho a ella y nunca se le ocurrió llamarse “don” Miguel de Cervantes). Por su parte, el nombre del buhonero de la Manquesa figura sin la partícula que el autor otorga solamente a sus hijos: “don Forsico” (el mayor y del matrimonio) y “don Ambrosio” (el menor y putativo). Por cierto, el nombre Ambrosio es de legítima cepa hispánica: el de un personaje de la novela de Cervantes que participa en la historia de Grisóstomo y Marcela (I, caps. XII-XIII). Me refiero al estudiante “que se vistió de pastor con él” (Grisóstomo). Pero en nuestra obra picaresca indoespañola fue elegido por el autor por su relación homofónica con “hambriento”, pues “don Ambrosio” es descrito como hartón.

Escritura impresa y oralidad; voluntad propia común

En El Ingenioso Hidalgo […] y en El Güegüense se da una confluencia entre oralidad y escritura. Pero sólo la primera se incorporó a la “Galaxia Gutemberg”. La imprenta en la atrasada Nicaragua fue introducida hasta en 1830, dos siglos por lo menos después de la “hechura” de la segunda. Al mismo tiempo —y a esto también hay que otorgarle su debida importancia— en ambas sus respectivos autores denuncian el poder venal, ensartado de corruptelas, y ejercen el poder liberador de la risa, diría Sergio Ramírez. Pero ya han sido suficientemente detallados estos aspectos. Basta confirmar que ambos personajes constituyen supremos ejemplos de risaterapia.

Sus protagonistas —guardando de nuevo las enormes distancias— adquieren voluntad propia e independencia, proyectándose más allá de sus corpus originales. El Quijote, como personaje, es archiconocido fuera del libro de donde procede, casi a nivel planetario y en todas las culturas. Trasciende por su universalidad, ya que en cualquier parte está su cuna. Mientras el Güegüense sólo circula dentro de las fronteras de un país empobrecido, tercermundista y subdesarrollado, aunque se desconozca como personaje en la mayor parte de Nicaragua, como en los departamentos del norte y de las dos regiones autónomas del Atlántico. Además, en los medios urbanos del Pacífico, se le confunde con el “Macho Ratón” —que ni siquiera es personaje de la obra sino el título de uno de sus sones musicales— y la artesanía tradicional reduce su figura a souvenir turístico. Incluso, fue utilizado, en la segunda mitad del siglo XX, para formar parte del imaginario nacional, construcción ya cuestionada por Erick Blandón Guevara en su disertación doctoral El Barroco Descalzo (2003).

La parodia como principio creador

En El Güegüense su autor recurre a la parodia en algunos de sus parlamentos (53-110), pero sólo logra burlarse de la retórica cortesana y burocrática de las autoridades provinciales y de la juridicidad explotadora. Porque su propósito es representar y defender un sector social inferior o subalterno. En el caso de Cervantes, quien se había propuesto escribir una regocijante parodia de los libros de caballería, lo que profundamente logra y lega es la gran parábola de la condición humana.

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