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Ya las chicharras miaron todo lo que tenían que miar, el canto se agostó finalizando abril, se quedaron secas y pegadas en los troncos llevándose el ruido del verano. Entonces se explayaba en el aire un silencio expectante, el impasse anterior a la lluvia, al sonido de las gotas atronando en la tierra. Se acabaron los días cálidos hirientes de tanta luz y se juntaron todos los sucesos acumulados en un montón de memorias sin ningún orden. El paso de las bestias cansadas bajo el solazo sudando con las grandes manchas de sudor oscuro en el lomo, su resoplido equino saliendo con aire caliente de las enormes fosas nasales y largas babas desde el hocico chorreando sobre el polvo del camino. El día se siente bien largo, máxime en su mitad cuando el sol llega al cenit y dispara los rayos más directos y ardientes. Los primos se apartan de los corredores, se meten en los cuartos, si de la siesta despiertan, el hermano menor le hurga la verga buscándole garrapatas, el órgano viril luce erecto, sonrosado y sano, se lo toca con cuidado, lo recorre con los dedos solícitos, no encuentra ningún ácaro, después se lo acomoda entre la ropa y le cierra el zíper, ese ritual simple se practica diario porque en el campo los bichos bullen por millares en las ramas de las breñas, por ello salían al río y a las otras haciendas llevando bolsitas de DDT, se las sacudían contra los pantalones como una fumigación previa, no obstante más de algún parásito se colaba pegándose en los genitales atraído por su piel y su olor particular. Y bien, pasaron las vacaciones, los muchachos tuvieron que regresar al colegio. ¿Y a vos quién te quitó las garrapatas?
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