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El proyecto Copalar

La propuesta más sensata que se ha hecho durante el debate sobre el proyecto de generación hidroeléctrica conocido como Copalar, es la que presentó el ex candidato presidencial por el partido MRS, Edmundo Jarquín Calderón, quien propuso “una comisión de alto nivel, independiente del gobierno y los inversionistas, que evalúe las proyecciones del proyecto en términos de impacto ambiental, social y tarifario”.

En realidad, la aprobación o el rechazo de un proyecto energético como el de Copalar —que es gigantesco para Nicaragua y tiene sin dudas un inmenso valor estratégico nacional— requiere no sólo de una amplia discusión pública, sino también del dictamen de una comisión de alto nivel, especializada, independiente del gobierno y de alta confiabilidad pública.

Sin embargo eso no debe impedir la aprobación de la Ley para el Desarrollo del Sistema Hidroeléctrico del Río Grande de Matagalpa —o sea el marco legal regulatorio de Copalar—, que es un proyecto concebido en los años setenta del siglo XX recién pasado, durante el gobierno somocista, en aquel entonces para generar más de 600 megavatios de electricidad, pero ninguno de los gobiernos posteriores tuvo la capacidad ni la voluntad de convertirlo en realidad.

El nuevo proyecto de Copalar ha sido concebido, según sus promotores, para generar casi mil megavatios de energía eléctrica, o sea más o menos el doble que el consumo nacional de ahora. De manera que si este proyecto es factible y si la clase política y los grupos de presión social lo permiten, prácticamente la central hidroeléctrica de Copalar vendría a resolver el problema energético de Nicaragua, al menos durante un período considerable.

Ahora bien, es lógico que el proyecto hidroeléctrico de Copalar presente no sólo ventajas sino también riesgos. Así ocurre con todos los planes de desarrollo y particularmente los de amplias miras, pues nada es de gratis. Al respecto se ha señalado insistentemente que uno de los problemas principales sería la reubicación de —según dicen— más o menos cincuenta mil personas que viven en la zona de unos 340 kilómetros cuadrados que tendría que ser inundada para construir la central hidroeléctrica. Pero este problema podría o debería enfocarse más bien como una oportunidad para ayudar a la gente que vive allí, a mejorar sus condiciones de vida al ser reubicada en zonas más aptas para la agricultura y apoyada por medio de programas de vivienda, financiamiento y asistencia técnica.

También se dice que la construcción de la central hidroeléctrica de Copalar causaría un grave daño al ecosistema de la zona. Pero, ¿cómo se podría dañar lo que prácticamente ya no existe porque ha sido destruido por la deforestación despiadada, por la expansión de la frontera agrícola y otra acciones humanas inexorablemente destructivas? Por el contrario, la construcción de la hidroeléctrica de Copalar podría ser también la oportunidad de recuperar el ecosistema de la región como resultado de las obras de reforestación que serían indispensables para garantizar y proteger el agua que requeriría el funcionamiento de esa gran central energética.

También se dice que sería mejor construir unas diez generadoras hidroeléctricas medianas, que produzcan cada una no más de cien megavatios, en vez de involucrarse en un megaproyecto para producir mil megavatios.Tal vez eso sea factible. En todo caso sería una alternativa a considerar de lo cual se ocuparía la comisión de alto nivel e independiente del gobierno mencionada anteriormente.

Pero cualquiera que sea la decisión que se vaya a tomar debe hacerse lo más pronto que sea posible, pues la crisis energética no espera. Por el contrario, se agrava cada día y la “solución” de adquirir generadoras térmicas movidas por el petróleo de Hugo Chávez es coyuntural y un espejismo que se deberá pagar con creces muy pronto o al cabo de unos cuantos años.

Hace ya 126 años que se construyó la primera planta eléctrica hidráulica del mundo, en Northumberland, Inglaterra, después que se descubrió que era la forma más barata, limpia y fácil de obtener electricidad. Desde entonces y durante mucho tiempo las centrales hidroeléctricas ocuparon el lugar principal en la generación de energía en todo el planeta, hasta que en los países de mayor desarrollo se construyeron las poderosas plantas nucleares. Sin embargo, para países como Nicaragua la fuerza hidráulica sigue siendo la mejor alternativa; y la térmica, o sea la que se genera a base del derivado de petróleo, sin dudas que es la peor de todas.

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