MIéRCOLES 4 DE ENERO DEL 2006 / EDICION No. 24042 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE



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La reinvención del comandante Ortega

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Mauricio Peralta Mayorga

Sin lugar a dudas son loables y dignos de nuestro respeto los cambios que a nivel individual y familiar ha realizado el comandante Daniel Ortega Saavedra, ex Presidente de Nicaragua.

Estos cambios han sido notorios, difíciles de efectuar y han requerido de un gran esfuerzo de parte del señor Ortega. Han sido transiciones positivas de un ex guerrillero de izquierda y ex Presidente de la República con fuertes vínculos con la ortodoxia socialista latinoamericana y mundial, hacia posiciones más de centro y con matices privados que comulgan muy de cerca con los valores occidentales que cualquier ciudadano de este hemisferio pregona como adecuados

Estos cambios han situado al comandante sandinista Daniel Ortega en una posición de hombre de fe, casado según las leyes de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Reconciliado con su pasado familiar, lo que lo ha reafirmado como eje central de una nutrida y compacta familia de hijos, nueras y yernos empresarios, artistas y buenos estudiantes universitarios, que han sabido granjearse el cariño y el respeto de sus familiares y amigos.

Es así como hemos visto al comandante Ortega por televisión y otros medios de comunicación social, reconciliándose con los personajes más visibles de su pasado, comulgando y casándose con la bendición del Cardenal y en las últimas efemérides, compartiendo con su familia y los medios de comunicación, la Navidad y su cena de Noche Buena, con las puertas de su hogar abiertas de par en par.

Esta habilidad de reinventarse de don Daniel es lo que hace la diferencia entre los seres humanos que se adecuan y sobreviven a los tiempos, y aquellos que sucumben ante ellos. Si para cualquier persona realizar estos cambios requiere de esfuerzo, humildad y tesón, mayores han sido, sin lugar a dudas, los sacrificios que ha supuesto su implementación para un hombre público como don Daniel Ortega, dentro de una sociedad llena de mitos y tabúes, como es la nicaragüense. Esto hay que reconocérselo.

Loable ha sido esta evolución personal, pero incompleta. Incompleta porque el señor Ortega no sólo aspira a estar en paz consigo mismo, su pasado y su familia sino también ansía reconciliarse con la gran familia nicaragüense, como cualquier aspirante a la presidencia, en el 2006. Su evolución individual requiere, para ganar el liderazgo dentro de esta otra gran familia, de cambios públicos e institucionales que extrapolen esos valores occidentales, que ya ha aceptado a nivel individual, a un plano más bien público y nacional. Sólo así se granjeará más votos en la tierra, además de los que ya se ha ganado en el cielo.

Estos cambios, pendientes aún, para que el señor Ortega gane las elecciones este año, consisten en un casamiento indisoluble con la democracia (sin apellidos), en una reconciliación verdadera con la propiedad privada y en una auténtica comunión con la libre empresa. Solo así sus resultados electorales superarán el voto duro sandinista, que es el único voto que tiene asegurado hasta ahora. El otro voto, el no cautivo, sólo lo asegurará cuando su nombre deje de ser sinónimo de atraso económico, irrespeto a la propiedad privada y pleitos continuos con nuestros vecinos del hemisferio.

Nicaragua no es, ni la envalentonada Venezuela petrolera de Hugo Chávez (país mono-productor, con el 60 por ciento de sus exportaciones de crudo a EE.UU.), ni la festiva Bolivia cocalera de Evo Morales (con sus inmensos mantos de gas natural, a su disposición), ni la sufrida y mil veces martirizada Cuba del comandante Fidel. Somos lisa y llanamente un país pequeño, dependiente del comercio exterior con nuestros vecinos y socios comerciales históricos (más del 60 por ciento de nuestras exportaciones tienen como destino C.A. y EE.UU.) y empobrecidos hasta el límite. De apenas 5.5 millones de habitantes, con un PIB per capita de tres dígitos y que solo ansiamos vivir en paz con nuestros vecinos del norte y del sur, sin que nos arrebaten nunca la esperanza de seguir trabajando para salir poco a poco de la pobreza y el subdesarrollo.

No queremos nunca más ser ejemplo ni baluarte de ninguna lucha antiimperialista. Mucho menos ser parte de una guerra fratricida que en el pasado nos hizo retroceder 45 años en nuestro PIB real. Queremos ser únicamente ciudadanos comunes y corrientes que comulgan con los valores occidentales, públicos y privados, y tener un presidente en el 2006 que sea congruente con ellos. ¿Es esto mucho pedir?

El autor es consultor y catedrático de la Universidad Thomas More.
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