Y además
Protesilao
Luis Sánchez Sancho
El amigo uruguayo Manuel Flores, en su artículo sobre Ernesto Leal que fue publicado en LA PRENSA del lunes 2 de enero del 2006, comparó al desaparecido funcionario diplomático y político nicaragüense con Protesilao, quien fuera el primero de los griegos en morir al desembarcar los ejércitos invasores en las playas de Troya. Y resaltó Flores, de manera figurada, que el nicaragüense Ernesto Leal, igual que el griego Protesilao dejó su casa a medio construir, por cumplir con su deber patriótico.
En efecto, Homero dice en la Rapsodia II de la Ilíada, que a Protesilao “matóle un dardano cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos y en Fílace (la tierra de origen de Protesilao) quedaron su desolada esposa y la casa a medio acabar”.
Agamenón, rey de Micenas y Argos, era el comandante en jefe de todos los ejércitos griegos y, como tal, quería ser el primero en desembarcar en las playas de Troya. Pero el vidente Calcas le advirtió que el primer griego de la expedición que pusiera pie en tierra troyana moriría en ese mismo instante. De manera que Agamenón desistió de ese honor y pidió a Protesilao que adelantara su nave y fuese el primero en desembarcar. Y Protesilao, que era un valiente sin par, accedió a la petición de Agamenón a pesar de que conocía la predicción de Calcas, cuyas profecías nunca fallaban.
Protesilao era hijo de Ificlo y nieto de Fílaco, el príncipe de Tesalia que dio su nombre la región de Fílaces. Se casó Protesilao con Laodamia, una bella princesa que era hija de Acasto, rey de Yolcos. Dos días después de su boda Protesilao partió a la guerra de Troya y fue el primer griego en morir, tal como quedó dicho arriba.
Laodamia, cuando supo de la muerte de su amado esposo sufrió tanto que conmovió con su llanto hasta a los mismos dioses, quienes, compadecidos, le pidieron a Hermes —su mensajero— que fuera al mundo de los muertos a traer a Protesilao a la vida, a fin de que éste permaneciera durante tres horas con Laodamia y pudieran así los amantes despedirse de la manera más apropiada.
Cuando transcurrieron las tres horas de permiso, Hermes se llevó de nuevo a Protesilao al tenebroso mundo de Plutón. Y fue tanto el desconsuelo y el dolor de Laodamia, que se suicidó para seguir a su hombre y compartir con él la muerte eterna.
Según otra versión de la misma leyenda, después que Laodamia supo de la muerte de Protesilao, mandó a hacer una estatua con la imagen de su amado esposo, la cual resultó tan perfecta que parecía él mismo en persona. Y cuéntase que por las noches Laodamia se iba a la cama con aquella estatua, para imaginar que compartía el lecho con Protesilao.
Una mañana en la que Laodamia se quedó dormida hasta tarde, un criado del palacio vio que junto a la princesa yacía un hombre en su lecho y corrió a decirlo al rey Acasto. Este, alarmado, fue al dormitorio de su hija pero lo que encontró fue la fría estatua de Protesilao. Acasto ordenó quemar la estatua, para liberar a su hija de tan fúnebre y penosa práctica, pero Laodamia se arrojó sobre el fuego que consumía la imagen de Protesilao y pereció de esa manera tan dolorosa.
Y así concluyó una de las más conmovedoras historias de amor de la antigüedad griega, la que, sin embargo, según los poetas de la época, continuó para siempre en el eterno mundo de los muertos.

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