Freedom
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Cerámica del caribe nicaragüense. |
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Lizandro Chávez Alfaro
En un islote caribeño, a pocas millas náuticas del litoral manglaroso (las buenas lenguas dicen que su nombre natural es Caribea) estábamos en las horas transparentes de una joven noche marina. El ánimo era de triunfo: ese horizonte donde yacen añicos de lo que nos oprimía, y entre ellos brotan las dulzuras utópicas.
Andábamos en misión de primer rescate cultural, dueños de las licencias que otorga el entusiasmo del cambio; la ilusión de esta palpándolo con todos los dedos. Nos florecía la consciencia de estar en territorio nuestro; insular pero nuestro; en Corn Island. Cada transeúnte histórico (exploradores, bucaneros, cronistas, cartógrafos) le ha asignado distinto nombre. Lo verdadero es aquello que permanece, y el nombre de Corn Island ha permanecido con tanto peso como Bluefields, Bluff, Hone Sound o Monkey Point.
La noche ascendía por escaleras de vidrio y abajo, en casa de playa confiscada, el ocio nos insuflaba la delicia de sus gordos caramelos. Mañana sería otra jornada. Mientras llegaba, tres misioneros laicos procurábamos la mejor manera de soltar aquel nudo de orgullo entumecido. En el gozo de palpar lo impalpable, nos habíamos dispersado por el silvestre jardín, dominado por cocoteros curvos y el colchón de grama enfriada por brisa marina, salobre, constante.
A mi quieto laberinto de musarañas libertarias entraron las voces de los otros dos misioneros laicos, con su respectivo rasgar de guitarras. En el ámbito franco para toda lengua civilizada. En el ámbito franco para toda lengua civilizada, entraron cantando en inglés, bordando el canto en torno a una palabra: freedom. En mi mecedora expuesta al mar, me dejé hipnotizar por las voces que aún en mi delirio me parecían delirantes.
Cosa de contrapunto espontáneo. Ellos tampoco se miraban ni acordaban, sumergidos en su propia noche brillante. Uno proponía en puro sonido y el otro respondía en sonido puro. Apacible estuve oyéndoles aquel dialogo de isla. Se me ocurrió una máxima: islas somos o en islas nos convertiremos.
En las vastas esperanzas concebidas; durante los meses y año de guerra, cabían las más desmesuradas acumulaciones. Hubo quien pidiera aprender el abecedario que nunca pudo conocer en su infancia; hubo un hombre con un cuchillo pidiendo permiso para degollar a su enemigo; hubo rencores y codicias de todo tamaño, el odio atesorado en pequeñas monedas, las ganas de enriquecerse con sus velas desplegadas y por fin recogiendo viento; hubo gritos liberados al cabo de muchos años de pudrirse en la paciencia; hubo ruborosos pedimentos, como el de la señora isleña que había amontonado un cerro de cocos secos y ahora quería proveer al nuevo gobierno; hubo confesiones y expiaciones públicas, pero hasta ahora aparecía este rezo melódico que estaba oyendo derramarse en la noche; la voz de una que clamaba freedom en tesituras varias; la voz del otro que rogaba y concedía y renovaba aquel freedom cantado hacia su pecho y hacia el libérrimo cielo cruzado por la luz de la Vía Láctea que ha sostenido las peregrinaciones de todos los tiempos.
La atmósfera de Corn Island se me llenó de aquel redoble rogatorio y agradecido celebrante de lo que era ser libre al fin. Era yo bastante viejo para haber conocido el canto trasvestido de Bárbara Streissand, que en un instante era el grito triunfal de ser libre otra vez, y en la escala siguiente era el lamento horrorizado de verse de nuevo al borde del canto libre de la libertad, lo que nos expone a cósmicos desafíos y nos humilla y nos exalta y nos doblega bajo el peso de una hoja demasiado grande para nuestros mínimos afanes de hormiga.
Libre, libre al fin. La religiosidad era excesiva para que yo pudiera seguir resistiéndome. Cedí a la tentación de ser la tercera voz en la noche luminosa, y también grité freedom, freedom, sin regateo, sin escrúpulo alguno de que mi voz sedienta estuviera o no lista para contribuir con su parte al caudaloso gemido que cantaba a la libertad. Freedom, freedom, las voces volcadas hacia el fervor que seguiré oyendo mientras dure la breve ración de mi vida. 
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