Noche de hospital
Elba Gutiérrez
Jamás pensé que un 29 de diciembre en plenas festividades navideñas y cuando esperamos la llegada del año nuevo con canciones como “yo no olvido al año viejo...”, “faltan cinco pa’la doce...” y otras, estaría en una sala de emergencias del Hospital Manolo Morales.
Hay un dicho popular que dice: “Nadie sabe el mal ajeno hasta que lo padece”. Llegué con una amiga al hospital después de cinco horas de vómitos, las piernas me temblaban, hacía pocos días había sufrido un accidente de tránsito que me provocó fuertes golpes en la columna vertebral y por ende dolores, por lo que, ligado a los malestares estomacales y la migraña, sentía que me moría. Creí ¡ilusa! que con la llegada a este centro hospitalario acabaría mi agonía, y apenas comenzaba mi pesadilla.
Eran las 11:00 p.m. y me encontré a un médico que ni se inmutó ante mis padecimientos. “¿Qué tiene?” me preguntó, pero antes de que le explicara mis dolencias me recetó unas inyecciones con suero y me advirtió que no tenían medicinas. Mi amiga tuvo que salir en taxi a buscar el medicamento.
Al regresar aquella con la medicina la enfermera me dijo: “No quiero que grite”, y me pinchó cinco veces sin poder encontrar la vena y sin la menor compasión. Le dije que no quería otro pinchazo y entonces mandó a llamar a otra enfermera, la que por fin halló la vena. Me acordé de un amigo que me regaña cada vez que tomo alguna bebida alcohólica: “Las personas que padecen de migraña no pueden tomar”. El día anterior sólo había tomado dos copas de vino pero de todos modos prometí a Dios que si me curaba dejaría de beber.
Vi a la pobre gente llegar al hospital por problemas cardiovasculares, accidentes de tránsito, dolores en la vesícula, etc. Todos tenían que ir a comprar hasta la aguja. Me desgarró el corazón ver a una señora que llegó del norte del país y ese día fue internada por problemas en el corazón. Me comentó que tenía internada por un tumor a su hija, en el Hospital La Mascota y que los llantos de los niños la tenían en estado crítico. A eso de las 4 de la madrugada sin calmar mi dolor y mi vómito decidí irme del hospital.
¿Cómo la población aguanta tanta carga? ¿Dónde están las medicinas? Los médicos y las enfermeras reclaman mejores salarios, pero, ¿ qué tratamiento le dan a sus pacientes? La clase política se enfrasca en pleitos por cuotas de poder y a diario le da de comer circo a la población, pero no contribuye a mejorar sus condiciones de vida. Los señores diputados se proclaman padres de la Patria, pero no les importa este tipo de problemas.
Estoy completamente convencida de que la gente que va a un hospital público lo hace por que no tiene otra opción. Por eso me fui elevando una oración a Dios por esas personas que necesitan encontrar un Simón de Cirene que les ayude a cargar su cruz.
La autora es periodista.

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