ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 11 DE FEBRERO DE 2006
PORTADA
CUENTO
POESIA
LEXICOGRAFIA
CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
De cuestiones radiantes

Foto  
.No se puede leer la poesía de Fernando Rendón sin tener un sentimiento de viaje, de transposición de tiempos y lugares, desde un tono evocativo de sagas del viejo mundo que se entreveran con las leyendas de este lado del globo, en un fecundo mestizaje

Fernando Rendón.

 

Juan Manuel Roca

Tengo en mis manos un envío de parte de la luz. Una buena lonja de señales que dan cuenta de la palabra de Fernando Rendón.

La cuestión radiante es un libro en el que podemos rastrear sus temas más constantes, sus preocupaciones por encontrar la aguja en el pajar del lenguaje, esto es, los vocablos que hacen que equipaje y viajero sean uno mismo.

Su equipaje, su bagaje, está dado por un deseo de liberar los pies para que abran su propio camino. Y su condición de viajero está dada por su anhelo de tocar las lejanías.

No se puede leer la poesía de Fernando Rendón sin tener un sentimiento de viaje, de transposición de tiempos y lugares, desde un tono evocativo de sagas del viejo mundo que se entreveran con las leyendas de este lado del globo, en un fecundo mestizaje.

En todo ello asistimos a las mil y una resurrecciones del hombre. El amor hace coro en un sueño. El país se busca a sí mismo. Se niega, si no a la muerte, sí a esa manera de asesinar a la muerte que es el crimen, el legado del “tiempo de los asesinos” señalado por uno de sus faros e influencias, leído desde su febril adolescencia.

En verdad, el hombre y su tiempo y el hombre en el tiempo, es el epicentro de sus preocupaciones. “Nos amotinamos contra el llamado de la gangrena”, es una de sus más claras expresiones de rechazo a un destino de miserias. Por eso no hace caso de los “guardafronteras de la realidad”, de esa realidad oscura a la que socava con aquello que René Char llamaría “un deseo de espíritu, un contrasepulcro”.

Rendón sabe muy bien tomarse a caballo la Troya del sueño. E invitarnos a edades lacustres de otros tiempos, sabedor de que “igual nos da un caníbal que un soldado, el siglo uno que el veintiuno”, en su deseo de ver el mundo y sus hechos como una totalidad, como a quien le concierne todo lo que le ocurre en los demás.

Se trata de una suerte de alegato frente a las estrecheces de la realidad, de una forma natural de poner en duda lo que nos cerca como individuos. Como el ciego que no declara en las aduanas los paisajes que lleva en su tacto, Rendón nos hace partícipes de su deseo de no ser un aduanero de sus emociones, de sus deseos compartidos tras el paso de las tenues fronteras.

A la pregunta de Hölderlin por la razón de ser de la poesía en tiempos de penuria, algo que negaría en todas las edades su sentido —si miramos el atrás de la historia todos los tiempos resultan menesterosos— parece oponer la afirmación de Flaubert de cómo el arte, como el Dios de los judíos, se alimenta de holocaustos. Porque, ya se sabe, es en las épocas de penuria cuando más necesitados estamos de poesía.

Uno de los más bellos poemas de esta antología, inserto en el ciclo, Canción en los campos de Marte, habla precisamente de la guerra, de esos momentos de eclipse para el hombre, en una condena que no tiene fisuras, ni alinderamientos en ningún posible bando:

Siempre tendrás razones.
Tú vas a sacar la espada
como un ángel
y cuando la has desenvainado
ya eres un demonio. (Guerra)


Es algo que vuelve a recabar desde el ámbito del hambre y la moribundia, del temor a la muerte que doblega tantas libertades: “Dicen que si no comen mueren/ aunque si comen también mueren/ pero más temen al hambre que a la muerte/ y por miedo al hambre mueren”. Es un duro silogismo, dragón que se muerde la cola, eslabón en el que se prolonga la servidumbre humana.

Hay amor pero no hay miel ni sacarina en esta poesía. Hay un ocasional y desenfadado humor cuando nos recuerda que “el Papa no cree en Dios”, pero no evade unos acentos de visiones que vienen envueltas en el mejor sentido religioso. Hay muchas preguntas asediando las grandes certezas.

Hay también y, de qué acuciosa manera, un país siempre presente, con sus festejos y sus viudeces, con su dureza y sus renovados amaneceres.

La poesía de Fernando Rendón dista mucho de la imagen por la imagen no obstante los tonos imprevistos o los giros que sorprenden. Sabe, de nuevo cito al autor de Hojas de Hypnos, que “la historia es el reverso del traje de los amos” y a esa visión se entrega con desparpajo y decisión en casi toda su poética.

Visiones. Intuiciones. Llamados. Esas tres instancias conforman una especie de trípode desde el cual hila la trama de sus palabras, unas palabras que atienden al hombre, al viento, a los bosques, a los animales, como queriéndoles restituir con gratitud, la belleza que de ellos recibe a cada tanto.  
.


---
Raúl Zurita: “La poesía se defiende sola”


Portada


De vuelta a provenza


De cuestiones radiantes