Al igual que muchosotros nicaragüenses, me he visto en la necesidad de dejar Nicaragua para buscar mejores condiciones de vida. Ya son tres las veces que he dejado el suelo patrio con la ilusión de poder regresar definitivamente.
No participé de la decisión del primer viaje. Cuando era muy pequeño partí con mis padres, obligados por la situación de violencia que se vivía en Nicaragua a finales de los setenta. En aquella oportunidad, lo que más extrañé de Nicaragua fue el cariño de la familia y la amistad de los compañeros del barrio y del colegio.
Regresé a Nicaragua después de los acuerdos de Sapoá y Esquipulas. Luego, a finales de los noventa, decidí dejar nuevamente el país para ir a estudiar a Chile. Me gané una beca del BID que no pude rechazar. En esta segunda oportunidad, lo que más extrañé del país, además de la familia y los amigos, fue la alegría del nica, la belleza de las mujeres de nuestra tierra y el buen ron.
Después de sacar mi maestría, establecí familia y comencé a trabajar de regreso en Nicaragua. El año pasado, nuevamente dejé la Patria pues acepté una buena oportunidad de empleo en Guatemala. En esta tercera oportunidad, lo que más extraño de mi país, además de la familia y los amigos, es la seguridad ciudadana que todavía disfrutamos los nicaragüenses.
Según datos del BID, en la ciudad de Guatemala se registra un índice de 101.5 homicidios por cada 100,000 habitantes. Si se compara con la tasa promedio de América Latina, que es de 22.9 homicidios por cada 100,000 habitantes, se ve lo alarmante del problema. Adicionalmente, algunas encuestas de opinión realizadas recientemente destacan que en 3 de cada 5 familias, por lo menos uno de sus miembros ha sido víctima de un hecho violento en los últimos 12 meses y que de cada 10 empresas 8 reportan haber sido víctimas de un acto delictivo.
En este país, Guatemala, cada vez que salgo con mis hijos, aunque sea sólo para tomarme un helado, siento que me juego la vida. Por las calles y en los establecimientos comerciales uno puede apreciar como la población más pudiente ha conformado pequeños ejércitos para protegerse. Un domingo, a la salida de misa pude contar casi 50 guardaespaldas que esperaban afuera a sus jefes.
Después de un tiempo de estar observando semejantes despliegues de seguridad, de leer los periódicos y de ver a diario en los noticieros televisivos las crudas imágenes de los crímenes que se cometen, uno realmente queda con miedo y con un sentimiento de indefensión que afecta la manera de vivir.
Hobbes, en su obra Leviatán, explica que el Estado nace debido a que los humanos comprendieron que no podían mantener una “guerra de todos contra todos” y por tanto era necesario encontrar una nueva organización social que los sacara de la vida solitaria, pobre, brutal y breve que llevaban. Es por ello que decidieron ceder o transferir la libertad de utilizar el poder que cada uno tiene para garantizar la autoconservación a un poder absoluto que les garantice el estado de paz.
Trágicamente, en Guatemala algunos ciudadanos sienten que el Estado no puede cumplir con la función primordial de brindarles protección y por ello buscan mecanismos de protección al margen de éste. Situación que podría resultar en un resquebrajamiento de la actual organización social y del estado de derecho.
Más allá de las elecciones que ya transcurrieron, hay que fortalecer a la Policía Nacional y mantenerla al margen de la corrupción. También hay que asegurar que el sistema judicial funcione de manera trasparente, evitando su politización y garantizando que los delincuentes se mantengan tras las rejas. Una vez que se pierde la seguridad ciudadana es muy difícil recuperarla. Aprendamos de nuestros hermanos centroamericanos y hagamos lo necesario para que en un futuro no añoremos el derecho que tenemos de caminar libremente por la calle sin miedo a sufrir un crimen.