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¿Qué podemos esperar de Ortega?
Humberto Belli Pereira
El autor es rector de Ave María College of the Americas

L o más probable es que Ortega se abstendrá de seguir la agenda radical que promovió en los años ochenta. No creo factible que Ortega vuelva a sacar las uñas de su radicalismo. El mundo y la Nicaragua en que tomará posesión en enero del 2007 han cambiado tanto, que hacen irrepetible una reedición del pasado.

En los años ochenta los líderes de la revolución eran guerrilleros mesiánicos, empeñados en llevar a Nicaragua a la utopía socialista, en un mundo dividido por la confrontación comunismo-capitalismo. Los de hoy son dirigentes aburguesados que vieron derrumbarse el experimento socialista y que manejan empresas o inversiones. Cuando Ortega y el FSLN tomaron el poder en 1979, tenían el pleno respaldo del pueblo nicaragüense y la comunidad internacional. Hoy lo hacen con el voto adverso de más del 60 por ciento y ante la mirada exigente de la comunidad donante. También lo hacen en un país que ha logrado importantes avances en su consolidación democrática, que cuenta con un Ejército y una Policía orgullosos de su profesionalismo, con una prensa libre e indoblegable, y con una asamblea nacional pluralista, investida de mucho poder, con la cual el nuevo gobierno tendrá que negociar la aprobación de todas sus leyes.

Pero el factor que por excelencia, invitará a Ortega a ser realista, es el económico. El nuevo gobierno tendrá que enfrentar considerables presiones fiscales, con un presupuesto extremadamente reducido y rígido. Un tercio del mismo es financiado por la comunidad internacional, con la condición de mantenerse dentro de los acuerdos de ajuste con el FMI. Los otros dos tercios están comprometidos con gastos fijos, como salarios y con cuotas porcentuales establecidas por la ley, como el seis por ciento universitario, el diez de las alcaldías y el cuatro de la Corte Suprema. El margen de maniobra para gastos emergentes es minúsculo.

Con estas limitantes Ortega tendrá que enfrentar fuertes expectativas de mejoras salariales entre los maestros —a quienes se les prometió acercarlos muy pronto a sus contrapartes centroamericanos, que ganan tres veces más— así como las exigencias de los médicos del sector público y las demandas de subsidios de los transportistas y otros sectores. Además el Gobierno tendrá que lidiar con la crisis energética, con el espinoso tema del Seguro Social, el cual es una verdadera bomba de tiempo financiera, pues incrementó sus beneficios por encima de sus ingresos, y con el vencimiento, en el 2008, de los bonos de indemnización.

Ortega necesitará entonces no sólo la paz y reconciliación que predicó en su campaña, sino la activa cooperación del sector privado, el cual genera el ochenta por ciento del empleo y la casi totalidad de los tributos que alimentan al Estado. Para mantener en buena marcha el motor de la inversión privada, el nuevo gobierno deberá demostrar su respeto a la propiedad privada, la libre empresa, el Estado de Derecho y el Cafta. Hasta ahora, las declaraciones de Ortega sugieren que está muy consciente de las nuevas realidades. Ante centenares de inversionistas Ortega afirmó que el combate a la pobreza no puede librarse sin alentar la inversión privada. No son meras palabras. No hay que olvidar que más que un ideólogo, Ortega es un político pragmático, que junto a una retórica ocasional de izquierda, tiene un buen instinto para adoptar políticas que le son útiles.

Algunos se inquietan por el rol que podría jugar Chávez, quien no dará ayuda sin buscar alinear a Nicaragua con su eje antinorteamericano. Pero el costo de esta confrontación sería muy alto para el país y para el propio Ortega, quien tendrá que tejer muy fino para evitar sacudidas que ahuyenten la inversión privada y comprometan su política de reconciliación, la cual no fue sólo una consigna útil para llegar al poder, sino que será la estrategia más inteligente para conservarlo.

El peligro con Ortega como Presidente no es que derive hacia el izquierdismo sino hacia el somocismo; que trate de torcer las instituciones del Estado para aumentar su poder y repartir beneficios a sus amigos. Para esto es una mera posibilidad, ante la cual habrá que estar listos a movilizarnos con fe en nuestra capacidad para cambiar las cosas. Para mientras hay que darle al comandante un generoso compás de espera y el beneficio de la duda. No tanto por él, sino por Nicaragua.

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