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¿El mejor predictor de la conducta futura? La conducta pasada
Susan Clancy
La autora es profesora del INCAE

Un domingo recién pasado estaba en el patio de mi casa con algunos parientes y amigos disfrutando de un bello atardecer. De repente, la tranquilidad se interrumpió. El aire se llenó de música a todo volumen, proveniente de altavoces situados en algún lugar de la Carretera Sur. Al cesar la música se comenzaron a oír voces que repetían las mismas frases que vemos en las vallas publicitarias en toda la ciudad: cero hambre, trabajo para todos, unida Nicaragua triunfa, el Frente es la solución, garantizado.

Esa noche tuve problemas para dormir. Una frase en particular seguía resonando en mi cabeza: garantizado.

No soy política. Por eso me han aconsejado que no escriba sobre política. El problema es que soy científica. Durante 20 años se me ha inculcado la regla cardinal de la ciencia y esta regla se aplica bien a la política: crea sólo lo que justifican los hechos.

La gente piensa siempre que la ciencia es un conjunto de conocimientos, pero en realidad es sólo una forma de pensar en las cosas. En su meollo, se trata de ser escéptico. Antes de aceptar como cierto algo que alguien dice, usted debe buscar evidencias que lo respalden. Cuando se le presentan opciones contrapuestas (por ejemplo, digamos, cuatro candidatos políticos), escoja la opción que tiene más evidencia de respaldo.

¿Por qué debe usted hacer esto? Porque el objetivo de la ciencia es descubrir la verdad y tener la verdad es una forma de poder que lo protege a uno de que lo engañen y lo manipulen. Ayuda a vivir vidas más saludables y mejores.

El pensamiento científico —pedir evidencia de lo que se afirma— no surge naturalmente. Tenemos una tendencia general a creer lo que oímos (especialmente cuando lo oímos muy seguido). En algunos casos esto no representa ningún problema. Por ejemplo, ¿a quién le interesa si el jugo de noni es realmente para uno? Simplemente bébalo. Cualquier cosa que sepa tan mal debe ser bueno. Y además, ¿qué se puede perder?

Pero en algunos casos hay mucho que perder por no pensar en forma científica, como cuando se trata de elegir un presidente.

Hoy todos los candidatos ofrecen variantes de la misma cosa: una Nicaragua mejor. Al pensar científicamente —pedir a los candidatos evidencias que respalden sus promesas— aumentamos la probabilidad de escoger un candidato que nos pueda dar lo que promete.

Lo que diga la gente no es una forma de evidencia. Más de cien años de datos de ciencias sociales muestran que no existe mucha relación entre lo que la gente dice y lo que realmente hace. De este modo, si usted quiere saber si alguien será un buen carpintero, no se lo pregunte. Vaya y vea por usted mismo cómo trabaja. Si usted quiere conocer si alguien es un pillo no se lo pregunte. Fíjese si ha robado algunas billeteras. Lo mismo es válido para los políticos.

Si usted quiere escoger al mejor candidato, seleccione aquel cuyo historial respalde mejor lo que afirma.

Ortega —en contraste a los demás candidatos— ya fue presidente. Consecuentemente, no es difícil medir su desempeño. Según el Banco Central o el Banco Mundial: ¿Qué ocurrió con el PIB (lo que produjo el país), la inversión extranjera, la inflación (cuánto suben los precios), el alfabetismo, la desnutrición y la tasa de mortalidad infantil en Nicaragua? ¿Y qué ocurrió cuando él se fue? ¿Mejoraron o no las cosas en Nicaragua entre 1990 y el presente?

Como dije antes, ninguno de los otros candidatos ha sido presidente. Pero todos han vivido sus vidas. Tienen su propio conjunto de logros y/o fracasos. Pregunte por ellos. Preste más atención a lo que ocurrió realmente en su pasado que a las explicaciones que ellos le dan por lo que ocurrió. ¿Enfrentaron desafíos cada vez mayores en sus vidas? ¿Triunfaron en ellos? ¿Cumplieron las promesas que le hicieron a los que dependían de ellos: sus empleados y clientes, sus grupos de apoyo y amigos, sus esposas e hijos?

“¿A quién le interesan las evidencias?”, me dicen los expertos en campañas, “la gente no piensa científicamente, vota con su corazón, no con su cabeza”. Si los expertos en campañas tienen razón, esto explica por qué los votantes se sienten decepcionados tan a menudo.

Creo que el verdadero problema es que los políticos no quieren que votemos con nuestra cabeza. A menudo las mismas personas que hacen afirmaciones desestimulan el pedir evidencia de lo que se afirma. De otro modo, ¿por qué se pondría “garantizado” en los lemas de campaña?

Un famosa política dijo una vez: “No es tarea del gobierno impedir que los ciudadanos caigan en el error; es tarea del ciudadano impedir que el gobierno caiga en el error”. La forma de hacer esto es pensar científicamente en lo que los políticos le dicen a usted. Exigir evidencias de las afirmaciones que se hacen. Un candidato no debería tener que decirle a usted que sus promesas están garantizadas, debería ser capaz de demostrarle por qué lo están.

En noviembre piensen con sus cabezas, no con sus corazones. No voten por el candidato más carismático, “en contacto” con la gente, el más rico, el más pobre, el más guapo (o incluso el más feo). Voten por el candidato cuyo historial apoye mejor su afirmación de que Nicaragua prosperará, el que tenga un historial consistente de logros personales y profesionales. No perdonen y olviden. ¡Aprendan! El mejor predictor del desempeño futuro es el desempeño pasado. Se lo puedo garantizar.

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