En los últimos días hemos sido bombardeados con mensajes electorales, de todos tipos y colores, y con una frecuencia vertiginosa. La campaña arrecia y el tono se torna cada vez más agresivo y en ocasiones con escasa dignidad.
Tantos mensajes me pusieron a pensar en cómo era el discurso de los candidatos presidenciales, pues cada uno tiene aciertos y también limitaciones.
Que tengan buena oratoria no quiere decir que sean buenos presidentes, pero al menos nos hacen sentir admiración cuando emplean un lenguaje y emisión correcta de la cadena fónica, con una gestualización efectiva.
Comencemos con José Rizo. Aunque algunos señalan que tenía condiciones para hacer discursos y en sus presentaciones siempre lo hemos visto natural y sincero, tiene un anuncio donde utiliza un estilo muy cercano a la declamación, yo diría que hay sobreactuación, el tono de la voz que se engola, las manos con gestos mecánicos al hacer un número uno o al abrir los brazos, provocan que se vea mal al candidato, parece una farsa, en un estilo arcaico.
Daniel Ortega maneja un lenguaje sencillo con un estilo muy directo, popular. Sin embargo hay dos cuestiones que le afectan: abuso de las reiteraciones y demasiadas frases hechas, ya trilladas, lo cual torna su discurso muy obsoleto.
En ocasiones hay giros poéticos pero parecieran importadas y no de su cosecha. Daniel es sobrio, tal vez demasiado y debe buscar cómo matizar su oratoria para que el auditorio no se aburra y sienta un discurso diferente, para un presidente diferente.
Eduardo Montealegre habla con corrección pero le falta fuerza, emoción. Su tono de voz es bajo, su emisión es pequeña y debe hacer mucho esfuerzo. Sus mejores momentos son cuando habla de sus propuestas, se ve muy técnico, muy profesional. Su talón de Aquiles es cuando vocifera contra sus detractores, no sólo se ve mal, sino que estropea sus cuerdas vocales.
Edén Pastora necesita practicar más la oratoria, va hacia el otro extremo, carece de consistencia y organización de las ideas. Debe ser más coherente, tal vez deba puntear los aspectos que va a desarrollar y no improvisar mucho.
Claro que Pastora tiene carisma y logra empatía, puede hacer un chiste o burlarse de sí mismo hablando de las joyas empeñadas u otros asuntos. Él debe insistir en la fase preparatoria para que pueda comunicarse con más efectividad.
Por último hablemos de Mundo Jarquín. Ese feo habla bonito. Jarquín no sólo domina con corrección y fluidez el idioma sino que pronuncia de forma clara. Su discurso es muy coherente y profesional, maneja datos estadísticos, demuestra un dominio certero del asunto y puede ofrecer un discurso elevado y poético o una disertación sencilla, según el auditorio.
Pero Jarquín debe seguir con su discurso inicial y no empezar con los dimes que te diré con los otros candidatos, le resta ética ¿para qué nos van a dar más de lo mismo?
Esperamos que el nuevo presidente no sólo tenga una buena oratoria sino que traduzca en realidades las promesas de campaña, para que así su discurso sea más consistente.