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El Presidente que necesita Nicaragua
Edmundo J. Dávila
El autor es ingeniero en sistemas de información y MBA

“Forzosamente son las mayores virtudes, las más útiles para los demás”.

Aristóteles

La triste y deplorable experiencia política que ha tenido Nicaragua desde la década de los ochenta, así como la total incertidumbre del futuro que depara las próximas elecciones presidenciales de noviembre, deberían hacer meditar a los nicaragüenses en lo que sería un Presidente ideal para el país. La lógica nos lo dice y pudiera ser evidente en otros países, pero aquí se exponen algunas cualidades o virtudes morales, intelectuales y políticas que son indispensables para los futuros mandatarios de Nicaragua, una nación muy singular y tolerante con sus cuestionados políticos.

Honradez. La falta de honradez se asocia íntimamente con la corrupción, acto deleznable de las democracias modernas, por lo que la conducta del candidato deberá ser en este sentido decente, intachable. No debe aceptarse bajo ninguna condición un candidato que haya sido señalado de cometer en el pasado actos ilícitos o punibles comprobados de cualquier naturaleza, en su vida privada o pública, ya que esa conducta seguramente va a estar presente a lo largo de su vida.

Bondad. A veces se confunde la bondad con debilidad, pero la bondad debe ser entendida como una inclinación natural a hacer el bien y abstenerse de hacer daño a los demás y al pueblo mismo, con una profunda comprensión de las necesidades de las personas. Opuesto a la bondad es el odio notorio, el rencor, el apasionamiento, hacia un adversario político.

Integridad. Una persona de integridad es congruente e indivisa en su personalidad, y se comporta igual en circunstancias diferentes, es el mismo individuo en privado y en público y por lo tanto no debe contradecirse lo que hace o dice, con sus hechos pasados o presentes.

Preparación académica. Los estudios básicos son indispensables para un Presidente. Gobernar un país no es fácil. Lo ideal sería que el Presidente tuviese estudios superiores, o contar al menos con sólidos conocimientos políticos económicos y sociales, para poder ejercer su cargo eficientemente.

Visión de futuro. Los presidentes deben tener la capacidad de proponer soluciones de largo plazo en beneficio de la mayoría de los gobernados y con ello trascender su período presidencial, dejando un buen legado de planes y proyectos a los que le sucedan en el cargo, para que el país vaya progresando conforme lo exigen las leyes de la evolución.

Astucia para gobernar. La preparación académica no siempre garantiza que se tenga la capacidad para gobernar un país. Un Presidente debe ser lo suficientemente hábil para cumplir con sus promesas electorales, hacer lo óptimo durante su mandato y salir siempre airoso de las trampas y asechanzas de sus adversarios políticos y enemigos personales.

Liderazgo. Es indudable que un Presidente debe tener el carisma necesario y las cualidades de un buen líder, para mantener fieles a sus seguidores y al pueblo mismo, con propuestas viables y realistas orientadas a solucionar los problemas del país.

Firmeza. Un Presidente no debe dejarse doblegar por sus opositores ni defraudar a quienes lo eligieron. Siempre debe ser fiel a sus compromisos de campaña y demostrar palpablemente su firmeza y energía para no dejarse sojuzgar por nadie. Debe hacer conocedor al pueblo oportunamente de cualquier amenaza de chantajes que le impidan gobernar.

Dedicación y compromiso. El Presidente debe estar comprometido con un proyecto de nación orientado al bien común. La satisfacción de su vanidad, la búsqueda del poder o el enriquecimiento en un político, lo convierten en un potencial dictador, repudiable y vergonzoso para el país.

Responsabilidad. Los gobernantes deben responsabilizarse de todas las consecuencias que se deriven de su gestión presidencial. Es evidente que un mandatario al que se le evalúe su desempeño, y se le exija rendir cuentas y si es preciso hasta su desplazo del poder, actuará con mayor diligencia y precaución.

Es difícil encontrar a algún candidato presidencial que reúna todas estas virtudes del modelo propuesto, pero es más fácil identificar al que tiene menos o no tiene ninguna. Lástima que en Nicaragua se haya cometido desde hace tres elecciones la aberración de votar “en contra de” en vez de “a favor de”, como debería ser en una sana y verdadera democracia. Esto ha conducido a que se siga procediendo por eliminación “del más peor al menos peor”.

Este 5 de noviembre, los electores nicaragüenses tendrán la oportunidad de enrumbar a Nicaragua hacia el progreso o hacia el fracaso definitivo. Bogando por un futuro mejor no sólo se debe votar, sino hacerlo con conciencia plena, con sabiduría, y sinceridad.

Solamente así, el futuro será nuestro. Votemos por el mejor candidato, el que tenga las óptimas cualidades, el que más se aproxime a los parámetros ideales y todo lo demás vendrá por añadidura.

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