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Modelo Cindy Regidor. (LA PRENSA/O. VALENZUELA)
Las otras Rositas
Rosita es el botón de muestra de un mal vivo y subterráneo de Nicaragua: el abuso sexual de niñas. Otra niña relata su secreto mejor guardado: los reiterados abusos que sufrió y el embarazo que resultó de ello
Lesly Medina
domingo@laprensa.com.ni
Un mal mundial

Puerto Rico. Un abogado propuso casar a su cliente de 27 años con su hijastra de 14 para atenuar la pena por los cargos de violación y embarazo a la niña. La menor quedó embarazada por primera vez a los 11 años. Otro joven de 19 años embarazó a la hija de 12 años de su compañera de 29 años. En otro lugar del país, a la maestra Soraya Valenzuela, de 24 años, se le acusó de dos cargos de agresión sexual y dos de maltrato de menores por haber sostenido relaciones sexuales con su alumno de 13 años. (Agosto 2007).

Estados Unidos. La maestra Mary Kay Letourneau cumplió siete años y medio de cárcel por violar a un alumno de sexto grado. (Agosto 2007).

Argentina. Fernando Hirsuta, condenado a 20 años por el delito de pedofilia, pidió a los jueces de su causa que se le condene a la pena de muerte, ya que ha sido reincidente y si sale en libertad, volverá a atacar a un menor de edad. La pena se le impuso por abuso contra siete niñas. Anteriormente ya había cumplido otra condena por el mismo delito. (Agosto 2007).

Más cifras…

La Corte Suprema de Justicia realizó en el 2005 un análisis jurídico de sentencias relativas a delitos de violencia intrafamiliar y sexual y demandas civiles en materia de familia realizado en 2005.

El resultado indica que de los 1,077 casos que pertenecen a materia penal, 407 pertenecen a abuso sexual y de ellos 44 por ciento son a niñas y adolescentes entre los 13 y 18 años y 27.92 por ciento pertenecen a niñas entre los 2 y 12 años.

Datos de la Coordinadora Nicaragüense de la Niñez y la Adolescencia (Codeni, 2006) indican que en Nicaragua entre el 25 y el 47 por ciento de niñas, niños y adolescentes sufren acoso y abuso sexual desde edades muy tempranas.

Juanita no conoce a Rosita. Tal vez oyó hablar de ella por los medios de comunicación. Quizá alguien de su familia o sus amigos le comentaron sobre la niña de nueve años embarazada en Costa Rica. Y aunque ellas no guardan ningún parentesco, sí tienen una historia común: el abuso sexual y un embarazo producto de ello.

Juanita estaba en cuarto grado y tenía 11 años cuando le confesó a su maestra su secreto mejor guardado. Le contó que el esposo de su tía le hacía cosas que no le gustaban.

Ella aún recuerda con tristeza aquel día. “(La profesora) le dijo a mi mamá. Mi mamá no me creyó. Me pegó y recuerdo que me dijo: ‘Mentirosa, no andés inventando esas cosas porque va a pasar algo en la escuela, nos van a correr, no quiero que digan nada, no quiero que la gente se dé cuenta’. Me pegó con una faja grande y gruesa, de cuero. Y como se lo seguía repitiendo, me pegó con una tajona. Siempre se le pegaba con esa tajona a los niños que estaban de necios”, relata la joven, mientras respira e intenta contener el llanto.

La muchacha, que hoy tiene 23 años, cuenta que no recuerda la edad en que el esposo de su tía comenzó a abusar de ella. Lo que sí tiene presente es que a los nueve años, que fue cuando desarrolló, ya sucedía. Y su calvario no terminó allí. A los 16 años, otro hombre abusó de ella. Era su vecino. Esa vez su trauma fue doble porque producto de ello tiene ahora una niña de siete años.

Martha Verónica Rosales, sicóloga de Dos Generaciones, asegura que de por sí el abuso representa un trauma, un dolor para quien lo padece. Explica que a partir de entonces cambia la percepción de la vida, del mundo y del valor que las víctimas tienen de sí mismas.

Lorna Norori, sicóloga de Sí Mujer y con más de diez años de experiencia en temas de violencia, agrega que la marca que sufren las niñas abusadas desencadena comportamientos sexuales posteriores como la promiscuidad. “Un abuso no sólo toca el cuerpo, sino también la psiquis. Eso la prepara para su vida sexual futura: una sexualización traumática. Las víctimas sienten que su voluntad fue doblegada, sus sentimientos y emociones fueron tergiversados, porque el abusador le enseñó que el amor está vinculado al sexo, al ocultamiento y al secreto”.

Durante las últimas semanas el caso de Rosita ha vuelto a la palestra pública. Esta vez por otro abuso y nuevamente por otro embarazo. La diferencia en esta ocasión es que no hubo aborto terapéutico.

La conmoción por el sufrimiento de esta niña se transformó en un incremento en las denuncias por abuso sexual contra menores desde el 2002 hasta la fecha. Datos de Save the Children registran un siete por ciento más de casos desde ese año. Las estadísticas de esta y otras instituciones (Coordinadora Nicaragüense de la Niñez y la Adolescencia, Dos Generaciones, ONU) dan cuenta de un crecimiento de casi el ciento por ciento de denuncias, pasando de un poco más de tres mil a seis mil entre 1998 y 2006.

De hecho en el 2003, LA PRENSA informó que en Alajuela, Costa Rica, se albergaban en el Patronato Nacional de la Infancia (Pani), 10 niñas nicaragüenses entre los 12 y 16 años en similares condiciones que Rosita.

Las situaciones de violencia que viven los niños pueden llevarlos a quitarse la vida o a buscar vías de escape que les ocasionan más problemas. Esa es la historia de otra joven de 16 años.

Ella fue a terapia sicológica porque no lograba ponerse de acuerdo con su novio en dos temas. El primero: habían decidido suicidarse y llegado el momento, el muchacho se arrepintió. Segundo: los dos pertenecían a una pandilla y habían pagado a miembros de la pandilla contraria para que mataran al padrastro de la muchacha. Como el intento no tuvo éxito, no lograban acordar cómo debían eliminarlo.

El resultado de la terapia fue escalofriante. La adolescente había sufrido abuso por parte de su padrastro desde los seis hasta los 12 años. Después, por el hermano y el hijo del padrastro. A los doce, le contó a su madre, pero ella no le creyó y hasta la corrió de la casa. El resultado fue una niña involucrada en las pandillas, en las drogas y con cinco intentos de suicidios encima.

La falta de apoyo de las madres tanto de esta joven como de Juanita constituyen las razones por las que los niños callan. Otra es el carácter de “figura protectora” con que se acercan los abusadores a los niños y niñas. “Solamente por ser la figura de autoridad del profesor, del vecino, del familiar les hace callar; además del miedo de ser culpabilizados”, afirma la sicóloga Martha Rosales.

Los registros de abusos contra menores reflejan que es entre los 12 y 15 años las edades en que más ataques sufren las víctimas, le sigue el rango de 7 a 11 años, en tercer lugar de 0 a 6 años y por último de 16 a 18, siendo en la mayoría de los casos un 83 por ciento de niñas abusadas.

Lo más preocupante de las estadísticas es que pese a la sensibilización que logran casos como el de Rosita, aún hay muchos que no son denunciados, ya sea por miedo a la estigmatización o por temor a que las víctimas sean culpabilizadas de los abusos.

“Casos como el de Rosita hay muchos. En el campo, en las zonas rurales, el incesto, la violación entre parientes es algo que no se denuncia y hasta se mira normal en esos sectores”, explica Jeanne Palacios Braga, coordinadora de la sección de denuncias de la Procuraduría para la Defensa de Derechos Humanos (PDDH).

“¿Por qué a mí?” Esa era la pregunta que se hacía una y otra vez Juanita aquellas noches de llanto en que recordaba todo lo que le había ocurrido. Esa misma interrogante le planteaba a su vientre crecido, mientras lo tocaba una y otra vez.

“Cuando la tenía en el vientre, no la sentía, ella se movía, pero no la sentía. En las noches cuando lloraba y no podía dormir, me sentaba en la cama. Tenía la barriga grande y platicaba con ella y le decía: por qué estás aquí, por qué me pasa a mí, te odio, le decía. Ella se quedaba quieta”, cuenta Juanita.

No existen datos precisos sobre cuántas niñas y adolescentes quedan embarazadas producto de un abuso. Pero para dar cuenta de la magnitud del problema, la Red Nacional de Casa Materna proporcionó una cifra parcial de los casos que atienden. Ellos registran que de 48 casas a nivel nacional, en 19 de ellas se atendió a 1,050 niñas y adolescentes en el 2006 entre los 12 y 18 años. En lo que va del año estas mismas han atendido 448 embarazos en el mismo rango de edad.

La doctora Martha Rosales califica como compleja la situación de estas miles de niñas que se ven forzadas a asumir un embarazo. “Hay una demanda de la figura adulta (las madres de las víctimas de abusos) de que las niñas embarazadas asuman el rol de madre, porque se cree que la función de ser madre es algo natural, es algo con lo que nacemos las mujeres”.

Igualmente, Norori asegura que hay un cambio en la vida de las víctimas. “No encuentro la parte positiva en la maternidad de niñas y adolescentes. Aunque ellas asuman la responsabilidad de manera forzada, por dentro se sienten muertas. Y el riesgo para estas niñas es vivir otro embarazo forzado si no se les trata debidamente. Primero, a partir de otro abuso; segundo, porque si no tienen la preparación de vida, pierden el acceso al no. No saben decir no. Por ello, la misma persona u otra puede abusarlas nuevamente”, dice.

Otra consecuencia que la doctora Norori ha observado en la maternidad de niñas es la relación de la niña madre con su hijo. El argumento que la experta sostiene es que cuando tienen el bebé y llegan a determinadas etapas de su vida, el rechazo es más marcado y eso se manifiesta con el maltrato y el abandono al niño. Ella asegura que esas situaciones son duras tanto para las madres como para el niño.

La relación de Juanita con su hija refleja esa falta de preparación en la adolescente para ser madre. Ella confiesa que quiere a su niña, pero que le molesta estar mucho tiempo con ella. Admite que le cuesta jugar por ratos prolongados con la criatura. Es más, Juanita sólo le ha enseñado cosas de adulto a su nena.

Y cuando la pequeña pide cariño, Juanita se molesta. “Le agarra por dar muchos besos y abrazos y le digo: ‘perate’, no quiero. Ella me sofoca, me irrita. Me recuerda cuando era niña”, admite Juanita con la mirada clavada en la pared.

Juanita y Rosita forman parte de esa escalofriante cifra de 150 millones de niñas que la Organización Mundial de la Salud estima que son abusadas anualmente. Hoy Juanita asiste a una terapia de grupo y a otra individual para entender mejor lo que le pasó y mejorar su relación con su hija. Rosita pasó de la tutela de la Red de Mujeres contra Violencia a la del Ministerio de la Familia. Ella también sigue un tratamiento sicológico para sobrellevar lo que le tocó vivir. Las dos no sólo tienen que convivir con el recuerdo de los abusos. Ahora también tienen otra tarea pendiente: aprender cómo se transforma una niña en madre.

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