El panameño Irving Saladino pegó un salto gigante a la fama al ganar para su país la primera medalla de oro de la historia, en el Mundial de atletismo de Osaka, algo inimaginable cuando hace años recorría las calles de su humilde Colón con un traje de electricista.
Saladino nació el 23 de enero de 1983 en un barrio humilde de la ciudad portuaria de Colón, en una provincia donde se mezcla la pobreza con el fuerte desarrollo del comercio portuario, en una de las entradas al canal que une el Atlántico y el Pacífico.
Allí se crió este joven que se inició como electricista para vivir, aunque su sueño siempre fue entrar en el salón de la fama del deporte panameño, junto al boxeador Roberto “Mano de Piedra” Durán, mientras miraba por televisión a las estrellas del atletismo.
A fuerza de saltos, el “canguro centroamericano” dejó la empresa de electricidad en la que trabajaba para dedicarse por entero a su pasión, el atletismo, con apenas 17 años. Aunque sus primeros recuerdos lo transportan a las carreras de 200 metros en la escuela, con apenas 7 años.
Gracias a una beca que recibió de parte de las autoridades del atletismo mundial y a la ayuda de su padre, emigró a Sao Paulo, Brasil, donde le esperaba uno de los mejores entrenadores en salto a nivel mundial, el brasileño Nelio Alfano Moura.
A partir de ese momento, Saladino comenzó a mejorar sus registros y empezó a soñar con los ojos abiertos con una medalla dorada, la primera de oro para su país y también para su región centroamericana.
Ayer jueves hizo realidad su cuento de hadas. Saladino, de 24 años, cerró la competición con su sexto intento cuando estaba en segunda posición, detrás del italiano Andrew Howe (8,47).
El estadio de Osaka enmudeció y le permitió concentrarse para dar el salto más largo de su vida y arrebatar el metal dorado a su rival, con un salto de 8,57, nuevo récord centroamericano de la especialidad y personal.
Un orgullo para el istmo.