Taiwán ha fortalecido sus vínculos vitales con cuatro de sus aliados de Centroamérica, evitando por ahora que deserten hacia el campo de la República Popular China. Tal es el logro principal de la reciente visita del presidente taiwanés Chen Shui-bian.
Sin embargo, este éxito diplomático parcial viene con aumentos sustanciales de la asistencia de Taipei para el istmo, bajo el eco aún perceptible de la ruptura de relaciones con Costa Rica, con el temor a un efecto dominó, y con un limitación importante: pese a las declaraciones oficiales individuales de apoyo a la entrada de Taiwán a la Organización de las Naciones Unidas, los aliados le dejaron en claro que seguirán desarrollando sus intereses comerciales con Pekín. Como SICA, no hubo tal declaración. Además, China no ha hecho contraofertas.
La nación isleña cuenta solamente con 24 aliados. La mayoría son de Centroamérica y el Caribe; el resto, pequeñas naciones o islas de África y el Pacífico.
En cambio, Pekín ocupa uno de los 5 puestos permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y goza del reconocimiento de la inmensa mayoría de los Estados del mundo. No admite la posibilidad de una independencia taiwanesa y pregona la política de “una sola China”.
La gira de Chen está dentro de la razón de estado, porque ese pequeño número de amigos es lo que mantiene viva su pretensión de reconocimiento como un Estado independiente y es un asunto valioso frente a una probable, quizás inevitable, negociación con la China comunista en el futuro.
Costa Rica tenía poderosas razones comerciales para cambiar de lado: más de mil millones de dólares en exportaciones —ante todo exportaciones de la multinacional Intel— y casi otro tanto en importaciones. Hasta se dice que fue la corporación la que presionó a Oscar Arias para que diera la espalda al aliado de seis décadas, para abrir la opción de un TLC con China.
En la gira de Chen no han faltado los dardos envenenados y los rencores de amores contrariados. Chen insinuó que Pekín habría sobornado con 400 millones de dólares a funcionarios costarricenses, aunque sin dar pruebas. “Taiwán sencillamente no dio lo suficiente”, comentó. El canciller interino costarricense, Edgard Ugalde, respondió que esas palabras eran “infundadas, absurdas y ofensivas”.
El viaje fue un éxito, aunque no rotundo. Logró la reafirmación verbal pública del apoyo de Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala para su entrada a la ONU, durante la VI cumbre del SICA con Taiwán —sin Costa Rica—, del jueves pasado. Por Nicaragua estuvo el vicepresidente Jaime Morales. Participaron los presidentes Tony Saca (El Salvador), Manuel Zelaya (Honduras), Oscar Berger (Guatemala), el primer ministro beliceño Said Musa y la vicecanciller dominicana Clara Quiñónez.
Sin embargo, la declaración del SICA no menciona el asunto. Martín Torrijos, de Panamá, no llegó y República Dominicana no emitió un respaldo.
En sus visitas a San Salvador y Tegucigalpa, ambos anfitriones le reiteraron a Chen un apoyo total. De Berger cabía esperarse, pues Guatemala anda tras una megarrefinería de petróleo taiwanesa.
El presidente isleño trajo muchas promesas de un fondo de US$1,000 millones para el BCIE, obras grandes como la hidroeléctrica de US$300 millones en Honduras, generosas donaciones —como las 500 motos que le regaló a la Policía salvadoreña— y más. Quizás aún resuenen en sus oídos los reproches de Arias de que Taiwán era “tacaño”.
No solamente Chen vino, dijo y prometió: también se la pasó muy bien. Nada mal para un gobernante en la recta final de su mandato. Montó a caballo y por poco cantó rancheras con su colega vaquero Zelaya, comió frijoles y tortillas calientes —se quemó un poco—, y recorrió una parte de Nicaragua a bordo del jeep Mercedes Benz de Ortega. Un entusiasmado Chen lanzó un “Viva Daniel”, llamó a Ortega “mi mejor amigo”, “hermano”, “gran estadista”, y a Nicaragua “el mejor aliado”.
Sin embargo, los US$400 millones que Nicaragua ha solicitado como nueva ayuda deberán ser discutidos con una delegación técnica el próximo mes. Y cordialidad aparte, se proyectan las sombras del acuerdo de libre comercio que aún no entra en vigencia y la no condonación de la deuda de Nicaragua de unos US$80 millones por trabas legales.
“Estamos muy satisfechos”, me comentó un funcionario taiwanés por teléfono. “Somos respetuosos de la soberanía de los países para decidir con quién tener relaciones, pero China continental debe cambiar su política y reconocer la realidad, no puede imponer su voluntad a todo el mundo, y debe respetar a los 23 millones de habitantes de Taiwán”.
Ortega evitó decir categóricamente que dará el voto en la adveniente Asamblea General de NN.UU. Pero Chen afirmó que le dieron el “sí”: “Nosotros realmente confiamos en la palabra del presidente Ortega (...) en privado me ha comunicado y me ha prometido que así va a proceder”.
La postura de Ortega no deja de ser ambigua, pues quiere relaciones diplomáticas con las dos Chinas. Y, aunque su amable huésped dijo que no le molestaba, ambos saben muy bien que Pekín jamás lo aprobará.
De lograr una doble relación diplomática, apuntó el visitante, Ortega merecería “el Nobel de la Paz”. Al menos nadie le negará el sentido del humor.