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(LA PRENSA/ARCHIVO)
Tastuanes Gobernador indio
¿Fue Tastuanes un gobernador indio? Investigaciones recientes sacan a luz nuevos elementos que difieren de lo que por mucho tiempo aceptamos como cierto en El Güegüence
Carlos mántica

Desde que Daniel Brinton publicara en 1883 un primer intento de traducción de nuestro Güegüence, se ha tenido esta obra como una comedia-bailete que denunciaba con valentía los desmanes de un Gobernador de Nicaragua, símbolo de la dominación española, concediéndosele más tarde, y con sobrada razón, la categoría de teatro de protesta.

En la medida en que pudimos ir desentrañando la jerga en que está escrita, nos fuimos sin embargo, dando cuenta de que existen en la obra misma muchos elementos que nos obligaban a preguntarnos si tal protesta estuvo dirigida realmente en contra de la persona de algún Gobernador español —protesta que pudo ser obstaculizada por las autoridades de la época— o más bien denunciaba libremente, y con humor procaz, la corrupción y los abusos de algunos Gobernadores indios, cómplices e imitadores del gobierno invasor.

Esta posibilidad me condujo a nuevas investigaciones que presenté, todavía tímidamente, en mi libro, El Cuecuence, o Gran Sinvergüenza, Obra Maestra de la Picaresca Indoamericana, investigaciones que he continuado, llegando finalmente a la conclusión de que no existe nada en la obra que indique estuviera dirigida directamente en contra de la persona de un Gobernador español.

Para una mejor comprensión de este tema tan poco estudiado, es necesario conocer algunos antecedentes: desde los primeros años de la Colonia (1535), y las más de las veces por no contar con personas suficientes o idóneas para gobernar los pueblos de indios más importantes, los españoles optaron sistemáticamente por mantener en sus puestos a los caciques o tlatoani de mayor jerarquía. Aunque hubiesen tenido suficientes candidatos españoles disponibles para supervisar todos y cada uno de los pueblos indígenas, estos, (que ni siquiera hablaban su lengua), no habrían sabido desempeñarse de manera tan efectiva como los indios que ya los presidían. Empezar con el “tlatoani” principal del lugar era la forma obvia de proceder y quizá la única posibilidad práctica de hacerlo. (James Lockard. Los Nahuas después de la Conquista. Pág. 50).

En Nicaragua los conquistadores tuvieron como primeros “aliados” al Cacique Agateyte (Acatl Teuctli ) de El Viejo y al Cacique de Nicaragua, (nombre de lugar), cuyo verdadero nombre parece haber sido Macuil Miquiztli o Cinco Muerte, que indicaba la fecha de su nacimiento según costumbre náhuatl y a quien muchos continúan dando el absurdo nombre de Cacique Nicarao (Carlos Molina Argüello. Última Carta de un Historiador. El Pez y la Serpiente No. 30). A ambos les fue encomendado desde muy temprano el colectar el tributo para los españoles.

Fue a través de los tlatoani a quienes llamaron “caciques” (nombre tahíno traído de las Antillas), que los españoles manejaron las encomiendas, la recaudación del tributo, el reclutamiento de mano de obra forzada (el obraje), y más tarde la captación de esclavos para su exportación como carne de cañón en la conquista del Perú. Los más serviles se ganaron muy pronto el repudio de sus congéneres.

Este colaboracionismo de los tlatoani se tornaba aún más repugnante ante los excesos de las autoridades españolas, a vista y paciencia de los caciques.

Con el tiempo, a los tlatoque más dispuestos a obedecer y servir con fidelidad al imperio se les concedió además el título formal de “Gobernadores” como consta hubo muchos en Nicaragua. En Nindirí 1694, en Subtiava 1697, 1700 y 1712, en Telpaneca y los otros pueblos de la jurisdicción de Nueva Segovia 1713, en El Viejo 1714 y en Matagalpa 1729, entre otros. (Estructuras Sociales de Nicaragua en el siglo XVIII del doctor Germán Romero Vargas, Págs. 76 y ss.).

Sabemos, por ejemplo, de un expediente en el que los indios de Palacagüina, Condega y Totogalpa se quejan de que el gobernador español Gabriel Rodríguez Bravo de Hoyos (1688-1693) puso un Gobernador Indio en el Pueblo Nuevo de la Santísima Trinidad, para facilitar la colecta del tributo y que este Gobernador indio los vejaba tanto que por todo ello habían caminado ciento cincuenta leguas para pedir amparo. A su vez, fueron tantas las fechorías del español Rodríguez Bravo que durante un Juicio de Residencia huyó hacia Panamá y no se volvió a saber de él. (Nicaragua Colonial. Alejandro Montiel Argüello. P204).

Hasta aquí los antecedentes. Veamos ahora lo que nos dice el texto mismo de El Güegüence:

La obra, en un principio escrita enteramente en el nahuate de los indios y entendida sólo por ellos por resultar casi incomprensible para el español invasor, nos habla de un personaje descaradamente corrupto y que viola de diversas formas las leyes españolas que él mismo supone hacer cumplir. Se le da el nombre de Señor Gobernador Tastuanes.

Pero Tastuanes no es un nombre propio de persona sino el título que delata su doble rango: es a la vez el “tlatoani” o cacique que tenía ya esa comunidad indígena, nacido en el lugar y electo por su gente casi siempre de por vida, al que los españoles conservaron en su posición de gobierno, y a quien concedieron el rango de Gobernador por su fidelidad y colaboración con la Corona.

Pero la cosa no para allí: este Gobernador, que alguna vez pensamos era español, tiene además una hija llamada Suche, es decir Xochitl, nombre también de lengua náhuatl, a la que al final de la obra acepta casar un indio de dudosa reputación, en una boda laica y presidida posiblemente por él mismo, según la usanza indígena, sin la participación de ningún sacerdote, todo ello en una época furiosamente católica y clasista.

Pero se trata además de un Gobernador bromista y “jodedor” que para vengarse del engaño del Güegüence con su tienda de supuestas muchintes hermosuras, substituye como nuera a su hija Suche Malinche con una alcahueta o prostituta, “amiga” del Escribano. (193)

Esto también debe darnos mucho que pensar. Pero todavía hay más:

El Tastuanes tiene metido en su Cabildo a toda su familia (algo expresamente prohibido por las leyes españolas) A su papacito: motalse: mo-tlatl-tzin. A su mujer: Moseguan: Mo-cihuatl. Y a toda su familia: Eguan noche: Yhuan no-chan, a todos los de su casa. Sin contar al Alguacil Mayor, que también era miembro del Cabildo, aunque sin derecho a voto, y a quien continuamente llama Nopilce, es decir no-piltzin: hijito mío. ¡Nepotismo descarado!

Este Cabildo se encuentra en bancarrota por tolerar a la nobleza indígena (los señores Principales, o Príncipes ) de su pueblo y a los miembros de su propio cabildo la falta de pago de ciertas obligaciones: El pago de una licencia que se exigía para autorizar ciertos bailes y zarabandas.

En esta tolerancia hay una deferencia para con la nobleza indígena que no encaja con las actitudes de un Gobernador español. En el Parlamento 8 hasta el mismo Alguacil Mayor expresa que ¡ya basta de ser tan complacientes con ellos!

La vergonzosa pobreza del Señor Gobernador Tastuanes y de todo su Cabildo Real, que contrasta con el bienestar de los Gobernadores españoles, fortalece la tesis de una gobernación indígena.

Finalmente, nos muestra a un Gobernador picado y parrandero que al principio de la obra ha mandado suspender las escandalosas pachangas de los Señores Principales, para cobrar unos reales, pero ahora con la excusa de una supuesta boda ha organizado una pachanga mayor en la que participa su Cabildo en pleno, con la asistencia de tres “damas o muchachonas” de dudosa reputación y para la cual El Güegüence aporta dos botijas de vino de contrabando. (250)

No encuentro nada en la obra que apunte a la persona de un Gobernador español reconocible, ni siquiera como símbolo, sino que el texto mismo insinúa más bien la personificación de los vicios y zanganadas de uno o más gobernadores indios que merecieron y quizás dieron inicio al dicho de que No hay cosa peor que poner a un indio a repartir chicha.

Y digo personificación porque los personajes reales que inspiraron la obra (y su mismo autor) se mantienen en el anonimato. Ni el Capitán-Alguacil Mayor, ni el Escribano Real, el Regidor de Caña, Dña. Suche Malinche —y aún el mismo Güegüence— ostentan tampoco un nombre propio de persona sino que se identifican por su profesión, su carácter, o por el cargo que ocupan.

Este anonimato parece indicar que la obra no fue escrita directamente en contra de personas concretas que pudiéramos identificar en el futuro, sino que denuncia en forma genérica los vicios y desmanes del gobierno, tanto indígena como español; vicios y desmanes conocidos por todos los espectadores de la obra, y que a lo largo de nuestra historia han caracterizado también a muchos de nuestros gobernantes y funcionarios en todos los niveles. (Extorsión, mordidas, contrabando, favoritismos, impunidad de sus allegados, abusos de poder, nepotismo, adhesión sumisa a potencias extranjeras, etc.).

El estudio más profundo de la jerga en que está escrito y de ciertas realidades históricas, que no se investigaron suficientemente en su momento, han ido sacando a luz nuevos elementos que difieren de lo que por mucho tiempo aceptamos como cierto en El Güegüence, que le imparten una nueva e insospechada dimensión y que ponen fin a malentendidos y “mitos” largamente divulgados.

Por novedosa que parezca, la versión que ofrecemos está estrictamente fundamentada en el texto mismo de la obra. Si he dicho algo que no esté claramente escrito en la obra misma, por favor corríjanme por fantasioso.

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