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Los retos del nuevo gobierno: reforma de la Asamblea Nacional
Nicasio Urbina
El autor es catedrático de la Universidad de Cincinnati y Director de Estudios Latinoamericanos

La reforma de la Asamblea Nacional es uno de los principales retos que tiene el nuevo Gobierno si de verdad quisiera hacer reformas que llevarán a Nicaragua en el camino de una auténtica democracia. Sin embargo, la aprobación de la Ley Orgánica de la Asamblea demuestra todo lo contrario. Nada es tan pernicioso en Nicaragua, nada consolida más la dictadura caudillesca de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán, que la elección por plancha de los diputados de la Asamblea Nacional.

Mientras no cambiemos la forma de elegir a nuestros diputados, poca esperanza tenemos de que la población se vea verdaderamente representada en la Asamblea, y que haya independencia de pensamiento entre los legisladores.

En las actuales condiciones los diputados no son más que monigotes de sus caudillos, no hacen más que acatar órdenes, y no representan a nadie más a que a sus intereses personales y a los de sus adláteres.

En Nicaragua necesitamos un sistema de elección parlamentario uninominal, donde la población pueda elegir directamente a nuestros representantes, en forma proporcional a la población de los departamentos. Necesitamos un sistema donde los y los precandidatos compitan entre ellos, en base a su historial de servicio y de trabajo, por los votos de los ciudadanos.

Los partidos políticos podrían, por medio de sus Juntas Departamentales, apoyar al candidato que mejor trabajo prometa hacer, y que tenga mejores probabilidades de ganar; pero para evitar la misma dictadura de partidos que nos tiene ahora comiendo polvo, la ley debería permitir la posibilidad de participar también como candidato independiente. De esta forma nos aseguramos que los y las mejores personas que desean representarnos en la Asamblea tengan la libertad de presentarse ante la ciudadanía, y los ciudadanos tendríamos la libertad de escoger independientemente a nuestros representantes.

La obligación principal de los diputados sería por tanto con sus electores, con los ciudadanos de su departamento, y no con Daniel Ortega, Arnoldo Alemán o Eduardo Montealegre. A la hora de tomar una decisión o de votar a favor o en contra de una ley, el o la diputada iría a su departamento a consultar con sus bases, y no a las guaridas de los caudillos.

Otra reforma importante que habría que hacer en este tema de la Asamblea es una interpretación auténtica de la inmunidad. Nuestros diputados consideran la inmunidad como permiso y autorización para violentar las leyes del país, cargar armas donde son prohibidas, disparar en estado en ebriedad por encima de las multitudes, o resistirse a rendir cuentas en juicios civiles y criminales. La Ley de Inmunidad, según tengo entendido, protege a los diputados por asuntos que tienen que ver con su trabajo como legisladores, salvaguardándolos de juicios y responsabilidades que se desprendan de su trabajo como legisladores. La idea es protegerlos de una demanda que la compañía “equis” pueda interponer, como consecuencia de una ley aprobada en la Asamblea. Pero en nuestro absurdo sistema legal, la inmunidad permite a los legisladores todo tipo de violación de la ley, justifica la impunidad, y protege los crímenes más viles y cobardes.

Los legisladores deberían de ser ejemplares en todo sentido, por eso se les elige y se les respeta. Un diputado que se considere por encima de la ley no tiene derecho a ocupar ese cargo.

Otra reforma importante es acabar con los diputados nacionales, que en realidad no representan a nadie. Las diputaciones que no tienen una circunscripción determinada, que en realidad no responden a un grupo de la población, no tienen ninguna función en la Asamblea. Son puestos ahí de dedo por los caudillos, y su única alianza es con los caudillos. Al eliminar a los diputados nacionales lograríamos una reducción en el tamaño de la Asamblea necesaria para disminuir el costo de este cuerpo legislativo, y contribuir a un presupuesto más acorde con el tamaño de nuestra economía y nuestra nación.

Otra reforma importante es eliminar la diputación del ex Presidente, y la diputación del candidato que salió en segundo lugar en la elección presidencial. Yo creo que para todos está claro que estas dos figuras fueron creadas por los caudillos con la única y expresa función de protegerse, de esconderse tras la inmunidad de la Asamblea al final de su mandato, y asegurarse un puesto bien remunerado al perder la elección presidencial. Los ex presidentes deben pasar a retiro completo y total. Un ex presidente debe ser, como lo ha sido doña Violeta, una voz de autoridad moral y sabiduría, que opina sobre los debates del momento y guía a la población desde su independencia y posición de jubilado. Una persona que ha llegado a la Primera Magistratura debería tener la decencia de apartarse y darle oportunidades a las nuevas generaciones, que siguiendo su ejemplo y su modelo, lleven al país por los senderos del progreso. No, pero nuestros ex presidentes se convierten en parásitos que quieren seguir manipulando los hilos del poder, y usufructuando el erario.

Finalmente, acabemos con los diputados suplentes. Esta figura no tiene ninguna función más que aumentar la cuota de clientes y favorecidos que manejan los caudillos. Si un o una diputada sufre problemas de salud o pierde su puesto por mala conducta, inmediatamente se convoca a otra elección en ese departamento, se hace una campaña de uno o dos meses y se elige al nuevo representante. Los diputados suplentes son una fuente de conflictos de intereses, ya que siendo parte de la legislatura, tienen también que trabajar en sus negocios para mantenerse. Ni son empleados públicos a tiempo completo, ni son ciudadanos comunes y corrientes. No contribuyen en nada a la función legislativa, ni agregan valor alguno a la circunscripción que representan.

Esta reforma a la Asamblea Nacional es la que en realidad el país necesita en este momento. No una Ley Orgánica que restrinja las libertades individuales, que coarte la libertad de prensa, que restituya las libres para los diputados.

Si el señor presidente Ortega quiere pasar a la historia como un verdadero estadista que puso al país en dirección al futuro, debe promover una reforma a la Asamblea Nacional que tome en consideración los puntos que he señalado. Esa sí sería una actitud revolucionaria.

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