/
El hijo pródigo
Padre Neguib Kalil Eslaquit

La finalidad de la vida de Jesús es el anuncio del Reino de Dios, el cual realiza de dos maneras primordiales: las parábolas y los milagros. Ante la crítica de quienes se consideran mejores, Jesús les habla en comparaciones.

El Evangelio de San Lucas es por esencia el de la Misericordia. En el capítulo quince, encontramos tres parábolas que son un modelo de compasión: (la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo).

La parábola del hijo pródigo debe ser llamada la del Padre Misericordioso. En ella, el sujeto principal es Dios. Nos narra a un papá que tiene dos hijos, el menor de ellos pide su herencia, se va a un país lejano, malgasta todo y cuando se ve en la ruina, regresa pesaroso. El papá nunca perdió la esperanza que el hijo retornara y cuando lo hace es él quien ve primero, corre, abraza, besa y hace fiesta, porque hay mucha alegría en el cielo por una conversión.

El hijo mayor representa a quien cumple con los compromisos de forma legalista, pero no se siente amado, pues su corazón está frustrado. Su reacción es desaprobar las muestras de cariño del papá con su hermano menor.

El hijo menor, a pesar de haber dilapidado su legado, mantiene en sus labios la palabra “padre”. No sucede con el hijo mayor.

El abismo del error que se manifiesta en el cuido de los cerdos (animal impuro para el israelita) y en el hambre que padece hace que añore la casa paterna. Brilla una luz en su mente, al fin piensa: “me levantaré, iré, le diré a mi padre he pecado contra el cielo y contra ti…”. Son tres verbos que implican la conversión. Levantar: actitud de resurrección. Ir: caminar, volver. Decir: expresar su arrepentimiento.

Cuando vuelve, el papá ni siquiera permite concluir las expresiones que solicitan perdón, pues su clemencia es tan grandiosa, su alegría tan enorme, que lo abraza, lo llena de besos, manda cambiar sus vestidos viejos (símbolo del pecado) por nuevos (distintivo de gracia) y le coloca un anillo en el dedo para que recupere su lugar de hijo.

Todos, en algún tiempo de nuestras vidas, hemos sido como ese hijo menor, desbaratando los dones que nuestro misericordioso Padre nos ha proporcionado y en lugar de ponerlos al servicio de los hermanos, los desperdiciamos corrompidamente.

Precisamos tener la experiencia de la luz del Espíritu Santo para recapacitar que hemos tocado fondo, que estamos en el camino equivocado que conduce a la soledad eterna y que hace que el prójimo, con nuestras actitudes egoístas, se halle y agraven sus estados de desesperación, de impaciencia, de marginación, de hambre. Podemos salir de esa porqueriza de perversidades, alzarnos confiados en el perdón, dando un giro de ciento ochenta grados y recuperar lo perdido, clamando desde lo recóndito del alma: “padre he pecado contra el cielo y contra ti”.

Comprobaremos que dirigiendo la mirada a aquel que traspasaron por cuya sangre preciosa hemos sido liberados del poder del mal, pronunciando el Nombre que está sobre todo Nombre, Jesús, nuestra vida, antes vacía, amargada, codiciosa, perversa, se volverá llena, jubilosa, desprendida y bondadosa.

La misericordia del Señor es grande, pero no abusemos. El tiempo va pasando, se acaba en cualquier momento. ¿Cómo nos presentamos ante nuestros hermanos y cómo lo haremos ante Dios?

Más información en www.laprensa.com.ni >>
© LA PRENSA 2005 - Todos los Derechos Reservados