“Dijo Jesús: Yo cuando sea elevado de la tierra atraeré a todos a mí” (Juan 12,32). La respuesta que el señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptamos su amor y nos dejemos atraer.
(Benedicto XVI)
En esta vida no es extraño encontrarnos con personas que miran siempre hacia abajo. Se manifiestan constantemente abatidas, como quien ha perdido el sentido de la vida…
También abundan las personas que parecen empeñadas en lograr que quienes les rodean vivan desalentados, pierdan todo esperanza de superar los problemas diarios de la vida: son los propagadores de desilusiones, aquellos que todo ven lo difícil y buscan que los demás piensen como ellos, crean que está prácticamente perdido en una situación determinada.
Resulta triste comprobar cómo influyen en el ánimo de muchos de estos “abatidores de profesión”. Nuestra gente necesita más bien “estimuladores de la esperanza”. Me decía una joven: “Si a mí me hubiera enseñado desde niña el inmenso amor que Dios me tiene, jamás yo hubiera sido atea”.
Mirar hacia arriba, a Cristo clavado en el Cruz del Calvario por amor nuestro, resulta estimulante. Millones de hombres y mujeres, antes vencidos y derrotas, se han vuelto optimistas al descubrir el mensaje de esperanza de la Cruz redentora. El secreto, radica en mirar a Cristo y dejarse atraer por él.