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Pequeños vencimientos de la vida
Arturo Ramos García
El autor es Inspector de Educación

Observando al hombre podemos distinguir en él la razón, la afectividad y la voluntad. En estos tiempos en los que está tan presente la informática, podríamos decir que la razón o inteligencia es la facultad para recibir información, procesarla y reaccionar con respuestas correctas. La razón nos ayuda a poner orden en nuestros conocimientos y hacer proyectos de vida futura.

La afectividad se manifiesta a través de las emociones, pasiones, motivaciones y sobre todo de los sentimientos. Éstos se definen como un estado subjetivo, positivo o negativo que se tiene después de recibir los impactos de la vida, de las cosas que nos suceden.

La voluntad es la capacidad de luchar y esforzarse para conseguir un objetivo propuesto y anticipado. Es propio del hombre forjarse un proyecto de vida y estar dispuesto a conseguirlo aún a costa de esfuerzos y renuncias.

Un paso para educar la voluntad de un niño o un joven es aprender a superar lo inmediato, lo cercano y fácil, mediante pequeños vencimientos. En muchas ocasiones hace falta renunciar al bien pequeño e inmediato para conseguir un bien más lejano y definitivo. Algunos sólo quieren hacer lo que les apetece, lo que les gusta en cada momento. Fortalecer la voluntad es precisamente decir “NO” a eso que me apetece, a través de pequeños vencimientos. Podríamos decir que no es más libre cuando se hace lo que apetece, sino cuando se tiene la capacidad de elegir aquello que le hace más persona.

Santa Teresa hablaba de la necesidad de tener una determinada determinación de hacer la voluntad de Dios. La voluntad es, pues, determinación, firmeza en los propósitos y ánimo sólido ante las dificultades. Hay que contar con que la vida tiene alegrías y pesadumbres y con frecuencia nos encontramos con el dolor, el sufrimiento, la humillación y el fracaso. A todo esto hay que buscarle un sentido humano, que cura al hombre de su soberbia y le hace reconocer sus limitaciones personales. En un sentido cristiano, ese dolor y sufrimiento se pueden ofrecer a Dios uniéndonos a los padecimientos de Cristo en la cruz.

Todo lo grande del hombre es hijo de la abnegación, de la negación de sí mismo. El diccionario dice que abnegar es “renunciar uno voluntariamente a sus deseos, pasiones, afectos e intereses”. De la palabra abnegación dice que es el “sacrificio espontáneo de la voluntad, de los afectos o de los bienes materiales y aún de la vida, en servicio de Dios o para bien del prójimo”. Esta abnegación se consigue a base de pequeños vencimientos, como volver a empezar en aquello que se resiste y privarse de cosas buenas para dirigirse hacia objetivos de mayor densidad.

El hombre de nuestros días se encuentra a veces con un exceso de información y con gran cantidad de bienes pequeños que piden su atención. Se encuentra convulsionado y un tanto perdido; va a muchos sitios pero sin tener unos referentes claros. Por eso es tan importante tener un proyecto personal de vida y fortalecer la voluntad a base de pequeños vencimientos para alcanzar la propia perfección y conseguir las metas propuestas.

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