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“El pueblo presidente” o “el Estado soy yo”

La frase “el pueblo presidente” con la que Daniel Ortega define a su nuevo gobierno, pareciera ser un solemne disparate. En realidad, el pueblo no puede ser presidente ni gobernar de ninguna otra manera porque no es un sujeto físico, sino un ente colectivo, una categoría política y sociológica. Aun en la antigua democracia griega, en la que la gente se reunía en el ágora o plaza pública para tomar decisiones, los que gobernaban realmente eran los arcontes —funcionarios elegidos mediante sorteo, que antes de la elección era interrogados minuciosamente por un tribunal llamado Areópago— quienes eran los encargados de ejecutar las decisiones tomadas por los ciudadanos reunidos en asamblea.

En la vida moderna es mucho menos posible que se dé una situación en la que la colectividad, es decir, el pueblo, se gobierne a sí misma; ni que un individuo, quien quiera que sea, encarne en su persona a la comunidad popular. Sólo a un megalómano se le puede ocurrir que él es pueblo y que el pueblo es él.

El Presidente de la República, dice la Constitución Política de Nicaragua, es el Jefe del Estado y del Gobierno (artículo 144) y una de sus atribuciones (inciso 2 del artículo 150) consiste en “representar a la nación”. De manera que Daniel Ortega atropella la Constitución al proclamar que él es pueblo y que el pueblo es él. En todo caso, lo único o lo más que él podría pretender es adueñarse de la identidad de quienes votaron por él (38 por ciento de los electores) en la elección presidencial del año pasado. Y aun así seguiría siendo un contrasentido.

La lógica del sistema político prevaleciente en Nicaragua y consagrado en la Constitución, se basa en que las personas que ejercen los cargos gubernamentales de mayor poder y autoridad (presidente, vicepresidente y diputados) presentan sus candidaturas, por medio de partidos políticos, a la consideración de los ciudadanos. No es a una masa amorfa que presentan sus candidaturas sino ante cada persona con derecho a voto. Y los que resultan elegidos, cuando ejercen sus cargos ya no representan a los partidos que postularon sus candidaturas, sino que obedecen a todos los ciudadanos (tanto a quienes los eligieron como a los que no votaron por ellos), tal como lo determina la Constitución (artículo 131).

Sólo a personas con mentalidad autocrática, totalitaria, fascista, se les puede ocurrir que ellos se encarnan en el pueblo y que el pueblo se personifica en ellos. De modo que esto no se debe mirar como un disparate sin importancia, sino como la manifestación de una voluntad política autocrática y absolutista. Realmente, la consigna de “el pueblo presidente” y “el presidente pueblo”, es una variante del absolutista concepto “el Estado soy yo”, que proclamó y practicó el monarca francés Luis XIV, quien reinó desde que tenía cinco años hasta que murió, de 1643 a 1715.

A propósito de aquel monarca absolutista que creía que él era el Estado y que el Estado era él, y que de tal manera gobernaba, vale la pena señalar que tuvo el cuidado y la inteligencia de rodearse de colaboradores talentosos, a los que dejaba en libertad de cumplir sus funciones de la mejor manera posible, o sea que no eran simples y serviles cortesanos sino hábiles funcionarios gubernamentales. Tales fueron los casos, por ejemplo, del cardenal Mazarino (Giulio Raimondo) en el ámbito político y diplomático, y de Colbert (Jean Babtiste), extraordinario economista que reorganizó e hizo florecer las finanzas francesas y además fundó la Academia de Ciencias de Francia, la Academia de Arquitectura y el Observatorio de París.

En cambio, los gobernantes autocráticos de la actualidad se rodean de funcionarios mediocres y oscuros, y rápidamente destituyen a quienes pretenden brillar con luz propia en el desempeño de los cargos que se les asignaron.

Vale también advertir la curiosa coincidencia de que el régimen absolutista de Luis XIV establecido bajo el concepto de “el Estado soy”, se apoyó en “consejos consultivos” que fueron creados en todas las esferas de gobierno. De manera que no son originales los consejos creados por Ortega para apuntalar su régimen. Inclusive, como lo recordamos en otra ocasión, esa misma forma de “república de los consejos” (soviets) fue la que los bolcheviques le dieron en Rusia al Estado comunista totalitario.

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