Phil Hughes y Joba Chamberlain, son algo más que un par de chavalos de velocidad meteórica y estupendo control, que han reanimado la campaña para los Yanquis.
Representan los frutos del replanteo hecho por los neoyorquinos a su habitual estilo de buscar soluciones en el mercado, en lugar de escudriñar en ellos mismos.
Todo inició a finales del 2005, cuando el gerente Brian Cashman planteó al dueño del equipo, George Steinbrenner, una reingeniería en el sistema interno.
“En vez de buscar culpables, es preferible asignarle la responsabilidad a alguien”, dijo Cashman.
Antes de esta variante, las áreas de scouteo, desarrollo de peloteros y el equipo grande, parecían repúblicas independientes que se reportaban por separado con Steinbrenner.
Y cuando el equipo fallaba en atrapar el título de la Serie Mundial, algo que no hacen desde el 2000, se culpaban unos a otros.
Pero en lugar de dejar ir a Cahsman, quien sugería los cambios, Steinbrenner le dio una extensión contractual y le asignó más poder.
Ahora los Yanquis lucen revitalizados y quizá vayan al play off, pero aún cuando no vayan, han sentado las bases para el éxito del futuro, o quizá en el presente.
“Desarrollaremos jugadores y preservaremos los mejores. No vamos a cerrar los ojos al mercado, pero sobre todo miraremos hacia adentro”, dijo Cahsman.
Eso han hecho. Los últimos años grandes de los Yanquis fueron de 1996 al 2000 y la base de esos éxitos fueron jugadores propios.
No sabemos quién será el nuevo Bernie Williams, Derek Jeter, Mariano Rivera, Jorge Posada o Andy Pettitte, pero sin duda van en la dirección correcta.
Hughes y Chamberlain lo están probando ahora. El año pasado vimos triunfar a Robinson Canó y Melky Cabrera. Ninguno llega a 24 años, pero juegan sueltos en Nueva York.
Hoy debuta otro joven, Ian Kennedy y vamos a ver cómo calza en el proyecto.