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Para hallar una razón plausible, surgió la idea: “La muerte”, era la respuesta natural, le comentaba Francisco a Jacinto. Entonces la contrarrespuesta vino por sí sola. Cuando va ligada la belleza, la muerte es sin duda de amante desconsolado, repuso Jacinto. En ese momento la mente de Francisco se imaginaba: “Un amante llorando a su amada difunta, y el cuervo devorador con ironía solapada incesantemente repetía: “Nunca más, nunca más”. Mientras tanto, Jacinto hablaba y hablaba, pero Francisco no lo atendía hasta que dejó de pensar, le externó: “El emblema de un imperecedero fúnebre, es haber superado los límites de la realidad, que no es realidad, es falsedad”.
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