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(LA PRENSA/J. MOLINA)
¡Me saqué la lotería!
¿Qué haría usted si se saca la lotería? Éstas son las historias reales de ganadores de lotería. Algunos pagaron deudas, otros heredaron en vida, abrieron cuentas en el banco o simplemente derrocharon la plata con amigos y amantes, para luego quedar peor que antes
Lesly Medina Aguirre
domingo@laprensa.com.ni
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Curiosidades de la lotería

Megamillonarios. Estados Unidos tiene una de las loterías más millonarias del mundo. Powerball y Megamillion son dos loterías que ofrecen entre 360 y 390 millones de dólares.

Dos veces millonaria. Donna Goeppert, de 55 años, ganó dos veces la misma cantidad en el mismo juego de Pennsilvania (2005). A cinco meses de haber ganado un millón, volvió a resultar ganadora de otro millón. En ese Estado las probabilidades de ganar dos veces son de 1 en 419 millones.

Tramposos millonarios. La fabulosa historia de Los Pelayos (España, 2003) es un libro que relata la vida de una familia que ganó millones de pesetas en ruletas de todo el mundo. Gonzalo García Pelayo ideó un método basado en la observación de los números ganadores durante varios miles de lanzamientos buscando un sesgo a los que aparecen con mayor frecuencia.

Método ganador. Miguel Córdoba Bueno, profesor de Matemática Aplicada de la Universidad CEU San Pablo, ha hecho cálculos que demuestran que aunque cuesta lo mismo, es mejor comprar diez décimos distintos que diez décimos del mismo número, porque las probabilidades de que uno de los números salga premiado aumentan notablemente.

Nietos de oro. Un matrimonio estadounidense, de Georgia, compró lotería usando la fecha de nacimiento de sus nietos. El resultado fue 275 millones de dólares en premio en uno de los juegos de febrero de este año.

Se niega a ser millonario (septiembre 2007). Un alemán de 70 años rechazó los 2.3 millones de dólares del premio mayor de lotería porque no sabía qué hacer con la plata.

Fuente: Agencias y periódicos internacionales.

Fotos de La Prensa/Orlando Valenzuela y Julio Molina

Suerte, azar, probabilidades o tradición. La lotería es un ritual para unos y objeto de curiosidad para otros. Algunos compran un mismo número a un mismo vendedor por más de medio siglo y no ganan nada. Otros compran “por chiripa” y la suerte les sonríe. Ganadores millonarios se deshacen de todo y su vida sigue igual. Otros que ganan unos cuantos miles de córdobas aseguran que “el maná” les cayó del cielo. Domingo cuenta las historias de ganadores de lotería. Los gritos, la alegría, la sorpresa, el agradecimiento al Creador, la incredulidad... Todo en un mismo momento. Ese instante en que una voz anuncia los números ganadores. Ese minuto en que un hombre o una mujer pasan de la necesidad a la holgura. Y después de esos instantes qué pasa. ¿Cambian sus vidas? ¿Qué hacen con la plata? He aquí sus historias.

El señor “S” vive en Masaya. Cuando ganó seis millones cien mil córdobas en febrero pasado tenía solamente dos semanas de comprar lotería. Al llegar a la casa de paredes que en algún tiempo muy lejano fueron de color rojo, está un hombre de jeans azul, zapatos negros de cordones y dorso desnudo que ganó más de seis millones de córdobas hace un par de meses. Acostumbra a recibir a sus visitas sin camisa. Los vellos blancos en el pecho y la espalda sugieren sus sesenta años.

“El millonario” se inquieta cada vez que le preguntan sobre el premio de la lotería. Asegura que el premio le trajo problemas porque todo el barrio sabe que él le pegó “al gordo”. Para atenuar su miedo lo acompañan en su casa, además de su padre de 85 años, tres temerarios perros que ahuyentan a todo el que llega. “Tengo un patio bien grande allá atrás (señala al interior de la casa). Nadie va a saber que alguien se metió porque no voy a avisar a la Policía. Este perro y dos más que están adentro me protegen”, explica.

—Cuénteme. ¿Cómo fue que se sacó el premio mayor?

—Fue un martes. Salí a acompañar a mi papá al corredor. El muchacho que siempre me vende me dijo que no había podido regresar el billete. Le dije que no tenía dinero en ese momento, así que me lo dejó fiado. Se lo iba a pagar el siguiente martes. Eso fue como a las cinco de la tarde.

Cuando eran las seis el hombre estaba de regreso. En ese momento conversaba con un amigo. Me pidió el billete. Se lo di. Lo noté extraño. Miraba el billete, me miraba a mí, miraba hacia el cielo. Así estuvo un rato hasta que le pregunté qué pasaba.

Recuerdo que me agarró la mano, me dio el billete, puso el billete en mi mano, la empuñó y me dijo: “Enciérrese en su casa, se ganó el premio mayor”. Mi amigo comenzó a hacer el escándalo. Yo no lo creí, así que le dije que si era cierto le daría cien mil, si no no le pagaría el billete. Así fue. Al siguiente día lo constaté y le di los cien mil.

—¿Qué hizo con la plata?

—La repartí entre mis cuatro hijos. Dos viven en Guatemala y dos acá conmigo. Ya les heredé, ahora que cada quien vea lo que va a hacer.

—¿Y esta casa es suya?

—Una parte. Tengo dos hermanos. Es de los tres.

—¿Tiene plata aún?

—No, ya no tengo nada. No me quedé con nada.

El señor “S” relata el hecho y da por finalizada la plática. Ya no quiere hablar más del tema. Insiste en que ya no tiene plata y asegura que el único ingreso que tiene es de la renta de unos terrenos de su padre. Para él, el tema no es grato. Todo se lo debe a la suerte, dice.

Para la señora “H” el premio de la raspadita no fue una cuestión de suerte sino “una bendición de Dios”. Ella, como casi todos los entrevistados, pidió el anonimato. Las razones son diversas: unos por temor a un asalto, otros porque derrocharon la plata, algunos porque simplemente no quieren.

La señora “H” aún recuerda con emoción el momento en que ganó. Era el año 2003 y después de 12 meses en el desempleo sus ahorros se habían terminado. Aquella mañana retiró los últimos cincuenta córdobas que tenía en la cuenta del banco. Un vendedor de lotería se le acercó y le ofreció un vigésimo. Ella sonrío apenada, pues no iba a “malgastar” en lotería lo poco que tenía. Animada por el vendedor compró y ganó.

Lo que se sacó, dice la señora “H”, no fue mucho, pero la ayudó a pagar las deudas, comprar medicamentos, hacerse unos exámenes que necesitaba y vivir sin preocupaciones económicas durante un tiempo. A ella la lotería le cambió la vida en ese momento. “Esa plata era como oro para mí”, relata.

“Cero, dos, siete, cinco...”, dice una voz en la radio. “Sí, dice uno, vendí otra vez el premio mayor”, cuenta que pensaba, aún emocionada, Flor Valle, concesionaria de la lotería en Granada, uno de los departamentos con más ganadores. “Y...”, locutaba el hombre de la radio. Aquellos instantes parecían una eternidad para esta mujer de 50 años. “Y... Uno... ¡Atención Nandaime! El premio mayor de la chalupa se fue a Nadaime”, gritaba la voz.

Ella no lo podía creer. El número que hacía diez minutos acababa de dejar a Martha Alicia Fonseca. Y pensar que esa clienta no quería ese “uno”. “¿Qué voy a ganar con ese número? Yo te juego el ocho”, recuerda Valle que le dijo. Ese papelito premiado con 75 mil córdobas era el que la concesionaria apartó para ella, pero que al final vendió a Fonseca.

Luego de escuchar el número ganador, Valle corrió a la casa de la maestra Martha Alicia Fonseca para contarle del premio. La maestra de primaria hasta ese momento supo que se sacó la chalupa.

—¿Qué hizo con el dinero del premio?

—El premio lo deposité en el banco, porque si uno tiene el dinero lo gasta y a lo mejor algún día lo voy a necesitar para una enfermedad. Saqué unos realitos, porque le di algo a mis hermanos y pagué unas cuentecitas.

—¿Cree que se lo vuelva a sacar?

—La sigo comprando, pero digo que lo que me tocó, ya me tocó. La compro por cualquier cosa.

Matha Alicia Fonseca compró lotería durante diez años antes de sacarse un premio. La costumbre la comparte con sus tres hermanos. Ellos siempre compraban lotería a Flor Valle. Y lo seguirá haciendo, según dice, no tal vez porque espere sacarse un premio nuevamente, sino porque siempre lo ha hecho. “Sigo comprando la ordinaria y el mismo número de la chalupa”, finaliza Fonseca.

¿Qué haría usted si se sacara la lotería? ¿Compraría una casa, un carro, pondría un negocio? Esa es la ilusión de los jugadores de lotería. Todos los ganadores de lotería entrevistados por Domingo aseguraron que nunca pensaron como algo real sacarse el “gordo”. Ellos conjeturaban sobre qué harían si se sacaban algún premio, pero no imaginaron que sucedería.

Joaquín Barberena pensó que haría todo eso, pero cuando la suerte le llegó, la plata tuvo otro destino. En su relato se remonta a los años de doña Violeta. Era el año 1991. En ese tiempo Barbera, quien hoy tiene 74 años, acostumbraba a jugar cartas con sus amigos. Una noche de agosto un amigo lo convenció que por haberle salido cinco veces el siete tenía que jugar la lotería. Esa superstición le dejó 150 mil córdobas (30 mil dólares para la época) en la bolsa. “Fue cuando vino la mejor época de mi vida”, asevera.

Con el dinero compró un carro. Y eso lo convirtió en el hombre más atractivo de la Colonia Nicarao. Aún recuerda con nostalgia aquellos días en que muchachas lindas se le acercaban “para inaugurar el carro”. “Ellas estaban dispuestas a todo. Eso me decían. Ese carro era como un papel matamoscas”.

Confiesa que se dio sus gustos. Comió en restaurantes caros, invitó a muchas mujeres a salir, comer, ir a la playa. Tenía montones de amigos. Todos le hablaban.

Barberena asegura que aunque derrochó, nunca olvidó lo que según él eran sus obligaciones. Le dio plata a sus hijos, le puso una venta a su esposa. Ese premio cambió la relación con su familia. “Antes de sacarme la lotería estaba disgustado con mi esposa porque me involucré con una muchacha y me tuvo una hija. Mi esposa no me hablaba. Nadie en la casa me hablaba, pero cuando me saqué los reales me convertí en el mejor marido del mundo y el mejor padre del mundo”.

—¿De esa plata no tiene nada?

Hay un dicho muy cierto, y es que lo que no nos cuesta hagámoslo fiesta. No me apego mucho al dinero. Pienso que mañana es otro día.

—¿Y sus amigos? ¿Las muchachas?

Recuerdo que un amigo me dijo: “Cuando se le termine el dinero se va a dar cuenta usted que no va a tener amigos. Todo volverá a ser igual”. Esas palabras se cumplieron. Ahora no tenemos nada.

Al señor de iniciales L.A.P. le pasó algo similar. En el año 96 era guardia de seguridad de un conocido café de la capital cuando la suerte tocó su puerta. Ganó cien mil córdobas. Y los amigos no se hicieron esperar. Con ellos iba constantemente a beber para celebrar el premio. Uno de esos amigos lo convenció de guardar dinero en el desaparecido Banic. Tiempo después —según cuenta L.A.P.— le hizo firmar un papel. “Andaba tomado. Me dio el papel, lo firmé y cuando fui a ver al banco ya no tenía nada. Yo no entendía nada de bancos. Hasta les quedé debiendo 200 dólares”, relata.

Intentó recuperar algo de la plata trabajando con un taxi que compró, pero fracasó el negocio y vendió el taxi. Hoy trabaja en lo que salga y gana lo que puede.

Quienes compran un vigésimo de lotería o un billete no tienen ninguna certeza que ganarán algo. El señor “S” atribuye sus millones a la suerte. Barberena se guió por la superstición, L.A.P. lo hizo por casualidad, Martha Alicia Fonseca le debe su premio a la costumbre y la señora “H” a la gracia divina. Todos tienen una razón distinta. Y hoy todos recuerdan con nostalgia, alegría o tristeza el momento en que la suerte les sonrió.

Historia del “gordo”

El historiador español Sergio Arregar asegura que la lotería es tan vieja como el mundo. Los emperadores romanos, dice, la utilizaban como entretenimiento y los premios, en vez de dinero, eran la posesión o libertad de los esclavos. Aficionados también eran los nobles durante la época feudal, y hasta de los piratas se cuenta el gusto por este juego de azar.

Los pioneros en regular este juego, sigue Arregar, fueron los italianos (1448) con la implantación del Lotto. Sin embargo, se cree que la primera lotería estatal surgió en el año 1520 en Francia. A partir de entonces se crearon numerosas loterías privadas, extendiéndose a todos los países y teniendo una trayectoria muy variada, ya que era prohibida, autorizada o protegida según el país.

La lotería existe en nuestro país desde 1880. Fue en Granada donde nació con carácter privado. Se convirtió en pública en 1898. En la década de 1980 formó parte del Instituto de Bienestar Social y en 1996 se independizó.

Actualmente se imprimen cincuenta mil billetes para el sorteo extraordinario y 45 para el extraordinario.

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