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(FOTOS LA PRENSA/ M. LORÍO)
“PARA TRIUNFAR NO BASTA LA HABILIDAD, HAY QUE TRABAJAR”
Rod Carew, miembro del Salón de la Fama de Cooperstown
Durante una semana, el panameño Rod Carew, miembro del Salón de la Fama del Beisbol de Grandes Ligas, estuvo en Nicaragua impartiendo clínicas sobre este deporte, pero sobre todo se dedicó a compartir su sencillez, humildad y grandeza como ser humano, mientras insistía en que el trabajo duro es la única fórmula honesta para triunfar
Edgard Rodríguez Centeno
deportes@laprensa.com.ni
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Ahora a Rod Carew, igual lo puede llamar para una visita a la Casa Blanca el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, o Martín Torrijos, el mandatario canalero, que por cierto le giró una invitación formal hace unos días, para viajar a Panamá en cuanto su agenda se lo permita.

El periodismo norteamericano lo calificó como una superestrella, y escritores reputados como Jim Murray llegaron a considerarlo un artista de talento incomparable, alguien que hacía con el bate lo que Miguel Ángel con el cincel, Da Vinci con el lienzo o Beethoven con el piano.

Y el panameño sustentó esos elogios con hechos, a través de una sensacional carrera que mereció una placa en el Salón de la Fama del Beisbol en Cooperstown, tras capturar siete títulos de bateo, un premio de Más Valioso, más de 3,000 hits y una racha de 15 años sobre 300 puntos.

Nada de eso, sin embargo, llegó así de fácil hasta las manos del panameño. “Dios me bendijo con una habilidad para jugar, pero sólo la habilidad no basta para el éxito. Tienes que trabajar duro cada día”, señala Carew, quien suele hablar suave, pero va directo al punto, como su bate iba al pitcheo.

Durante una semana, Carew estuvo en Nicaragua, y no sólo instruyó a jóvenes y entrenadores con métodos que ayudarán a mejorar su juego, sino que dio lecciones de humildad, mientras volvía a probar que no hay divorcio entre grandeza y sencillez, tras predicar con la fuerza de su ejemplo.

Y aún con una agenda apretada, que incluyó clínicas todos los días de su estadía, visitas a colegios de secundaria y universidades para ofrecer charlas contra las drogas, y las habituales recepciones y demás actividades protocolarias, Carew tuvo un espacio para LA PRENSA.

A todas las actividades previstas en su agenda Rod llegó al menos media hora antes de lo previsto. Así estaba en el Centro de Negocios del Hotel Intercontinental en Metrocentro, donde a diferencia de lo común, decidió abrir las puertas de su vida privada, por lo general reservada para él mismo.

INFANCIA MUY DIFÍCIL

Todos sabemos de su habilidad para batear, pero quisiera descubrir un poco al Rod Carew persona. ¿Cómo es?

Siempre he sido un hombre sencillo, disciplinado y trabajador. Muy joven comprendí que nada llega a tus manos así de fácil. Tienes que trabajar fuerte, y eso es lo que hecho a través de mis 62 años, pero sé que si tienes un sueño, y trabajas, lo vas a hacer realidad tarde o temprano.

¿Cómo fue que nació en un tren?

Es curioso, ¿no? Normalmente los niños nacen en los hospitales o las casas, pero parece que yo quería conocer rápido el mundo y en efecto, nací en un tren. El tren Span, de la Panamá Railroad Company, que viajaba de Colón a Panamá. A esa ruta le pusieron mi nombre.

¿Y qué le contó su mamá sobre esa experiencia del tren?

Me ha dicho que iba en uno de los vagones del fondo, reservado para gente de color, rumbo al Hospital Gorgas, pero el alumbramiento la sorprendió en el camino. Y ahí iba una enfermera de Nueva York, llamada Margaret Allen, y ella fue quien asistió a mi mamá. Luego me atendió un doctor llamado Rodney Cline y de ahí mi nombre.

¿Qué tipo de relación cultivó con el médico y la enfermera desde entonces?

Excelente. El doctor me atendió desde niño y nunca me cobró. La enfermera fue mi madrina y quien se preocupó de que yo me fuera a Nueva York a mis 14 años, para ir a la escuela. Ambos fueron de gran influencia en mi vida. Por eso, el día de mi debut en las Grandes Ligas, los invité para que fueran a verme jugar. Ellos, al igual que mi madre, estaban felices de mi progreso.

Y su infancia, ¿cómo fue?

Muy dura. Había mucha pobreza en la casa y mi papá prácticamente nos dejó solos, mientras se dedicaba a tomar. Parecía que a él, nosotros no le interesábamos. Yo vivía enfermo casi todos los días y él me golpeaba mucho creyendo que de esa forma me iba a poner fuerte, me iba a hacer hombre, pero me estaba haciendo mucho daño física y emocionalmente. Yo sentía que no tenía ningún valor. Que no valía nada.

el tío y la madrina, claves

¿Y cómo sobrevivió a esa etapa?

Yo tenía un tío que se empeñó en ayudarme. Y donde él iba, me llevaba para sacarme del mal ambiente. Recuerdo que un día me preguntó que si quería jugar beisbol y yo le dije que sí. Entonces, para comprarme el uniforme, porque yo no tenía dinero, tuve que pintar la cerca del terreno de juego y ayudarle al otro señor que cuidaba el campo, a cortar la hierba y pintar los asientos. Así conseguí mi uniforme y entré a una liga infantil. Después, yo con 11 años, jugaba contra otros chicos de 20 años y fue ahí cuando mi tío vio que yo tenía algo especial para jugar beisbol y me ayudó más.

Después, su traslado a Nueva York...

Sí, mi madrina hizo todos los arreglos para sacarme de la casa y me llevó a Nueva York por debajo de mi padre. Yo no fui a Nueva York con la idea de ir a jugar beisbol, sino de ir a la escuela y trabajar para ayudar un poco a mi madre en Panamá. Yo no jugué en Nueva York, sino hasta dos años después de mi llegada.

¿Y en qué consistía su trabajo?

Mi primer trabajo fue limpiar en una tienda. Limpiaba los baños. Luego me promovieron a empacar las cosas que la gente compraba y posteriormente mi madrina me consiguió un trabajo con un médico amigo suyo que tenía un almacén de medicamentos y yo iba a entregar los pedidos que la gente hacía.

¿Y cuándo, entonces, comienza a jugar ya en Nueva York?

Jugaba en la calle los fines de semana. En la escuela lo hice hasta el último año de mis estudios. Pero el coach del colegio me dijo que yo no iba a ir a ningún lado porque no tenía talento. Eso me dolió, pero dentro de mí, yo tenía confianza en que sí podía. Recuerdo que jugábamos a la orilla del Yankee Stadium y ahí me vio un scout de Minnesota y me invitó a entrar al estadio. Fue la primera vez que entraba a ese estadio. No tuve dinero para entrar antes. Me pusieron a batear y joven de 16 ó 17 años, yo tenía poder y saqué como diez pelotas. Y el mánager de los Mellizos gritó a Billy Martin, que era un coach de ellos, que “ya basta, que no siga bateando. Ponlo a fildear. Lo van a ver los Yanquis y lo vamos a perder”. Al día siguiente de mi graduación, me firmaron por cinco mil dólares.

Su ascenso fue rápido, ¿no?

Sí, tardó dos años. Estuve 1965 y 1966 en las Menores y bateé muy bien. Luego, en 1967, debuté en las Grandes Ligas, jugando contra los Orioles en Baltimore. Pero en las Menores tampoco fue fácil la cosa. Recuerdo que me enviaron a Carolina del Norte y el racismo era muy fuerte ahí. Yo no podía bajar del autobús para comer, pero mis compañeros me llevaban la comida. Y nunca he tenido resentimiento por ello. Creo que todo eso me ayudó a ser más fuerte. Mi mamá siempre dice que lo que importa es el corazón y no el color en las personas.

Y cuando lo llaman para su debut, ¿cómo lo recuerda?

Lo recuerdo como un día especial. Era la realización del sueño que había tenido desde muchacho. Yo estaba un poquito nervioso, pero Tony Oliva me habló bastante y me hizo sentir confortable. Eso me ayudó mucho y pude establecerme. Recuerdo que mi mamá estaba ahí y decía “ese es mi hijo”. Estaba muy orgullosa, igual que el doctor Rodny Cline y mi madrina también.

¿Y su papá quedó en Panamá?

Sí, pero cuando yo me hice famoso, apareció en Nueva York. Y lo recibimos. Al principio se portó bien, pero pronto volvió a su mal comportamiento, a tomar y maltratar a mi madre y tuvimos que botarlo de la casa. Yo hubiese querido una relación diferente, pero no se pudo.

¿Su mamá, Olga, aún vive?

Sí. Vive en Delaware. Tiene 87 años y está muy lúcida. Hablo con ella por lo menos cinco veces a la semana. Aún me pregunta que si me estoy cuidando y que si me estoy portando bien. Me dice que diario reza por mí y que nunca olvide que Dios está por encima de nosotros y que le dé las gracias a Él, porque fue Él quien me trajo a estas alturas. Yo así lo creo. A mí Dios me bendijo con habilidad y con pasión para jugar este deporte, y yo considero que la aproveché bien.

“Siempre quise ser el mejor y lo logré”

Después de batear de 4-2 en su debut contra los Orioles, aquel 11 de abril de 1967, Rodney Cline Carew se pasó 19 temporadas en las Grandes Ligas, rindiendo al más alto nivel. Fue el mejor de su época y su fotografía apareció en la portada de cientos de revistas, incluyendo Time, usualmente reservada para personajes de impacto mundial.

Carew se retiró en 1985, tras coleccionar siete títulos de bateo, 3,053 hits, un galardón de Novato del Año, un premio como Jugador Más Valioso, más de mil carreras empujadas, 18 participaciones en Juegos de Estrellas y un average de por vida de 328 puntos. En 1991, en su primer año de elegibilidad, fue exaltado al Salón de la Fama del Beisbol, en Cooperstown, Nueva York.

¿Cómo alcanzó ese nivel de precisión al batear?

Entrenando duro. Nunca entré al cajón de bateo sólo por entrar. Lo hice con un propósito. Y en los entrenamientos, trataba de ensayar todas las posibilidades que se me podían presentar en el juego, de modo que cuando sucedieran, ya yo supiera qué hacer. Adoptaba diversas posiciones para batear, leía la bola, y la bola me decía en qué parte del terreno debía batearla.

¿Nunca se le bajó el entusiasmo, la pasión, considerando que ya tenía nombre, prestigio?

No. Nunca. Siempre quise estar más arriba de los otros. Y pensé que si trabajaba duro, eso iba a pasar. Todos los días yo iba a trabajar y cuidaba mi trabajo. Yo veo que hay muchos que llegan a Grandes Ligas y paran de trabajar. Luego los bajan a las Menores y tienen que trabajar más duro para volver. Yo no quería eso para mí.

A usted se le llamó un artista con el bate...

Sí, y yo me sentía como Michelangelo (Miguel Ángel, el escultor). Quien escribía eso era el señor Jim Murray, y él miraba cómo yo trabajaba para perfeccionar mi bateo.

¿Cómo sobrellevó la fama?

Siempre me le escondí a la fama. Yo sólo quería jugar beisbol. Con jugar, yo estaba contento.

La muerte de su hija lo sacudió fuerte, ¿no?

Primero, yo no lo podía creer. Y luego, mi propia hija me dio la inspiración para mantenerme fuerte. Ella era una muchacha que no se preocupaba de nada. Siempre me decía: “No te preocupes, Dios me cuidará pase lo que pase”. Eso me ayudó a aceptar lo que estaba pasando con ella.

La impotencia de no poder hacer nada, es difícil...

Aún con el dinero y los amigos que uno tiene, no se pudo encontrar solución. Sólo Dios podía ayudarnos. Pero es muy difícil para un padre ver a tu hija en la cama y no poder hacer nada. Lo único que me quedaba era aceptar la voluntad de Dios. Pero nunca tuve resentimientos con Dios, porque sé que Él está cuidando de ella.

Michelle, la hija de 18 años de Carew, murió de leucemia en abril de 1996, luego de que no encontrara una médula ósea compatible que permitiese un trasplante, pese a contar con al menos 70 mil donantes.

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