Ciudad de Guatemala (AIPE)— El Banco de Guatemala (Banguat) destruyó el hábito de ahorro. Siguiendo la moda, persistentemente disminuye el valor de los ahorros de la gente en 0.8 por ciento al año. A eso lo llaman inflación moderada, pero ninguna ley económica justifica tan cruel proceder. ¿Acaso hay algún inconveniente con cero de inflación o inclusive con 1 por ciento o 2 por ciento de inflación, como ocurrió en el “siglo de oro”, cuando el ahorro de la población se apreciaba con el tiempo?
Encima del alza en el precio del petróleo y de los alimentos, el Banguat ha elevado el costo del crédito, un ingrediente importante en el costo de la vivienda y de la industria de la construcción. Es obvio que desconocen que no es la tasa de interés sino el aumento del circulante lo que causa inflación. ¿Crearán otra recesión acá como la que causó Greenspan en los últimos años de su gestión en la Reserva Federal (banco central) de Estados Unidos?
Parece que los funcionarios no se aguantan las ganas de manipular. La inestabilidad causada por estar manipulando la tasa de interés cambia expectativas de consumo e inversión. Greenspan primero alentó la demanda de viviendas, convirtiéndolas en un artículo de especulación y, cuando vio el resultado, echó marcha atrás, causando muchas quiebras. En la década de los ochenta el Banguat causó la década perdida. A fines de los noventa elevó severamente las tasas de interés, causando grandes pérdidas a personas y empresas otrora solventes.
Si investigamos el origen de los Bancos Centrales encontramos que su razón de ser ha sido beneficiar a los políticos de grandes naciones. Luego eso fue imitado por paisitos que todo lo copian. A principios del siglo pasado pocas naciones tenían Bancos Centrales. En Estados Unidos alguna vez fue declarado inconstitucional y, para evadir ese “inconveniente”, se organizó como institución privada que hoy pertenece a bancos miembros del Sistema de Reserva, con determinante ingerencia del Gobierno. En Inglaterra, en el siglo XVIII, el Gobierno cedió el primer monopolio de emisión a un banco privado, a cambio de obtener más crédito. Más tarde lo nacionalizó.
Antes de la generalización de Bancos Centrales, el mercado —no los gobiernos— había libremente establecido el oro como patrón, utilizando billetes redimibles en oro. La cantidad de oro extraído no era manipulable, pues dependía del costo marginal de producirlo. Rara vez un nuevo descubrimiento causaba inflación local que se esparcía por el mundo con efectos similares a los causados por los gobiernos, pero nunca sucedió nada tan catastrófico y empobrecedor como las inflaciones galopantes recomendadas por CEPAL que seriamente subdesarrollaron a Argentina, Chile, Perú y otros países.
Ha habido muchas crisis bancarias, pero no monetarias que no hayan sido causadas por algún Banco Central. La súbita reducción del 30 por ciento del circulante en Estados Unidos causó la infame Gran Depresión de los años treinta. Las crisis inflacionarias, desde la de Francia del siglo XVIII hasta hoy, jamás hubieran ocurrido en ausencia de leyes de curso forzoso, pues la gente se hubiese protegido utilizando otra moneda.
Cuando no existían Bancos Centrales y aumentaba la producción mundial de bienes, la cantidad de dinero (oro) no aumentaba a la par y los precios bajaban paulatinamente. A los sueldos y salarios se sumaba el aumento del poder adquisitivo del dinero que recibían y ahorraban. Hoy, aunque los salarios aumentan en efectivo, no aumenta su poder adquisitivo, sino que los ahorros cruelmente pierden valor.
Aunque por milenios el mundo prosperó sin Bancos Centrales, estarán con nosotros por muchos años porque su suntuosidad apantalla al incauto y porque ni siquiera se sabe ya, porque no lo enseñan, cómo funcionaría el mundo sin ellos.