El trabajo es la vida del hombre.
Voltaire
Gente de variadas categorías sociales y económicas diariamente hacen el intento, por la vía legal, de obtener la visa americana en diferentes países y consulados de Estados Unidos de América. En Nicaragua, tema central de estas reflexiones, a la gran mayoría —que con muchos esfuerzos y sacrificios consiguieron los 120 dólares para cumplir con la solicitud de tal visa— le es denegada a veces, por motivos y criterios poco comprensibles, ocasionando la mayor pena y frustración a los pobres postulantes, que al final se quedan lastimosamente sin Beatriz y sin retrato.
La singular aventura de los inmigrantes ilegales, que tratan de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, se ha convertido en los últimos años en un verdadero drama para los nicaragüenses emigrantes y de otras nacionalidades, que no pocas veces desembocan en conmovedora tragedia.
A Estados Unidos se ha llamado el “sueño dorado”, “el país de las mil oportunidades”, “el sueño americano”, etc., con relación al trabajo y al nivel de vida que tienen los norteamericanos y los afortunados extranjeros que radican en ese país. ¿No es natural entonces, que todos queramos irnos a vivir allá?
La pobreza, la miseria, la falta de trabajo, en que la gente vive en la mayoría de los países subdesarrollados, es el factor principal de la emigración al vecino país del Norte. Nadie puede negarle a los ciudadanos del planeta Tierra a aspirar a algo mejor, a tener un nivel decoroso de vida, a trabajar duro y honradamente para mantener a su familia, etc. y es natural que al no poder hacerlo en el paupérrimo país, sin esperanza, en que nacieron, el ciudadano, por simple “instinto de conservación”, tiene forzosamente que emigrar para sobrevivir, haciendo grandes sacrificios económicos y de toda índole, exponiéndose a grandes peligros y avatares, incluyendo la misma muerte, que no siempre es lo peor que puede sucederle.
En Nicaragua, alguna gente empezó a emigrar a EE.UU. desde la década de los cuarenta, cuando a “a todo el mundo” se le otorgaba la visa americana. Pero los tiempos han cambiado, desde el criminal y pavoroso ataque a las torres gemelas de Nueva York en el 2001 y el potencial terrorismo a escala mundial. Por lo que sería difícil culpar al Gobierno de EE.UU. por las excesivas medidas de seguridad y de toda índole que toman con los ilegales.
Las múltiples redadas y deportaciones contra los inmigrantes ilegales en Estados Unidos se justificarían siempre que en la búsqueda y la captura de tales inmigrantes se les trate a estos en forma humanitaria, respetando sus derechos humanos y se comprenda claramente que tienen pleno derecho a vivir y a trabajar honestamente, y lo demuestran palmariamente contribuyendo, en gran medida, tanto a la economía de EE.UU. como a la de sus países de origen, a través de las cuantiosas remesas a sus familiares.
Esos pobres desarraigados de su patria, por culpa directa acumulada de los sucesivos gobiernos, algunos corruptos, ineptos e insensibles, han compelido a tan humillante y azaroso exilio de sus autóctonos pobladores.
EE.UU. es un país completamente heterogéneo en su población. A la independencia en 1776, EE.UU. ya era un país desarrollado. Sería inútil exigir empatía a quienes han estado, históricamente, en la mayor bonanza económica, política y social, debido a la inmensidad de su territorio, sus enormes recursos naturales, sus grandes hombres y su pueblo cívico y emprendedor.
En EE.UU. existen todas las razas y nacionalidades del mundo, credos, culturas, idiomas, etc. por lo cual este “coloso del norte” puede considerarse un país cosmopolita, privilegiado, en el que cualquier ciudadano extranjero decente tendría el derecho elemental, previas gestiones, de trabajar y vivir en él, en aras de una mundialización con rostro humano.
Mientras tanto los “mojados” (mote de los inmigrantes ilegales) son guiados por un “coyote”, un moderno Josué, quien entre azarosas vicisitudes y grandes e insospechados peligros, conduce a los mojados, temeraria y valientemente, hacia la tierra prometida.
Mucho importan las medidas que tome el Gobierno de EE.UU. sobre los 12 millones de inmigrantes que viven y trabajan en su país y a miles que pretendan entrar. Una sabia y prudente decisión, humanitaria, favorable y comprensiva sobre este serio y espinoso problema, podría ayudar mucho a los inmigrantes ilegales y a sus países de origen.
Después de todo y en plena era de la moderna y evolucionada globalización que vivimos, todos somos ciudadanos del mundo.