Piiiiii… piiiii… piii… piiiiiii… A las 2:20 de la madruga, aquellos pitidos rompían como cuchillo la tranquilidad de un barrio al sur de Managua. Era miércoles. Los perros ladraban como endemoniados, pero no eran ellos sino los agudos y persistentes pitidos de aquella señora bajita y solitaria, que desde la puerta de su casa soplaba y soplaba un silbato, los que obligaban a los vecinos a dejar sus sábanas tibias y salir rápidamente a la calle, con batas de dormir o en shorts. A algunos ni les dio tiempo de buscar sus zapatos.
Hacía algo de frío. ¿Pero qué pasaba? Ella decía haber visto ladrones. Se querían robar los cables del tendido telefónico. Desde hace dos semanas los teléfonos del vecindario estaban mudos a consecuencia de los ladronzuelos que roban los cables para extraer el cobre que llevan dentro.
Este es un delito de vieja data, pero el año pasado alcanzó el máximo nivel. La compañía telefónica Enitel contabilizó un promedio de 45 millones de córdobas en pérdidas por robo de kilómetros de cables y fibra óptica, entre otras cosas. El gerente de seguridad Michel Damha, explicó que además del patrullaje que realiza la empresa también han establecido un convenio de apoyo con la Policía Nacional, la que se supone acude a los llamados de la ciudadanía. Incluso hay un número gratuito de emergencia al que la gente puede llamar: el 177.
Para combatir la epidemia de los robacables, en algunos puntos de las ciudades se cambió el cableado aéreo por cableado subterráneo, pero ahí, en el barrio donde los vecinos despertaron alarmados por aquel piiiiiii… piiii.. las copas de los árboles se funden con los cables de energía, teléfonos y televisión.
Apenas dos días antes alguien había cortado por tercera vez el cable telefónico. En las otras ocasiones la compañía mandó a sustituir el daño, pero el problema ya parecía una danza de ladrones y cuadrilla intermitentes entre el día y la noche.
Esa madrugada, al ladrón no le dio tiempo de llevarse lo cortado. Ahí estaba el cable tirado. Los perros continuaban ladrando, el extraño estaba cerca. A él tampoco le dio tiempo de correr, sólo se ocultó con tanta precisión que después de media hora de alboroto, nadie lo había encontrado entre la penumbra y los árboles.
Alguien llamó a la Policía para denunciar lo ocurrido y por supuesto, solicitar el “apoyo” de los profesionales. El operador que contestó la llamada hecha desde otro sistema telefónico, pidió todas las señas y aseguró que la patrulla llegaría en poco tiempo. “Ya va saliendo”, dijo. Nadie le creyó, pero qué más da, al final la gente llama para reportar los delitos, a veces creo que simplemente para sentirse bien por haber hecho su parte.
El tiempo transcurría, la gente con caras ojerosas, casi se rendían al sueño, cuando de repente el hombre que estaba escondido dio un salto y corrió como alma que se lleva el diablo entre la oscuridad que puebla algunas cuadras del barrio.
Como era de esperar, la famosa patrulla que “ya iba saliendo” no apareció por ningún lado, así que los pocos jóvenes que habíamos (éramos cinco), porque el resto eran niños o mujeres demasiado adultas, cogimos lo que teníamos a mano y seguimos al ladrón, tratando de hacer justicia con nuestras propias manos. No había de otra.
“Allá va, allá va…” Por su basta experiencia el tipo se hizo humo y desapareció frente a las narices de sus perseguidores.
El tiempo también avanzaba, ya casi daban las tres de la mañana. A esa hora en que el sueño se torna profuuundooo creo que nadie se imaginaría cumpliendo esas labores de persecución. Al final, la tarea terminó casi a las cuatro de la mañana, todos desvelados, sin línea telefónica, con un trozo de cable cortado, sin ladrón, en chinelas y bata de dormir. ¿Y la Policía? Ah, esos “ya vienen”.