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Las FARC: ¿Guerrilla o narcoterroristas?
El autor es periodista colombiano
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J. Enrique Cáceres-Arrieta

Colombia despidió el siglo XIX y recibió el siglo XX con la Guerra de los Mil Días. De esa contienda entre liberales y conservadores surgieron los primeros brotes guerrilleros. Disidentes del Frente Nacional (coalición político-electoral surgida como acuerdo de paz entre liberales y conservadores y vigente desde 1958 a 1974) persistieron en ella para lograr reivindicaciones sociales.

Cuenta mi madre que ella tendría unos 5 años cuando a la hacienda de sus abuelos llegó la guerrilla ordenando a la servidumbre cocinar para ellos, si no querían terminar en la olla. A raíz del asesinato de Gaitán en 1948, unos conservadores buscaban a mi bisabuelo para matarlo por ser liberal. La familia salvó la vida a costa de perder sus propiedades.

El Bogotazo fue el gatillo que disparó los rencores partidistas de los conservadores que aprovecharon ser Gobierno para hostigar a la oposición liberal.

Ello causó la agrupación de campesinos liberales para contrarrestar agresiones oficialistas. Uno de esos bandos era comandado por alias Manuel Marulanda, fundador de las FARC en 1964. Antes de ser FARC su objetivo primario era la autodefensa; estar armadas era el medio para sobrevivir Tirofijo y sus seguidores.

Después las FARC dejaron de defenderse —crucificando justos reclamos sociales— para internarse en la escuela del narcoterrorismo, el secuestro y la extorsión. En sus 44 años han engendrado terror al colombiano con violencia indiscriminada.

¿Será verdad que las FARC son guerrilleros? ¿Será cierta la creencia de Goebbels de que “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad”? No, pero muchos la creen. A lo largo de su existencia se ha reiterado que las FARC son una guerrilla. Bastantes lo han creído.

Los guerrilleros presionan al Estado buscando reivindicaciones sociales. La guerrilla es una “partida de paisanos, por lo común no muy numerosa, que al mando de un jefe particular y con poca o ninguna dependencia de los del Ejército, acosa y molesta al enemigo”, sostiene el DRAE.

En Colombia, los “paisanos” dejaron de presionar al Frente Nacional para infundir terror, introducir drogas en el territorio de sus “enemigos” externos (Estados Unidos a la cabeza), secuestrar políticos y soldados y tomar el poder a como dé lugar. Pasaron de la guerrilla al narcoterrorismo antes de la popularidad del vocablo terrorismo en 2001.

El método del narcoterrorismo es atacar un poblado; matar niños, mujeres y ancianos; asesinar o secuestrar políticos, policías y soldados; explosionar petardos; provocar el desplazamiento de indígenas y campesinos y poner pies en polvorosa selva adentro frente al Ejército y la Policía. ¿Es ese el Ejército del Pueblo (FARC-EP) como se hace llamar? ¡No!

La mayor parte de los que gustan catalogar de guerrilleros a los narcoterroristas arrastran mohosas ideas de la izquierda radical. (Nostalgia por el “comunismo” lo llamó Uribe en Dominicana). Son amigos de los terroristas e inventan “entrevistas”, “congresos” e investigaciones “académicas” con el objeto de conocer a sus héroes de papelillo. No quieren entender que el marxismo-leninismo colapsó y el comunismo nunca existió, quedando sólo en el papel y en la mente “revolucionaria” de algunos.

Anterior a Utopía de Tomás Moro y a los sueños del bien común de Marx, Engels et al, la Iglesia primitiva practicó tal estilo de vida, pero duró poco no porque tener todas las cosas en común sea mala idea, sino por la egoísta naturaleza humana, incluida la del proletariado.

Quien crea que Colombia está en guerra debería vivir en el país para percatarse de su abultada imaginación. Si lo estuviese, fuese imposible realizar eventos y fiestas regionales durante el año. Cierto, hay lugares donde el ejército, la policía y terroristas están en combate casi constante. Pero aseverar que 44 millones de colombianos viven en guerra es poner más levadura de la necesaria.

Que unos 26 mil narcoterroristas tiren la piedra a esos millones y escondan la mano no es una guerra; es atentar contra la democracia nacida en 1958 al ser electo presidente Alberto Lleras Camargo. Para una guerra se necesitan dos bandos: uno interno y otro externo, o los dos internos. Colombia no es el caso.

Igual que otras naciones con terroristas, Colombia es deudora de su ejército y policía porque sin ellos el país estaría en manos de los facinerosos. De ahí la admiración y respeto debidos del pueblo a esos cuerpos de seguridad, con todo y que algunos de sus miembros dejen por los suelos el buen nombre de tales instituciones del Estado.

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