Nuestra gente
Don “Chico” Mercado fue “jugado” por las ceguas
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LA PRENS/RENE ORTEGA. |
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Mario Fulvio Espinoza mariofulvio.espinoza@laprensa.com.ni
—“Hombré, yo pensaba que las ceguas preferían aparecer en los caminos solitarios, en las espesas montañas o en campos desolados”...
—“Pues andaba usted por guindos de Ubeda. Las ceguas salen donde se les antoja y aquí, en Las Playitas, salieron dos y le dieron varias trompadas a Chico”.
—“¿A Chico?... ¿Cuál Chico?”.
—“Aquel que está ayaaaá... Lo voy a llamar”... (Y don Armando Artola se mete el dedo pandeado en la boca y emite dos chiflidos estridentes)... Fiuuuuuuuuu... Fiuuuuuuuu... —“¡Hey Chicó, vení ve!”
El tal ‘Chico’ vuelve a vernos con pereza. Está haciendo labores de labranza en un pipianal que casi ni se ve en medio de las lechugas de agua que abundan a orillas de las tres lagunas encantadas, Moyuá, Tecomapa y Las Playitas.
(Entre paréntesis diré que estos tres espejos de plata, con sus dos islas, La Honda y La Seca, constituyen el Vergel que siempre soñó Mahoma para residencia de sus huríes... Mujeres de celestial belleza que existen para complacer a santos varones resistentes escogidos de Alá).
Pero se acerca ‘Chico’. Es un hombre de baja estatura, con facciones indígenas, piel morena curtida, chirizo, ojillos de gavilán, cuerpo delgado, pero fibroso.
Su nombre completo es Francisco Mercado Velásquez, tiene 63 años, arrejuntado con la Cándida que le parió cuatro hijos. Nació en Nindirí, tierra de encantos y leyendas a cual más no poder, pero fincado en Las Playitas desde hace muchos años.
—“Cuénteme, cómo fue ese susto que le dieron las ceguas”.
—“Pues resulta que eso fue un Viernes Santo como a las doce de la noche. Me fui a la orilla de la Isla Seca a comprarme una botella de guaro. Ya andaba algo sesereque y me vine para mi casa. De repente detrás de mí vi dos mujeres que me seguían y que se carcajeaban... Sentí miedo, y para disimular me detuve a encender un cigarro... Pero las risas seguían... Se me espeluznó el pelo y el pellejo se me puso como de pollo”.
“Eran unas mujeronas altas, vestidas de negro y como encapuchadas. Había un tabaquillal, y allá por aquel palito de sauce me agarré con una de ellas. Me defendía con un machetillo que andaba, pero sentía que los golpes que daba era como que los diera con una hoja de chagüite. De repente llegó la otra mujer y me golpeó también a pescozones”.
“Corrí como pude y llegué a mi rancho. ‘Ve Chicó’ —me dice la mujer— ‘que andás acompañado’. ‘No’, le digo ‘Pues es que acaban de pasar dos objetos por ahí buscando para Las Pencas, iban en grandes risotadas’. Le conté mi aventura y me dijo: ‘Esas eran las ceguas’”.
“Me acosté y al día siguiente que la mujer me vio me preguntó: ‘¿Bueno y esos morados?’”.
“Es que me pegaron las ceguas”, le dije y me quedé echando sebo serenado por mucho tiempo. Y como les conté a varios me quedaron diciendo “El Jugado de Cegua”.
—“Don Chicó, ¿de qué familia es usted allá en Nindirí?”
—“De los Mercado, pero ahora mi familia se trasladó a Piedra Menuda”.
—“Pero, ¿no se volvió a echar sus pijacitos después de ese susto?”
—“Pues sí, cada vez en cuando me echo mis rejazos, hasta que quedo con cara de caite”.
—“Pues de repente las vuelve a ver”...
—“Pero agora tengo listo un cabito de tajona para garrotearlas y no dejar que me jueguen”. 
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