Cosas Veredes Sancho Amigo
De las ceguas y los duendes que se vieron en Santa Lucía
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 | Así como hay meteorólogos, cosmetólogos, cancerólogos y sobre todo un almácigo de politólogos, allá en el bello pueblito de Santa Lucía, departamento de Boaco, vive el “espantólogo” Toñito García, quien además de sostener una novedosa teoría sobre el origen de los espantos, ha visto a más de uno en su aventurera vida |
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“La cegua estaba en el río, como lavando, y cuando me vio se tiró una carcajada espeluznante”, dice “Toñito”. |
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Mario Fulvio Espinosa/Colaborador departamentos@laprensa.com.ni
“Hace muchísimos años, en otros tiempos, Satanás o el Diablo junto con otros ángeles, le hicieron la guerra a Dios allá arriba. Pero por cuenta, Satán no tenía una buena estrategia porque perdió todos los combates. Dios le capturó sus legiones que eran ángeles o espíritus y los voló a la Tierra.
Y los diablos se preocupaban. ¿Y ahora qué hacemos?, decían. Pero vieron que aquí había gente. Entonces, esos espíritus malos se mezclaron con algunos hombres y les enseñaron sus mañas. Algunos hombres o mujeres aprendieron esas cosas, y se transformaban en espantos, ceguas, micas, duendes o chanchas brujas. Pero seguían siendo humanos y esa era la vaina, porque tenían que andar de noche haciendo sus travesuras, expuestos a ser capturados y descubiertos.
De ahí salieron los espantos. La mica bruja, la cegua, la chancha bruja, los duendes, la carreta nagua y tantos que se mencionan. Pueden matar a la gente de miedo, a la gente débil. Pero el gusto de ellos era asustar y poner más babosos a los babosos. Pura vagancia. Pero no mataban a nadie, ni lo golpeaban ni lo herían. ¡Qué capaz ahora! Que si usted anda en camino o ciudad, sobra un maleante que lo deje mal muerto o de viaje difunto para robarle sus cositas”.
LAS HISTORIAS DE TOÑITO GARCIA
Dos kilómetros antes de entrar a Santa Lucía, a mano derecha, está la casita de tablas de don Antonio García Angulo. Sesentoncito, medianito, metidito en duros huesitos, cara ladina, casi peloncito con ojitos de ratón en hoyito.
“Cuando lleguen a Santa Lucía busquen a ‘Toñito’, que ése si sabe todos los cuentos que ustedes quieren saber... Y los que no sabe los inventa”, nos había dicho doña Luisa Pérez, una viejecita que nos pidió “ride” al salir de Boaco rumbo a Santa Lucía por el maravilloso camino del Cerro Alegre.
Henos aquí, pues, ante “Toñito”, campesino exuberante como las descomunales montañas de esmeraldas y los imponentes farallones de jade que nos tocó contemplar desde el fondo de las hondonadas por donde se va enrollando y desenrollando, igual que verde serpiente de agua, el camino venturoso que lleva hacia el pueblecito.
Casi sin presentaciones ni “introitos” innecesarios comienza la platicadera. A Toñito le pica la lengua, y comienza con su teoría de los diablos desterrados a la Tierra (¡Vaya contrasentido!), la relación que tuvieron con los humanos y las mañas que éstos aprendieron de aquéllos.
“Yo aquí nací —comienza Toñito—... antes este lugar era más atrasado, aquí no había carretera, había un callejón. Yo me fui a buscar la vida a los 18 años, anduve por toda Nicaragua, cuando volví ya estaba hecha la carretera. Volví en 1976.
“Pero quiero contarles de los duendes. Los duendes eran unos muchachitos así, pequeñitos, de cotoncita y gorrita roja. Eran muy traviesos, le tiraban piedras a uno, le tiraban agua en la cara, pero un día desaparecieron... Creo que se fueron para otro lugar.
“Una vez los vi desde dentro de la casa. Estaban los dos en este portón. Para mí que eran como chavalitos con caras de viejitos y parecían hambrientos. Cuando me vieron salieron por ahí enfrente y se fueron. Otros de por aquí también los vieron, dicen que eran enamorados de las chavalas, pero eran muy celosos, y cuando ellas se ponían a jalar ellos se iban. No volvían.
El gusto de ellos era volar piedras. A veces eran mañosos, pero si robaban eran cosas pequeñas, porque por ejemplo un chancho era un animal muy pesado y no se lo llevaban, pero sí, como le digo, las gallinas, los huevos y otros alimentos.
Otro problema fueron las “micas brujas”, esas eran como los monitos cara blanca, pero un poquito más grandes. Lo maleficioso que hacían era perderte en el camino porque te salían por delante en la noche, en el camino solo, y te ponían ramas, espinas y estorbos por delante, y uno no podía pasar, si tocabas por aquí te espinabas, si tocabas por allá también, y uno en lo oscuro se desesperaba, y hubo quien prefería orillarse en el camino y allí lo encontraban todo dundo y baboso. Cuando amanecía uno buscaba el espinero y los estorbos pero no había nada, nada.
¿Sólo de noche salían, entonces?
Sólo de noche... Pero también eran como los duendes. Entraban a las casas y se llevaban cosas pequeñas, como una cuajadita, alguna carne que estaba guindada, tortillas, un pollo... Eso era.
Eran, entonces, espíritus burlones...
Así les decía la gente, pero no eran espíritus. Era gentecita. Gente normal. Unos inditos que no parecían, que no sabían ni leer, que no sabían nada. Digo porque agarraron a muchos. Y le voy a contar.
Aquí mucha gente era católica, la mayor parte de esta población, y creían en sacerdotes. Bendecían el agua, las casas, las cosas y hasta los animales, y entonces llevaban mostaza ante el Tata Padre, y él les bendecía la mostaza.
Con la mostaza uno como que iba protegido, porque cuando se topaba con la ‘mica bruja’ o con la cegua, sacaba un puño de mostaza y lo tiraba al suelo, entonces la mica o la cegua se ponía a recoger la mostaza granito por granito y allí les amanecía, y cuando amanecía se transformaba en hombre o en mujer, según fuera, dejaba de ser mica o cegua, y en la recogedera de mostaza la capturaban.
¿Vio usted alguna mica bruja?
A la mica bruja sí. Una vez la vi rondando la casa, era así de chiquita (y con la palma de la mano señala una altura aproximada a un metro). Cuando alguien la perseguía, al huir iba haciendo maromas y gritando como mono congo. Por ahí se iba en “barajustada”, se metía en la montaña y nadie la encontraba.
¿Pasaba por aquí la Carreta nagua?
No, eso solamente en León. Es un espanto muy fachento porque así son los leoneses. Pero no es original. En otros lugares sale esa carreta con otros nombres. En Honduras le dicen “La Carreta Fantasma”, en Guatemala “La Carroza de los Muertos”. En unos lugares la carreta es de bueyes, en otros son calaveras las que la arrastran, y en otros es un caballo endemoniado que es azotado sin cesar por un cochero, que es un diablo envuelto en una gran capa.
(Pero también existen fantasmas que son exclusivos de ciertos lugares, según don Antonio). “La Mocuana, por ejemplo, es de Matagalpa y sale del río que tiene ese nombre, el “Lagarto de Oro” es del Cerro Hato Grande, y Chico Largo de Ometepe.
LA CEGUA QUE VIO DON TOÑITO
Según don Antonio, la “cegua” no es un espanto de transformación, sino un juego de disfraces.
“La mujer vaga que quería salir de cegua se ponía una como máscara, que podía ser un gran guacal con hoyos, el pelo era de cabuya o de burillo con colguijos de olote, usaba una gran bata como ‘La Gigantona’, pero lo que más culillo daba era un pitazo agudo que daba con un pitillo chiquito de barro.
Eran mujeres que se enamoraban de los hombres, pero si ellos no les hacían caso, se juntaban, dos, tres o cuatro para asustar al desamorado.
Se venían a medianoche escondidas rodeando al hombre y pitando desde la distancia. El hombre creía que era una sola mujer que podía salir desde varios lugares, y se cagaba del miedo, a veces se volvía loco o quedaba baboso y la gente le decía “Jugado de cegua”.
¿Vio usted a alguna cegua? ¿Cómo fue?
Pues sí. Me acuerdo perfectamente. Yo estaba cipote, tenía como ocho años. Era ya al entrar la noche en el riíto. Había luna llena, pero con bruma. Yo miraba a una mujer, como lavando, y cuando pasé cerca ella se lanzó una carcajada aguda, burlesca, como de loca. “Jaaa, jaaa, jaaa”, y a mí se me pararon los pelos, me entró repelo. La cegua se salió del agua e hizo ademán de llamarme y después de seguirme. No sé de dónde saqué fuerzas y salgo en “barajustada” hasta la casa. Nadie me creyó que había visto a la cegua.
Pero ahora entiendo que no eran espíritus malos, y a lo mejor hacía cosas buenas, pues algunos bolos que las vieron dejaron el guaro. ¡Santo remedio!
Otros dejaron de ser mujereros, y muchos vagos se compusieron. A lo mejor eran contratadas por las mujeres y madres de los perdularios.
Cuénteme más de la cegua que usted vio. ¿Cómo estaba vestida?
Alastosa, como chirrango. La cara era como de calavera, se le miraban hundidos los ojos. En el pelo andaba una como corona de chagüite, la cosa era como la gigantona, pero la gigantona es una muñeca, y esa era una mujer.
Nunca la capturaron a pesar de que asustó a muchos. Pasaba por acá, yo nací ahí. Ella pasaba por ese callejón, venía de Boaco, era una cegua boaqueña.
¿Pasaron los cadejos por aquí?
Sí, el cadejo blanco. Sólo aparecía en la noche. Yo nunca lo vi. Pero dicen que lo protegía a uno. No le hacía nada, él iba detrás de usted cuidándolo. Si alguien trataba de agredirlo el cadejo lo reventaba.
¿Y cuántos hijos tiene usted, Toñito?
No me tuvieron ni uno.
¿Y eso por qué?
Bueno, es que yo fui militar. Algunos creen que yo le tuve miedo a las mujeres, pero no. Había mujeres guardieras que llegaban a ofrecer sus servicios, bastantes mujeres. Así era el puño (y muestra juntos los dedos de la mano). Pero ya no convenía. Por eso aquí vivo con mi mujer y entre parientes.
LOS CUENTA CUENTOS
Tal vez algún día a alguien se le ocurra hacer un concurso de cuenta cuentos, pues hay infinidad de ellos en toda Nicaragua. Sería como rescatar la parte heroica y mítica de nuestra raza y de aquilatar la influencia mágica, religiosa y fantasiosa que heredamos de los españoles.
¿CUENTOS QUIERES...?
De “La Taconuda” Toñito dijo: “¿Qué tenía que venir aquí si en estos polvazales no se le oiría el taconeo?”
Sostiene don Antonio que unos duendes vivían hace algunos años en las alturas del monolito de Camoapa.
Don Antonio fue contra, y todavía está esperando que se cumplan las promesas que les hicieron en 1990. 
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