El Papa hizo lo que debía
Fabio Gadea Mantilla
Dicen que uno no es moneda de oro para caerle bien a todo el mundo. Sin embargo, hasta hoy había creído yo que Juan Pablo II sí era moneda de oro porque lo aclamaba todo el mundo, tanto los mil cien millones de católicos como otros millones de personas que lo admiraban por sus indiscutibles cualidades humanas y espirituales.
Don Jorge Ramos, reportero internacional y presentador de Univision, es uno de ésos para quienes el Papa no fue moneda de oro. Según don Jorge, Juan Pablo II lo dejó todo por hacer, no hizo ningún cambio. No permitió el uso de condones, no quiso admitir las pastillas anticonceptivas, tampoco admitió las relaciones sexuales prematrimoniales a los jóvenes, no permitió los desvaríos de los homosexuales ni la consagración de mujeres al sacramento del sacerdocio ni excomulgó a los sacerdotes acusados de violaciones sexuales.
Don Jorge Ramos quería un Papa a su medida, como seguramente quiere una religión que acepte algún género de aberraciones porque así lo exige el mundo moderno. Según ese criterio la Iglesia debe adaptarse al mundo, a todos nuestros caprichos y desórdenes, se deben reeditar los textos eternos y convertir los pecados en meros actos de uso corriente y generalizado en el mundo globalizado de hoy. El Papa deberá introducir cambios profundos y dejar de ser conservador para convertirse en un renovador de toda la doctrina de la Iglesia, de la cual deben desaparecer algunos textos obsoletos que proclaman, por ejemplo, la indisolubilidad del matrimonio, el pecado de la fornicación, la pureza de la virginidad, la condena a la homosexualidad, etc.
Los evangelios de Nuestro Señor Jesucristo son palabra de vida, no son textos corregibles que puedan cambiarse al antojo de los hombres tal como se cambian las constituciones en algunos de nuestros países, al gusto y capricho de quienes gobiernan. Y el Vicario de Cristo, el representante de Jesús en la tierra, el Santo Papa elegido bajo inspiración del Espíritu Santo, tiene como misión principal la norma evangélica de quien fue crucificado para redimirnos a todos. Esto es artículo de fe para los creyentes, no así para los no creyentes que tienen plena libertad para pensar como quieran e inclusive para criticar la labor de un hombre admirable como Juan Pablo II.
Si la Iglesia Católica ha perdido adeptos y algunos han preferido acogerse a otras denominaciones religiosas que toleran sus maneras de vivir desviadas del evangelio, eso no debe preocupar más que a los propios cristianos que no han sido capaces de cumplir con las reglas instituidas por Nuestro Señor en su única Iglesia.
Por otra parte la Iglesia no está en competencia con ninguna otra en cuanto al número de adeptos. Ella mantiene sus principios y valores inalterables y acoge a todos para el bautismo cristiano y da la bienvenida a todos aquéllos que acepten a Cristo en su corazón. Así ha desafiado a los siglos, ha luchado contra reyes, príncipes y señores feudales, ha padecido persecuciones y ha sido profanada desde dentro por antipapas cuyas perversas actuaciones no pudieron destruirla. La protección del Espíritu Santo la ha preservado a través de los siglos y hoy se agiganta en la figura venerable de Juan Pablo II, peregrino del amor, el Papa que se entregó por entero a la causa de la libertad y de la paz.
Es curioso observar cómo siempre surgen voces disonantes aún en momentos en que el mundo entero está conmovido y de duelo por la muerte de un hombre proclamado ya como santo, un hombre de tanta altura moral e intelectual, de tanta lucha en favor de los humildes, de tanta reciedumbre y coraje para preservar intactos los valores eternos del cristianismo, un hombre que, a imitación de Cristo pasó por el mundo haciendo el bien y dejó una huella imborrable. Pero, en fin, detractores los tuvo también Nuestro Señor Jesucristo. No es extraño que los tenga hoy el último y más grande de sus discípulos.
El autor es empresario radial.

|