Hace 30 años había que partir la maleza a machetazos para navegar por el río Papaturro. Hoy, los machetes son utilizados por el hombre para partirle la cabeza a los reptiles del mismo río, y su población sigue disminuyendo sensiblemente.
A pocos metros de la base militar del río Papaturro, un lagarto disfruta de un lugar seguro. No le importa cuántas personas y botes le pasen de cerca, de alguna manera sabe que es el lugar más seguro para uno de su especie; prueba de eso es que no se encuentra otro lejos de los militares.
Armando Gómez es una de las personas que mejor conoce la historia de los lagartos, caimanes y cocodrilos en la zona, al sur del Lago Cocibolca, fronteriza con Costa Rica.
Él asegura que en años anteriores estos animales abundaban en la zona, pero fueron desapareciendo a manos de los cazadores. Siendo el río con más densidad de caimanes de Río San Juan, tiene medio reptil por kilómetro cuadrado.
El lugareño ha visto cómo los hacen desaparecer a pesar del esfuerzo de las autoridades locales.
“Los cazadores vienen de San Carlos, San Miguel y Solentiname; los cazan con arpón o les parten la cabeza con machetes, unos los entierran, otros los dejan tirados”, relata.
Los cazadores actúan tras estudiar los movimientos de los guardabosques y del Ejército. Según Gómez, son pescadores que aprovechan mientras sus redes están tendidas en el lago. Actúan mucho en la madrugada.
Una escena que el lugareño nunca olvidará, es el descubrimiento de 23 caimanes y un lagarto negro encontrados desmembrados.
Por eso, encontró un trabajo ideal en un “caimanario”, donde la Fundación Amigos del Río acopia caimanes para estudiarlos, con el fin de crear una cultura de desarrollo sostenible en un futuro.
“Queremos involucrar a los cazadores para que los críen y aprovechen su piel y su carne, y no tengan que exterminarlos”, comenta.
LAS TORTUGAS
En el caso de las tortugas, el paso está dado.
Una cooperativa de ocho campesinos se dedica a criarlas hasta los tres meses de edad, liberan un 20 por ciento de la producción y comercializan el 80 por ciento sobrante.
Según Ernesto Hernández, su coordinador, esta actividad les deja unos dos mil córdobas mensuales a cada afiliado.
La venta se realiza a un empresario costarricense, y niega que las tortuguitas que se observan en los semáforos de Managua sean de ellos. “Ahí sólo que se nos escaparan, porque todo nuestro producto lo vendemos al señor de Costa Rica y no hemos reportado pérdidas”, asegura.
A pesar de eso, hay quienes dudan que ese tipo de manejo sea sostenible.
Mientras tanto, la población de reptiles en el río Papaturro sólo puede apreciarse a plenitud, en horas de la noche.
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