El terremoto olvidado
Edmundo Dávila Castellón edc1033@yahoo.es
La mayor desgracia es merecer la desgracia. La Fontaine
Las prolongadas pugnas y turbulencias políticas surgidas en el último cuarto de siglo, han sido más dañinas, traumáticas y perdurables para Nicaragua, que los fenómenos naturales destructivos que ocurrieron en el país en el siglo pasado. Ya nadie se acuerda del terremoto de 1972, ni le preocupa su recurrencia.
Conforme vagos y escasos datos estadísticos que se disponían de Managua desde el siglo XIX, sismólogos y especialistas extranjeros que vinieron al país en 1973, vaticinaron que los terremotos catastróficos, se presentarían en esta capital cada 40 años, de modo que, de acuerdo a sus fatídicas predicciones, ya no estaríamos muy lejos de otra hecatombe similar o peor que la anterior.
Fuera de proscribir algunos materiales constructivos empleados hasta el 72, como el adobe y el taquezal, muy poco se pudo aprovechar para establecer una permanente vigilancia técnica de las construcciones.
En el período 1973-79 se inició una fuerte y rigurosa inspección a los edificios en su etapa constructiva. La modesta Oficina Nacional de Urbanismo (ONU) que existió hasta el año 1973, se convirtió, de la noche a la mañana, en un verdadero monstruo de supervisión, control y vigilancia, llamado Viceministerio de Planificación Urbana (Vimpu).
Casi un centenar de inspectores con planos en mano, salían diariamente a supervisar a los constructores de aquella añorada época. Se suspendía de inmediato la obra a los transgresores, imponiéndoles sanciones y cortando el agua y la luz a la obra en proceso. Se impuso una temible “represión” técnica sin precedentes.
A partir de 1979, sin embargo, se suprimió abruptamente y por completo todo control antisísmico que tanto dinero y esfuerzo había costado instaurar y desde entonces, fuera de alguna casual y raquítica supervisión, se construyeron clandestinamente miles de casas particulares y edificios de todo tipo, sin permiso ni control oficial alguno.
El Código de Construcción, terminado en el año 1978, nunca fue actualizado, aunque tal reglamento tiene poca o ninguna utilidad si no se asegura su estricto cumplimiento, pero la empobrecida economía de Nicaragua, no alcanza para prevenir adecuadamente ningún desastre. Aquí hace tiempo no se previene nada de lo malo o desafortunado que pueda suceder al ciudadano, tanto a nivel personal como colectivo y por ello la población corriente vive en la más completa desprotección. No estamos preparados absolutamente para nada y menos para un terremoto destructivo.
Según algunos creyentes, Dios pudo impedir el pavoroso tsunami que arrasó hace poco Asia meridional, pero Dios no lo hizo. Para citar otro caso, en el terremoto más grande del siglo pasado, ocurrido en Tangshan, China 1976 (300,000 muertos), Dios tampoco intervino. No hay razones para creer que lo vaya a hacer por Nicaragua en el próximo terremoto violento, pero aún así, nada cuesta prepararnos, arrepentirnos y encomendarnos humildemente al Todopoderoso.
Estas reflexiones no pretenden convertir a su autor en moralista o predicador. Tampoco constituyen ninguna advertencia o alarma. Simplemente describe como técnico, lo que no se hizo en mucho tiempo, en pro de una mayor seguridad antisísmica.
Conviene tomar en cuenta algunos inconvenientes que podrían presentarse a la hora de un desafortunado evento sísmico: 1. Como no se ha manejado con prudencia y sabiduría el problema de la corrupción Nicaragua tiene fama en el extranjero, de país corrupto, atrasado y belicoso y no es dable esperar una pródiga ayuda de la comunidad internacional. Los mismos conciudadanos, ya inficionados mentalmente por la endémica y repelente palabra “corrupción”, dudarían del manejo honrado y eficiente de las donaciones, suscitándose mucha desconfianza nacional e internacional. 2. La desdichada combinación de los problemas generales de Nicaragua, con los impredecibles daños que el terremoto causaría, sería intolerable, de difícil manejo y solución.
Ante un sismo ineluctable, los gobernantes nacionales tienen que estar alertas y vigilantes, poniendo en orden para empezar, todo ese pandemonium político creado por ellos mismos y preparándose moralmente ante la eventualidad de un sismo devastador.
“Lo que es malo en la moral, es también malo en la política”, dice Rousseau. En la historia reciente de Nicaragua se han cometido una infinidad de desaciertos políticos, pecados graves y burdos errores éticos y morales. Todos tenemos la vivencia de ello y de sus lamentables consecuencias.
Mientras en el país predominan las hostilidades, las agresiones, el desorden y la confusión, las gigantescas rocas de la corteza terrestre, seguirán acumulando, silenciosamente, devastadora energía sísmica. La inexorable naturaleza ¡y que Dios nos libre!, decidirá, sin emoción ni sentimiento alguno, cuándo liberarla.
El autor es Ingeniero Estructural

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