El grito de independencia que por enésima vez enarboló un grupo de miskitos este 19 de octubre pasado en la Costa Atlántica nicaragüense fue acallado en medio de pedradas, gases lacrimógenos, garrotazos y la indiferencia de buena parte de la población costeña que los condenó con un “ahí van esos viejos locos”.
El movimiento independentista miskito está alimentado, más que por antiguos acuerdos, algunos de ellos tan descabellados como el establecimiento de la superioridad de una etnia sobre las otras, por el tratamiento que desde siempre Nicaragua le ha dado a esa parte de sí misma.
Cómo no van a querer separarse los miskitos, o los costeños en general, de un Estado que los ve como ciudadanos de cuarta categoría, y ha mantenido por más de un siglo una actitud de saqueo hacia la región donde habitan. Basta comparar los indicadores económicos de hace cien años para darse cuenta que la llamada “reincorporación de la Mosquitia” no fue un buen negocio para la Costa Atlántica. Un solo dato desde mi campo: para 1900 en la Costa Caribe circulaban periódicos tan importantes, en calidad y cantidad, como los que circulaban en el Pacífico.
La solución, obviamente no es la separación, si no al contrario, la integración. La integración real y no en papeles.
Fue un fracaso la rebelión miskita, se dijo después del 19. Yo no lo creo así. Fue una gota de agua. El reclamo miskito es una gota de agua cayendo persistentemente sobre la roca. Y de tanto caer sobre ella la puede horadar, y quién sabe, partir en dos.