Los hijos del atol

 Doña Martha vendió atol, por falta de apoyo de su marido Cuando sus hijos estaban recién nacidos los dejaba al cuidado de su abuela y luego de sus vecinos NOELIA SANCHEZ RICARTE – Corresponsal RIVAS.— Cada mañana es igual para doña Martha García en su humilde casa de madera, donde dispone los ingredientes necesarios para preparar […]






 Doña Martha vendió atol, por
falta de apoyo de su marido

 Cuando sus hijos estaban recién
nacidos los dejaba al cuidado de
su abuela y luego de sus vecinos

NOELIA SANCHEZ RICARTE – Corresponsal


RIVAS.— Cada mañana es igual para doña Martha García en su humilde casa de madera, donde dispone los ingredientes necesarios para preparar el atol que vende todos los días en el centro de la ciudad.

Si algo hay que reconocer de esta señora aparte de su trabajo incansable, es que nunca pensó en deshacerse de sus hijos o buscar quien se los criara, aunque los problemas estuvieran a la orden del día.

Y ella dice entre bromas: “Eso no se hace”. A cambio de que sus frutos por lo menos tuvieran el pan de cada día, se comprometió a experimentar una vida de sinsabores y mucho trabajo.

La venta de atol, enchiladas y, “arroz de leche”, es la actividad que le ha permitido salir adelante y aunque ella misma reconoce que “la vida es muy dura”, todo su esfuerzo está destinado para las personas más importantes de su vida: sus dos hijos.

Habita al lado de ellos en un espacio bastante reducido. En sólo la entrada de su ranchito, como ella lo llama, hay un pequeño rincón que funciona como sala y comedor. Dos pasos adelante están dos pequeños cuartos, muy cerca en el patio se encuentra su cocina de leña y también un pozo inservible.

Su casita de madera y sin piso, muchas veces es embestida por la naturaleza, sobre todo en tiempos de lluvia, donde la humedad se convierte en otro habitante más de la casa con el que hay que convivir.

Allí se encontraba solita y atareada, alejada por completo de las diversiones materiales (televisión, radio), preparando los productos que le ayudan a sustentar a sus dos hijos; además de realizar sus labores de hogar.

Tiene 32 años y dos hijos: él, de 15; ella, de 12, y es una de esas madres que se agrega a la larga lista de mujeres abandonadas por sus compañeros de vida.

ABANDONADA

Doña Martha relata que su compañero, con el que había compartido ocho años, repentinamente la abandonó a su suerte cuando su hija tenía unos pocos meses de nacida, dejándole el compromiso de alimentar y mantener a sus dos hijos.

Aún así apostó todos sus esfuerzos en la actividad que hasta la fecha ha servido de soporte para su familia: la venta de atol, enchiladas y “arroz de leche”.

En vista que sus dos hijos todavía eran muy pequeños cuando comenzó a vender, dejaba a sus hijos donde la mamá de su ex compañero, pero cuando la señora murió, una vecina comenzó a hacerse cargo de los dos menores.

Cuando no podía dejar a sus niños al cuidado de su vecina, doña Martha comenzó a llevarlos en sus viajes al centro y al mercado, donde vende sus productos.

Aun con todas sus limitaciones, doña Martha ha logrado que su hija estudie en uno de los mejores centros de enseñanza de Rivas, con la ayuda de muchas personas que le ayudan a pagar los estudios de la jovencita.

Con su hijo no ocurre lo mismo pues éste ha olvidado sus estudios y se niega a realizar alguna labor que le permita ayudar a su madre, incrementando su condición de pobreza.

Este es otro golpe más que ha tenido que enfrentar.

No obstante, todavía le queda el apoyo de su hija menor que diario después de salir del colegio, ayuda a su mamá a preparar el atol, las enchiladas y el “arroz de leche”.

Con todo y sus dificultades, de lunes a domingo es fácil encontrar a doña Martha por el sector del mercado, vendiendo dos bidones de atol, más de cien enchiladas y unas 150 bolsistas de “arroz de leche” que se venden “como pan caliente”.

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