- A lo largo de la historia, poetas y recitadores han servido para hacer la
guerra, el amor, para
conservar las tradiciones, para unir a las tribus o
para enfrentarlas a
otras tribus
Carlos Alberto Montaner
Mi mayor privilegio es vivir frente al Retiro, acaso el más bello parque de Europa. Ya uno se va conformando con pocas cosas. Desde mi ventanal, mientras escribo estos papeles, cuando descanso la vista, suelo ver ardillas juguetonas, parejas amorosas asombrosamente desinhibidas —una vez un metódico amante, obsesivo-compulsivo, dobló el pantalón con todo cuidado para que no se le arrugara—, algún esporádico asalto, tenaces orinantes —hay que acuñar ese gerundio para designar a ciertos españoles de vejiga perentoria de aquí te cojo y aquí te mato—, y muchos niños y familias felices que aman los árboles, los lagos, los patos, los mimos, o las palmistas y taroteras que por unas pocas pesetas te adivinan el futuro de manera inquietante.
La verdad es que El Retiro es una fiesta permanente. Todas las tardes doy mi paseo. En lugar de caminos, recorro estatuas. Andrés Eloy, el poeta venezolano, tiene su busto. Me alegro. Debe ser el único fuera de Caracas. Galdós, el novelista canario, yace como reclinado en una camilla, con un gesto de hombre fatigado y escéptico que debió acompañarlo en vida. Mas tal vez la más curiosa es la de Campoamor, el de las “Doloras” y “Humoradas”. En una época en la que la poesía era un poco gritona, como todo el romanticismo, Don Ramón introdujo un tono prosaico y melancólico que contribuyó a bajar el volumen. Pero como era un «poeta familiar» lo inmortalizaron junto a su mujer y sus hijas en un grupo escultórico que revela un hogar excesivamente visitado por el cocido madrileño. Todo el mundo está gordo y serio, en medio de una compleja digestión de difícil pronóstico.
También suele haber un recitador. Es de éste de quien quiero hablarles. Sospecho que es el último que queda en España y algo habrá que hacer antes de que la especie se extinga del todo. Es un hombre joven, con melena romántica, como si se hubiera escapado de un grabado, y recita los poemas con una voz dulce y asmática perfectamente ajustada a su estereotipo, a la que le coloca una música de fondo pegajosamente enamorada. ¿Qué recita? Lo de siempre: Antonio y Manuel Machado, Lorca, Miguel Hernández y unos cuantos poetas del otro lado del charco: Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, el Neruda de los Veinte poemas de amor. Cuando se pone trepidante recurre a Darío y a Chocano. Cuando se calma le he oído a Buesa y a Hilarión Cabrisas. A veces se atreve con un Borges que no gusta demasiado.
Admitámoslo: lo escucha muy poca gente. Los fines de semana tiene más público. Generalmente son latinoamericanos de la zona andina: ecuatorianos, peruanos, bolivianos. Buenas gentes que van al parque a escuchar un poco de música folclórica, y, de paso, a calmar un poco la nostalgia. Aplauden sin demasía convicción, le dejan unas monedas en la gorra y se van presurosos. La verdad es que el resto de la tropa artística tiene más éxito: el equilibrista, el bailarín, los cantautores que imitan a Serrat… Cualquiera menos el recitador.
Es una profesión que tiene tres mil años cuidadosamente documentados. ¿Por qué se acaban los recitadores? A lo largo de la historia poetas y recitadores han servido para hacer la guerra, el amor, para conservar las tradiciones, para unir a las tribus o para enfrentarlas a otras tribus. ¿Se termina un género literario? ¿Acaso la poesía, a fuerza de renunciar a la musicalidad, fue perdiendo su contacto con la declamación? Creo que el fenómeno es más grave: lo que se va devaluando es la palabra hablada. Se acaban los recitadores como ya se acabaron los tribunos elocuentes. Si Emilio Castelar hoy levanta la cabeza de la tumba y pronuncia un discurso le dan un electro-shock y le recetan alguna sustancia para las fases agudas de sus arrebatos maniacodepresivos. Ya no se puede hablar así. En todos los órdenes, la palabra ha dejado de ser un vehículo cargado de emotividad para convertirse en un instrumento dócil, monosilábico, al servicio de una razón pastosa.
Para los clásicos latinos, que vivían en una cultura absolutamente oral —la palabra lo era todo—, la capacidad expresiva era la prueba irrefutable de la superioridad espiritual. El rhetor, más que enseñar a hablar, modelaba el carácter con la organización del discurso y con las técnicas declamatorias. No sólo había que «hablar bien». Había que «leer bien», porque hasta bien entrada la Edad Media —siglos VIII y IX— la lectura siempre se hacía en voz alta. ¿A quién se le ocurría esconder en la cabeza algo tan hermoso como las palabras?
Se acaban los tiempos de la oralidad y nos adentramos en el mundo de la imagen y de la comunicación por medio de símbolos. ¿Es eso bueno o malo? No tengo la menor idea. Sólo me limito a consignar el dato, aunque con cierta tristeza: desde mi ventana veo a un joven que gesticula inútilmente. Tal vez es el último recitador. [©FIRMAS PRESS]