- ¿Por qué se le confiere
tanta culpa a la
sexualidad, si por ella es que
somos hombres y mujeres,
enriquecemos el planeta con nuestras diferencias y además
significa el máximo deleite nunca
antes concedido a los seres
vivientes por su Creador
Sempiterno?
AUXILIADORA MARENCO
Circulando por las calles es frecuente encontrar el cartel “Abortar es matar” pegado en diferentes vehículos y la verdad es que resulta difícil abstraerse a ese pequeño feto con piernas y bracitos clamando hacia arriba para que “lo dejen vivir”
Pero, ¿qué es lo que siente una persona común y corriente, educada en la fe cristiana y crecida en estos lados de América, frente a ese mensaje? No se necesita mucha reflexión para darse cuenta que hemos sido educados y programados para sentirnos culpables.
Pero no somos culpables solamente por abortar, también lo somos por sentir cosas y sensaciones “peligrosas” para el decoro y las buenas costumbres; estamos entrenados para sentirnos culpables, por tocar nuestro cuerpo para otra cosa que no sea con fines higiénicos, por tener pensamientos o inclinaciones “sospechosas” que no coincidan con los sagrados fines de la reproducción, por obtener placer en la tercera edad, en fin por todo aquello que desde los tiempos bíblicos, marcó como pecado el morder la manzana y dio inicio al castigo para todo el género humano, de pagar por las culpas de otros.
¿Alguna vez amigo lector se ha preguntado usted por qué se le confiere tanta culpa a la sexualidad, si por la sexualidad es que somos personas hombres y mujeres, enriquecemos el planeta con nuestras diferencias y además significa el máximo deleite nunca antes concedido a los seres vivientes por su Creador Sempiterno?
Si vemos a un niño tocándose los genitales, rápidamente corregimos su conducta agregándole el calificativo de “cochino”. Y si hace preguntas le postergamos la respuesta no sin antes ponernos colorados, o si los vemos jugar al “papá y a la mamá” que se casan y se besan y se acuestan el uno sobre el otro, corremos asustados a separarlos, castigarlos, mirarlos como sospechosos y naturalmente hacerlos sentir culpables.
Un niño de 11 años fue sorprendido en el baño del colegio masturbándose y fue expulsado por su conducta vergonzosa. Y al adolescente le llenamos la cabeza de miedos y fantasmas para que no se toque so peligro de volverse loco. Los padres de familia se sienten culpables al ser sorprendidos por sus hijos besándose o teniendo caricias sexuales: “Espérate, que el niño nos está mirando”.
A lo largo de nuestra vida hemos sido entrenados en ese silencio pudoroso que pone candados en nuestros labios para hablar de sexo con nuestros padres y luego con nuestros hijos y así hasta que la muerte nos separa.
Si la hija adolescente tiene un novio se le previene, avisa, amenaza, presiona para que “no nos defraude con una panza”, para que “se dé a respetar” cerrando las piernas a las insinuaciones y caricias atrevidas del pretendiente. Al hijo varón le decimos: “Cuidado te vas a burlar de esa muchacha, que es decente, mirá que no se lo merece”.
Hay detrás de todos los consejos y actitudes una constante manipulación de los sentimientos para sentirse mal y ante la inminencia de ceder a los ardores del deseo, sea la culpa la que finalmente frene y congele cualquier intento indecente de excederse con el sexo.
En ese orden de cosas crecemos ignorantes, la mayoría, de las diferencias entre lo inadecuado y lo permitido, de lo erótico y lo pornográfico, de lo sensual y de lo sexual, toda nuestra intención centrada en evadir, desligarse o delegar en otros lo que a los padres y educadores principalmente les atañe.
Matamos antes de nacer la confianza para hablar con los hijos sobre cómo los hicimos, lo que gozamos y lo que sufrimos, sobre lo que nos gusta y lo que no, sobre lo que nos da miedo y lo que no conocemos, sobre la diferencia entre uso y abuso, honesto y deshonesto, entre decidir e imponer en materia de sexualidad. Matamos la espontaneidad heredando sin actualizar patrones, valores y creencias decididas en los tiempos de la Inquisición, cuando quemaban a las químicas creyéndolas brujas. No dialogamos, ni explicamos, ni discutimos, ni le damos vuelta a las ideas con claridad y transparencia para encontrar las mejores donde todos se sientan bien sin buscar culpables para sacrificarlos.
Resulta más cómodo retomar banderas de ideologías obsoletas o pensamientos atrasados y repetirlos como insulto a la inteligencia a través de gastados slogans que dicen mucho para hacer sentir culpables y muy poco para resolver las ignorancias y los problemas que ellos mismos provocan.
Un rótulo sin ser razonado es como los comerciales que venden jabón o artículos de plástico. Es un mensaje que dice mucho y enseña muy poco. Es una cachetada en la conciencia y muy poco sustento para argumentos serios, comprobables y sanos.
Resulta más fácil hacer un rótulo de esos y repetir un mensaje alienado que razonar de qué manera nosotros comprometemos nuestras conciencias y nuestros actos, de forma respetuosa, responsable y sana.
Es menos inteligente adoptar posturas fanáticas de ojos cerrados y pregonar como sepulcros blanqueados el derecho a la vida sin detenerse a pensar que además hemos de darle calidad a esa vida que tanto cacareamos y que luego nadie se encarga de mejorar ni ofrecer oportunidades.
¿Por qué cerrar centros alternativos de Salud, Educación, Planificación Familiar, defensa contra la violencia etc. que resuelven lo que el MINSA no puede, ante el fantasma culposo de que en ellos se evitan embarazos no deseados o se reparten condones y pastillas para lanzar a los jóvenes a la perdición y al desenfreno?
En estos centros se presentan a través de Seminarios, Talleres, Cursos, folletos, videos y toda clase de auxiliares didácticos todas las campañas de Salud de la mujer, del niño y de la familia. Se realizan campañas contra la muerte materna, contra el SIDA, las enfermedades de transmisión sexual, las disfunciones sexuales, el horror de la violencia doméstica, etc, etc.
Estos centros ofrecen capacitación a sus usuarias en temas como Autoestima, Sexualidad, Relaciones de pareja, Equidad de género, Atención Integral de la Salud Sexual y Reproductiva y mucho más.
Una reflexión ponderada, seria, coherente sobre la vida nos tiene que inclinar a la calidad de la misma y a la responsabilidad de asumirla con todas sus consecuencias, en libertad, en justicia y con la cordura de escoger lo que más y mejor convenga. No tiene sentido ni razón de ser una campaña que proclame un valor destructivo de los beneficios de tantas personas en nombre de un prejuicio culposo, producto de una sexualidad mal manejada, aprendido a fuerza de repetir lo que otros dicen o de inclinarnos por las viejas limitaciones en que fuimos educados.
Manipulados con culpa desde en los tiempos de Eva, la del paraíso perdido, vamos siendo castigados y expulsados a ciegas –ese pecado fue de obediencia y no de sexo–, atolondrados y amedrentados por ese sentimiento, nos volvemos torpes y sacrificamos los pocos avances que tenemos, las ganancias construidas con las uñas de pocos para vencer la necesidad de tantos.
A lo mejor esos fanáticos que proclaman estos absurdos sucumben ante sus propias culpas buscando a otros para inmolarlos y así calmar el demonio de sus propias debilidades. A lo mejor lo acomodado de su bolsillo les permite olvidar que en estos centros se atienden cientos de mujeres que no quieren ir a dar lástima a los hospitales clamando por una atención médica especializada, modesta, limpia y digna.
Quizá el gran pecado de estos centros alternativos de Salud es hablar, educar, manejar aspectos de sexualidad de la gente que siguen en pleno siglo XXI considerándose como nocivos y peligrosos. A lo mejor lo terrible es encender una luz en tanta oscurana y mirar nuestras miserias sexuales con valentía y soluciones en la mano. El gran pecado quizá sea despertar la culpa de nuestras abuelas que golpeándose el pecho engendraron a nuestras madres para que ellas también miraran en nuestro nacimiento la única justificación para sus encuentros sexuales.
¿Dónde acudirán las usuarias que a diario son atendidas en estos centros con servicios que van desde análisis de laboratorio, hasta ultrasonidos con precios alcanzables, pasando por atención ginecológica decente como Dios manda y ellas se merecen? ¿Tiene el Gobierno de la República recursos y capacidades para acoger y resolver las necesidades que estos centros han venido resolviendo con nitidez y eficiencia?
Reflexionemos si conviene que hombres y mujeres conozcan sus cuerpos más allá de multiplicar la especie, que aprendan a reproducir nuevas ideas en los nuevos tiempos, que sepan cómo prevenir el cáncer o cómo cambiar las relaciones desiguales que los hacen a ellos más machos y a nosotras más esclavas.
Creo que llegó la hora -para la gente que quiera razonar sobre avances, globalización modernización y sobre todo crecimiento intelectual y emocional- de entender la sexualidad como algo natural que nos fue dado en libertad y a criterio propio, bajo nuestra responsabilidad, por un Creador de todas las cosas y quien seguramente nunca puso culpa ni castigo en sus manifestaciones.
Llegó la hora de analizar sin miedos y sin extremismos paralizantes, los pros y los contras, los Sí y los No, y lo que conviene y lo que no, lo sano y lo enfermo, lo justo y lo injusto de la sexualidad y de cómo aparte de denigrarla, podemos vivirla con respeto, responsabilidad y sin culpas.
La autora es Psicóloga Clínica.