El amor social

JOSÉ DÁVILA y CASTELLÓN En estos tiempos, en los cuales escuchamos y leemos sobre las futuras elecciones municipales y presidenciales, nada más oportuno que reflexionar algo respecto al amor social. La expresión es poco empleada entre nosotros… ¿y qué tal andaremos en la práctica de dicha virtud?, ¿cómo estamos en este aspecto del amor social? […]

JOSÉ DÁVILA y CASTELLÓN

En estos tiempos, en los cuales escuchamos y leemos sobre las futuras elecciones municipales y presidenciales, nada más oportuno que reflexionar algo respecto al amor social. La expresión es poco empleada entre nosotros… ¿y qué tal andaremos en la práctica de dicha virtud?, ¿cómo estamos en este aspecto del amor social?

Algunos lectores se preguntarán: “Bueno, ¿pero qué es, a fin de cuentas, el amor social? Como definición propia, podríamos decir que es el amor ejercido y desplegado a favor de la sociedad.

El amor social implica el sincero interés por la suerte del hombre en todos los aspectos: espiritual, moral, material, individual y social. Las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II iluminan el tema que estamos tratando: “si interpretamos de modo correcto las enseñanzas de Jesús ––anota el Vicario de Cristo–– tenemos entonces la capacidad de reaccionar de forma creativa y complexiva ante los problemas de la vida, sin miedo a equivocarnos o a estar solos, seguros de estar bajo la sabia influencia del Espíritu Santo en todo momento y circunstancia, ya sea importante o insignificante.

“Esta extraordinaria asistencia divina constituye una garantía para todos los que ofrecen su vida a Jesús. El plan salvífico de Dios Padre comprende a toda la humanidad; ha enviado a su Espíritu Santo como don para todos los que estén dispuestos a recibirlo en la fe. Cada uno de nosotros forma parte de este plan único de Dios. Una actitud exclusivamente personal e individualista frente a la salvación no es cristiana y es prueba de una mentalidad básicamente equivocada”.

De acuerdo al sentir del sucesor de San Pedro, fiel intérprete del Evangelio y del sentir de la Iglesia, somos responsables, hasta cierto punto de la salvación de los demás y no podemos limitarnos a ocuparnos únicamente de nuestra propia salvación.

El Papa recalca el mismo pensamiento con una contundencia que no admite lugar a ninguna duda, al afirmar: “por consiguiente, no podemos vivir de forma aislada. Al pensar en vuestro futuro, no podéis dejar al margen vuestras responsabilidades como cristianos para con los demás.

“No hay sitio en vuestras vidas para la apatía o la indiferencia hacia el mundo que os rodea. En la Iglesia no hay sitio para el egoísmo. Debéis ser conscientes de que los modos de vida de la sociedad han de ser conformes con los planes de Dios. Cristo cuenta con vosotros para que el influjo del Espíritu Santo pueda pasar a los otros a través vuestro y penetrar así en cualquier ámbito, público y privado, de la vida nacional. “La manifestación particular del Espíritu se le da a cada uno para el bien común” (1 Cor. 12, 7).

Cuando los corazones de los fieles están llenos del Espíritu Santo, se renueva la faz de la tierra, cambian necesariamente las estructuras sociales, todo viene por añadidura. Como se recordará, el Papa Juan Pablo II, quien tanto ha insistido sobre la necesidad de una liberación auténtica del hombre durante su pontificado, de todos los hombres, del hombre integral; de todo el hombre: de su alma, de su mente, de su inteligencia, de su voluntad, de su cuerpo, de su corazón; liberación personal y social, política y económica; ese mismo Papa, decimos, nos advertía en una Jornada Mundial de la paz hace varios años, que “la paz nace en el corazón del hombre”. Y, naturalmente, liberado del egoísmo el corazón del hombre y de la mujer, ya se trate de un gobernante, político, diputado, profesional u obrero, o de una ama de casa, podemos empezar a pensar en el amor social, que es el mismo Mandamiento Supremo de Cristo: “Amaos los unos a los Otros como yo os he Amado”, que al ponerlo en práctica, convertirá este mundo en digna morada del ser que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.  

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: